Wednesday, December 30, 2015

Mis lecturas del 2015


Buenos días a los que se acercan a esta casa virtual. Falta poco ya para despedir el 2015. Año difícil, ¿Por qué no decirlo? Sin embargo, como dice Diego Torres, hay que pintar las cosas color esperanza y tentar al futuro con el corazón.

Muy pendiente de la lectura, como todos estos años. He incluido una agenda semanal en un Club de Lectura que he disfrutado muchísimo. Mi amigo Luis Yslas lo dirige con mucho acierto, y hemos tenido el placer de disfrutar la narrativa de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Federico Vegas, Franz Kafka y Juan Rulfo. Ha sido una experiencia bastante enriquecedora que pienso continuar a la par de mis lecturas particulares.

He aquí la lista de los libros que leí con mucho entusiasmo en el 2015. Confieso que fueron más los que empecé pero algunos no los terminé porque estoy leyendo también algunas antologías de cuentos e intercalo las narraciones. El cuento es un género que me entusiasma y me atrae. Desde el Maestro Cortázar, los cuentos canadienses que recopila Claudia Lucotti (¿Dónde es aquí? Fondo de Cultura Económica, México, 2002) y diversas antologías del cuento venezolano (la última de ellas compilada por Ednodio Quintero).

La elección fue bien al azar. Escogiendo entre tanta lectura pendiente y según el tiempo que pudiera dedicarle (ya que comparto el tiempo con mi profesión de Ingeniero Civil, que también exige lectura de tipo técnico).

Este año pude leer 28 libros, hermosos en su mayoría. La escogencia se dificulta más cuando los contenidos son tan buenos, por lo que hay que pensar en cuál de ellos caló más profundamente en mí dependiendo del momento anímico por el que estaba pasando cuando lo leí.
Siempre –ya lo saben– doy preferencia a aquellos relatos que me hagan vibrar más, con narrativa inteligente y que me permita escapar de la realidad hacia universos paralelos, sin nada que ver con el prestigio del autor o del libro en sí.

El ganador es “La muerte del padre” del narrador noruego Karl Ove Knausgard (Anagrama, 2012). Se trata de una disección maestra de la vida cotidiana de un escritor novel al momento de enfrentar la muerte de su padre por el consumo excesivo de alcohol. Un hecho que lo marca profundamente y lo lleva a reflexionar sobre lo que ha sido su vida y lo que quiere para sí. Excepcional el talento de este escritor. Algo fuera de serie y que recomiendo sin ambages.

Mención especial es para “La llave” de Junichiro Tanizaki (Siruela, 2014), obra maestra de la literatura erótica japonesa.
                                       
¿La lista (de los que terminé de leer)?

“Ferdydurke”. Witold Gombrowicz. El cuenco de plata, 2014.

“La muerte del padre”. Karl Ove Knausgard. Anagrama, 2012.

“Proserpina”. Armando Rojas Guardia. La guayaba de Pascal, 2014.

“Sin partida de yacimiento”. Luis Barrera Linares. Bid & Co, 2009.

“Blue Label / Etiqueta Azul”. Eduardo Sánchez Rugeles Bruguera, 2013.

“Breve historia de mi vida”Stephen Hawking. Planeta, 2014.

“El hombre que amaba los perros”. Leonardo Padura. Tusquets, 2014.

“Falke”Federico Vegas. Editorial Alfa, 2014.

“A la brevedad posible”. Luis Yslas. Libros del Fuego, 2015.

“Paris era una fiesta”. Ernest Hemingway. Penguin RandomHouse, 2014.

“Dora Bruder”. Patrick Modiano. Planeta, 2015.

“Hombres sin mujeres”. Haruki Murakami. Tusquets, 2015.

“No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura”. Alejandro Zambra. Universidad Diego Portales, 2010.

“Cartas desde Iwo Jima del General Kuribayashi”. Kumiko Kakehashi. El Andén, 2007.

“Duelo”. Albor Rodríguez. OT Editores, 2015.

“Rayuela”. Julio Cortázar. Alfaguara, 2013.

“En torno al oficio de escritor”. Eduardo Liendo. Lugar Común, 2014.

