Una larga hilera de vehículos se mueve lentamente, cada uno con un destino diferente. Dentro moran seres con diversos pensamientos que se suceden a la par que la hilera se desplaza sin prisa pero sin pausa.
Son 18 kilómetros que me separan de mi sitio de trabajo. En tiempo se puede traducir en hora y media, que se pasa lenta, despacio. Siendo ésta mi rutina diaria no me queda más que aprovechar ese tiempo. Jugar con el de manera de no perder la paciencia, de no vociferar, de no colisionar con otros vehículos que conforman el interminable gusano metálico de las mañanas.
Y lo hago de mil maneras. Escucho mucha música, canto algunas canciones, leo una que otra letra de las mismas, y aunque ustedes no lo crean, me llevo mi libro de cabecera y el tiempo alcanza para leer unas cuantas páginas dentro del trayecto.
Hay días en los que planifico lo que voy a hacer, y cuando entro en la autopista el tránsito del gusano metálico es raudo y veloz y me hace pedazos mi recién planificada rutina. Es impredecible. Pero igual sigo planificando al día siguiente, a ver si, como casi siempre, se cumple lo planeado.
Hay días que decido observar la ciudad. Con lo lento del desplazamiento he descubierto parajes que nunca había podido ver bien. Calles desconocidas se abren, se muestran en toda su longitud, con sus casas y sus gentes. Son calles que, en condiciones normales, no tendrías tiempo de observar cuando se maneja a velocidades normales. Allí están, agradeciendo silenciosamente la atención que le prestas entre bocinazos.
El Ávila, majestuoso como siempre, se nos muestra en mil tonalidades de verdes, azules y grises, revolucionando nuestros pensamientos. Caracas, sin él, no sería la misma. El Ávila es su novia, su símbolo natural. Y entre tanto hormigón, tantos puentes, edificios, industrias y vallas publicitarias, de vez en cuando se abre paso una imagen natural, lo que yo llamo un “spot”, un escenario pequeño pero formidable, que te cambia la vida, y te saca una sonrisa.
Esta semana ese árbol de la fotografía que adorna este post se convirtió en el “spot”. Estaba sumido en la desesperación de saber que se aproximaba la hora de una reunión pendiente, y el tráfico de ese día estaba imposible. Nada se movía mucho. Amagos de avance que no duraban mucho, cuando de repente apareció él, muy erguido y orgulloso, en medio del humo de los coches, de la hilera metálica multicolor, de los puentes, apareció mágicamente. Sentí un potente “Stop!” y me quedé anonadado observando tanta belleza, estática, estética, un color rosado o lila, o la mezcla de ambos, su frondosidad, su amplitud me atrapó, y todo lo demás pasó a un segundo plano.
Me salí de la hilera y lo plasmé, tan rápido como pude, pero no quise dejar pasar este momento, este breve instante de la vida. Los sentidos agradecen profundamente tanta rebeldía natural en ese árbol.