“Cuentos”. Augusto Monterroso. Alianza, 2008.

“El gallero”. Rafael Alberto Fernández Ramírez. El perro y la rana, 2013.

“Los héroes son villanos tímidos”. José Pulido. Otero Ediciones, 2013.

“Demasiada felicidad”. Alice Munro. Penguin RandomHouse, 2014.

“La llave”. Junichiro Tanizaki. Siruela, 2002.

“Pedro Páramo”. Juan Rulfo. R. M. Verlag, 2013.

“Cuento argentino contemporáneo. Breve antología”. Mempo Giardinelli (Compilador). Difusión Cultural UNAM, 1996.

“El fénix islamista”. Loretta Napoleoni. Paidós, 2015.

“El cerco de Bogotá”. Santiago Gamboa. Madera Fina, 2015.

“El psicoanalista”. John Katzenbach. Ediciones B, 2003.

“Desayuno en Tiffany´s”. Truman Capote. Anagrama, 1990.

Espero les guste mi lista. Elaborada desde mi corazón de lector.

Un gran abrazo a todos y mucho éxito en sus propuestas para el 2016.

Anexo el link con los elegidos en el 2014.



Saturday, December 19, 2015

Prima Luisa


Prima Luisa tenía otro nombre. Eso era cuando estaba con la familia. Un día decidió abandonar todo y se fue con un circo. No era un circo de esos espectaculares que hay ahora, con una carpa enorme, malabaristas, tigres que saltan por aros de fuego y maravillosos acróbatas.

Eran otros tiempos. Allá por 1949. Era más bien una compañía teatral y de magia. Prima Luisa no era actriz, ni aspirante de mago. Se ofreció para cuidar a un niño de una de las integrantes. El dueño del circo tenía una esposa y también un hijo pequeño. El Gran García, le decían. Y hacía los números principales.

La compañía iba de pueblo en pueblo. Donde había cine, alquilaban el local cuando no había función. Y allí se presentaban. Tenían varios números. Cartas. Sombreros de mago de donde salía hasta una liebre. Una caja de madera donde se metía la esposa del Gran García y era atravesada por espadas, para luego salir indemne, sin un rasguño. Era el furor en esos pueblos. Si no había cine en el pueblo alquilaban una casa y allí mismo montaban el escenario.

Prima Luisa los siguió desde Tucupita. Conoció Cocuína, La Cruz de la Paloma, Piacoa, Uracoa, Pedernales, Curiapo y muchos otros pueblos que casi nadie ha oído nombrar jamás. Cuenta Luisa que los niños eran quienes más disfrutaban, como era de esperarse. Hecho heroico éste de ir a divertir a los niños olvidados por todos.

En uno de los viajes fluviales vio la isla de Guasina, que era una prisión de castigo. Los prisioneros labraban la tierra. Los confundió con campesinos. No sabía nada Prima Luisa y los saludó desde la curiara. Una alegría para ellos dentro de tanto sufrimiento. Cabe decir que efímera.

Un buen día pasaron de Pedernales a Güiria por el golfo de Paria en una embarcación. Y se enamoraron de Paria, tierra mágica.

El circo pasó de Güiria a Yoco, y luego a Irapa. Prima Luisa se enamoró de Güiria y dejó el nomadismo que le imprimía el circo. Casó con un recluta de la guarnición local y tuvieron 4 hijos. Como no había trabajo, su esposo marchó a Bolívar, donde había conseguido un empleo. Se separaron por la necesidad. Cuatro bocas que mantener pudieron más que la idea de vivir juntos. Iba a probar y si todo salía bien se irían todos a Bolívar.
En vez de eso, lo que llegó fue una carta de alguien, donde le informaban que a su marido lo habían asesinado. No supo los detalles. Solo que no lo vería más. Así de cruel. Ni una pista. Solo que estaba muerto.

Prima Luisa no se amilanó. Crió a sus cuatro hijos trabajando duro. Un día le dio por venirse a Caracas. Si fue capaz –razonó–, de criar sola a cuatro muchachos, ¿Cuál era el problema con Caracas?

La aventura le costó otro hijo y un amor fugaz, a quien no ha visto más. El desamor la hizo volver a Güiria. Eso fue en 1982. Y no ha salido. Ni lo hará.

Antes de irse fue descubierta por mi mamá. Es que prima Luisa se fue con el circo y nunca más se supo de ella. Mamá caminaba un día por las calles del centro de Caracas y la vio, la detuvo, la interrogó hasta que no tuvo más remedio que admitir que era la misma que se fue en 1949 con el circo. No quería nada con la familia. Quizás una forma de evasión o de libertad. De ser alguien nuevo, sin pasado. Un pasado que a veces se niega a desprenderse.

Prima Luisa es afable. Los vecinos la quieren y la cuidan. Todos la conocen. Son muchos los años en el pueblo. Un pueblo donde ella misma escogió vivir. Yo creo que no sabe vivir en otra parte.

Saturday, October 31, 2015

Realidades


Luminosa mañana de domingo. El hombre recién llega de España deseoso de trópico. “Allá hace mucho frío ahora –dice– y prefiero estar por aquí estos meses.”

Pues resulta que aquí la cosa ha cambiado, y no hallo como explicarle. Me pide que lo lleve a la playa. Al litoral, pues no quiere tomar mucha carretera. Comienza entonces el suplicio. ¿Dónde llevarlo? No tengo la menor idea. He oído muchos cuentos de terror, pero no le digo nada. No me atrevo. Y por demás no me cree. Piensa que exagero. Que la prensa es amarillista. No puedo convencerlo de que es la realidad en que vivimos.

Así nos vamos. Montamos las cosas en el carro y tomamos la autopista. Bajando. Mucha cola. De todas partes hay unos ojos que nos ven. No nos quitan la mirada. Tampoco puedo explicarlos. Finjo ignorarlos. Noto que él los ve. Tampoco pregunta. Están en todas partes. En los muros. En los edificios y las casas. Los mismos ojos. El mismo personaje.

Al fin avistamos el mar azul. Dice que estos azules y esta claridad no se ven en España. “Que aquí hay mucha luz” piensa él. Es el sol del mediodía. “Y oscuridad también hay” pienso yo. Podemos ir al este o al oeste al final de la autopista. Creo que es mejor al este. No lo pienso más. Vamos al este. Unas playas que no visito desde hace años. En 1999 hubo un deslave. La forma del litoral cambió. Rodamos sobre un cementerio. Abajo, en el subsuelo, hay gente enterrada. No lo menciono ni por azar. Solo vamos a la playa. No sé a cual, pero a la playa. Rodamos. “Aquella se ve buena”. “Más adelante” respondo yo, pero sin saber cuánto más adelante.

Nos detenemos un instante en el legendario Bar “Miami”. El español está eufórico. Compramos la guarapita de guanábana. Es mundial. Salimos sonrientes y reanudamos la marcha luego de las fotos. “Esto no lo hay en España.” dice. Lo sé. Es sólo allí. Durante un siglo. Rodamos. La costa y sus azules haciendo lo suyo al lado izquierdo. Es un paisaje tras otro.

Paro en un lugar donde hubo un restaurant muy famoso, con un enorme pescado rojo en la puerta. El pescado sigue allí tras el deslave. Pero no es el mismo lugar que conocí y guardo en la memoria. Aun quedan ruinas. El quiere ir a ver la playa y sigue de largo hacia la arena. Yo me detengo en el restaurant. Pregunto por el pescado. Ha habido buena pesca y hay de todo. Elijo una sopa con un cangrejo rojo de corona, que había visto en otra mesa. Pregunto de una vez sobre una playa segura. “Ninguna” dice el mesero. “Hace poco robaron en Osma. Aquí cerquita. Llegaron en motos. Con armas. Todo el mundo al agua, hombres, mujeres y niños. Estos últimos sin comprender. Amenazaron con matar al que saliera del agua. Robaron libremente, desde bolsos hasta carros, cuyas llaves encontraron. Aquí no hay nada seguro.”

Después de caminar por la playa, mi amigo español ha regresado. Dice que no tiene hambre. No me preocupa porque llevamos sandwichs en la cava. Pregunta que adonde iremos. Le explico que hay que rodar mucho más adelante. No se queja. Los paisajes lo deslumbran. Foto aquí, foto allá. Rodamos. Más adelante veo un letrero de posada y una playa pequeña. Entramos. Hay un custodio. Le indico que vamos sólo a la playa y dice que está bien.

Sacamos las cosas del carro y abrimos los parasoles. De la cava tomamos un par de cervezas. El ruido del oleaje nos relaja. Somos los únicos en la playa. Una ensenada pequeñita. Se oye un chapoteo de agua desde la posada. Intuyo que hay una piscina. La gente la prefiere al mar. Yo discrepo. Por fin el amigo enfila hacia el mar. Va como con ansias. Corre hacia él y pronto se sumerge. Parece un niño jugando con las olas. Saco un libro. El sol está muy fuerte a esta hora. A él no le importa. Juega con el oleaje. Nada para acá y para allá. Se hunde y aparece por otro lado. Me hace señas para que vaya y finjo no verlo. A esa hora no quiero.

Una voz me despierta. Me he quedado dormido con el libro en la cara. No sé por cuánto tiempo.

El español está rojo como un camarón. Consecuencia del solazo vertical. Pero sonríe. Se come un sándwich. Dice que el agua está buena. Que me zambulla. Que esto no se ve en España. “Y dale la burra al trigo” pienso yo que dirían ellos. Y voy al agua. Está tibia. Se siente bien. Nado un rato. Ahora es él el que lee. Veo la posada tras la cerca. Oigo las voces en la piscina. Nadie sale. Debe estar muy bueno. Yo digo que mejor que no salgan. Así el mar es para mí solito. No sé porqué en ese momento pienso en un tiburón. Y me doy vuelta. Pero no veo nada. Me quedo quieto observando la superficie, perturbada solo por las olas. ¿Qué secretos esconde este mar? Me olvido del tiburón y nado, de espaldas, de pecho. Ahora soy yo el niño. Miro a los parasoles y veo a mi amigo boca abajo en la arena. Se ha quedado rendido. Me pregunto cuántas páginas habrá alcanzado a leer antes de caer. La sombra del parasol lo protege. Menos mal. Ya estaba suficientemente rojo.

Cae la tarde y regresamos. Se nos hizo muy tarde viendo el crepúsculo y tomando fotografías de esta tierra de gracia. Pongo la radio y hay cadena. El Presidente habla de sus logros en seguridad. No soporto y cambio a la música. Suena Billy Joel. “Innocent man”. Cantamos en la cola de regreso. Pasan motorizados ebrios que casi nos dan en la oscuridad. Finjo demencia y canto más duro: “Oh, Yes I am, an innocent man!

Más adelante los túneles. No tienen luces. El tráfico está muy lento. Y hay mucho alcohol en las venas alrededor. Es como sumergirse en la nada. Solo las luces de los autos como cocuyos. El no dice una palabra. Busca la tranquilidad en mis ojos que lo evaden. Ambos tenemos miedo. Motos como abejas nos pasan por los lados. Hombres ebrios las tripulan como pueden. La cola se detiene y si avanzamos es con lentitud. Es en esa cueva oscura y en un lento andar cuando reparo en la música. Goodnight Saigon: “And it was dark. So dark at night. And we held on to each other, like brother to brother. We promised our mothers we´d write. And we would all go down together. Yes we would all go down together”.

 * Imagen: www.clementinaramos.com

Sunday, October 18, 2015

Mi prima y la isla


Es primera vez que nos vemos y para mí es como si hubiésemos estado juntos antes. Una extraña sensación de familiaridad que me trae a la mente el recuerdo de las fotos en blanco y negro que me mostró alguna vez mi mamá, y en las que aparece en sus veintes y en sus treintas. Ambas tienen unos lunares en la cara que se asemejan bastante. Y es el mismo tono de piel. El mismo rasgado en los ojos. La misma sonrisa. Claro, son hijas de dos hermanos. Son primas.

Mi mamá ya llegó a los ochenta. Mi prima no lo sé. A esta gente de las islas no se le puede adivinar la edad. Se conservan bastante jóvenes, de mente y de cuerpo. Cuando se ven mayores es porque en realidad lo son. No pasa como en las ciudades como la que vivo, en la que una persona puede aparentar diez, veinte años más de los que tiene. Producto de la forma de vida estresada que nos domina. Ella –mi prima– parece de cuarenta, pero algo me dice que los supera y con creces. Algo. No pregunto.

Estuve como diez días en la isla, con la principal misión (según ella porque yo fui a conocer a la gente y el paisaje) de ser presentado a cuanto familiar estuviera con vida, no importa su edad. Fui el primer visitante familiar desde que mi abuelo dejó la isla, rumbo a Trinidad, y luego a Venezuela, en plena crisis económica caribeña, por allá por 1920. Y fue así como me presentaron a familiares que habían vivido veinte, treinta y cuarenta años en Inglaterra, Canadá y Estados Unidos. Y que habían vuelto a la isla a pasar los años dorados.

Mi experiencia personal es que quedan viviendo en un no-lugar. Alguien que ha vivido treinta años en Brooklyn, Nueva York y regresa a un sitio donde ya no le quedan sino recuerdos, y al llegar se entera que sus vecinos habituales cuando dejaron la isla ya no viven, o no han regresado, o se han mudado. Y si han regresado, son vecinos que han vivido treinta o cuarenta años en Brixton, Londres y no tienen la más mínima idea de las costumbres de Brooklyn, y ya no recuerdan las costumbres de cuando dejaron la isla. Eso los sitúa a todos en la isla de nadie. En el no-lugar, cuyos únicos puntos en común son el mar, la nuez moscada y los huracanes que los visitan de año en año.

Mi prima se empeña en llevarme a todos los lugares de una isla que no es muy grande. Norte, Sur, Este y Oeste. Allí donde hay un familiar, allí nos detenemos para la presentación. La familia me mira como un extraño, y a la vez ven algo que les certifica instantáneamente el rasgo familiar. Yo me dejo llevar. Disfruto. Reconozco que estoy más pendiente del paisaje y de la gente que lo habita, que en la recopilación de abrazos con gente que quién sabe cuando volveré a ver. Soy así. Creo muchas veces que mi lugar es el mundo entero. Y que donde quiera que esté finalmente lograré sentirme en casa.

La comida no me ha gustado. Comen frío. Añaden demasiadas especias para mi gusto. Y el aspecto es lo de menos. Aún se ven carnicerías sin congeladores. La carne salada y expuesta. El olor. Me cuesta habituarme a ello. Nada me sabe bien. Detesto la nuez moscada omnipresente en todos los platos. Debo sobrevivir con esto.

Las costas son arrecifes de coral, sensacionales para el buceo, que reflejan múltiples tonalidades de azules y verdes. Yo no sé hacer snorkeling. Menos bucear. Así que supongo que me estoy perdiendo el 50% del espectáculo que el fondo representa. Entonces me centro en la gente. En sus hábitos y costumbres. En cómo pasan los días. Siento que me aburriría si no encontrara la manera de hacer algo interesante. Puede ser que atienda a los turistas en una posada u hotel, y haya un feedback que me ayude a sobrevivir en la isla. No veo otro modo.

En la casa donde me quedo estamos tres. Hay un hombre alto y corpulento que ocupa una habitación en el primer nivel. Habla poco. Me sonríe. Pero habla muy poco. Todo el día parece meditar. Le pregunto a mi prima porqué es así, y me explica que sufrió un accidente en un bote. Se golpeó la cabeza. Estuvo inconsciente. Se recuperó pero quedó así. No sirvió más para la pesca. Ahora sobrevive allí. Mi prima lo acoge. El ayuda con las tareas. Bota la basura. Barre el patio trasero. Recibe las bombonas de gas. Ella le da comida y alojamiento. No pregunto más.

De noche el aire refresca. Sopla una brisa fría. Y se escucha con más nitidez el ruido del mar. Las olas rompiendo en los arrecifes. Siempre salimos a la terraza. Mi prima no enciende la luz (dice que da calor). Nos sentamos en un sofá con vista a la playa oscura y al mar plateado y hablamos de lo que hacemos en un día común. Nos reímos de anécdotas mutuas. Tomamos algo de ron con hielo. Ella tiene una guitarra y cantamos canciones en inglés. Se sorprende que me las sepa. Creía que solo sabía cantar en español.

Me crié escuchando rock, le digo. Cantamos de Los Beatles. Toca bien la guitarra. Yo debo cantar terrible pero se escucha bonito en la noche oscura, con el mar de fondo y el sentimiento que al menos le pongo. Yo voy preguntando, diciendo los nombres de las canciones. Ella afirma o niega sabérselas. Cuando afirma sonreímos, y comienza a tocar, y yo a cantar: “Yesterday, all my troubles seemed so far away… Now it looks as though they are here to stay, oh I believe in yesterday…”


Dos en la terraza en la noche oscura. Nos acabamos de bañar. La piel huele a jabón y a cremas. Ella está ligera de ropas porque luego vamos a dormir, cuando nos de sueño. Toca la guitarra muy bien. Pienso en Clapton, cuyas canciones también cantamos. Veo su silueta –la de ella– en la oscuridad, alumbrada por la luna que está afuera e ilumina todo. Ella canta a veces, a dúo conmigo. El ron hace su efecto desinhibidor. Me provoca besarla. Sé que no debo, pero es la atmósfera construida. Ella voltea y me mira, y se ríe, pierde por momentos el hilo de la canción pero recupera. Yo también me río, y pienso que debo estar loco. Es mi prima. Por su edad no sé si mirarla como a mamá, o como a una tía, quizás una hermana, o una mujer que está allí cerca, muy cerca, en una noche de brisa fría, en una solitaria isla caribeña, donde el silencio es cortado por los acordes y por mi voz emocionada cantando “Father and son”: “It is not time to make a change, just sit down, take it slowly… you are still young, that is your fault, there is so much you have to go through…”

Saturday, October 10, 2015

Calores en octubre



Los calores que se sienten en estos días en Caracas no son normales. Nos hacen sentir que estuviésemos en una ciudad más caliente, como Maracaibo o Puerto Ordaz. Pero es Caracas en estos días. Y el calor influye mucho en el ánimo de las personas. No sé si serán ideas mías pero las hace irascibles. Las mujeres se quejan mucho del calor, aún cuando ellas pueden usar prendas más ligeras. Pareciera que les afectara más la temperatura que a los hombres.

Dentro de la oficina la temperatura es controlada, gracias al aire acondicionado. Solo sentimos las altas temperaturas cuando salimos a la calle. O cuando alguien sale y llega sudando y quejándose del calor. Cuando miramos la ropa mojada no nos queda duda. Y no es solo la ropa. Es el cabello que se pega más con la humedad. Y el estado de ánimo alterado. Queda habituarse de nuevo al ambiente interno.

Allí adentro también ocurren cosas. Hay veces que alguien, responsable de encender el aire, lo olvida o lo hace tarde. Entonces tarda más en enfriarse. Y se siente, aunque menos, el vapor. Se oyen las quejas de las féminas. Hasta que todo vuelve a normalizarse.

Cuando está nublado afuera, el aire acondicionado enfría un poco más. Claro, no hay contraste. No hay temperaturas altas que calienten las ventanas por el lado externo. Por eso se sabe, o se sospecha, cuando hay nubes abundantes en el cielo. Hay más frio adentro. Y un poquito menos de luz. Apenas si se nota. Pero es menos la luz. Los vidrios de las ventanas son oscuros. Se supone que solo pasa la onda térmica. Pero no es así del todo. La luz como que se cuela. Y si hay nubes que tapan el sol, entonces se cuela menos la luz natural, que se combina con la artificial en días de sol. Y baja el tono.

Son sutilezas de las que nos damos cuenta y no comentamos porque pasan por normales (o comunes). Como pisar el freno en un semáforo. La gente pelea más cuando hace calor. Y habla menos cuando hace frío. Esconde las manos en los bolsillos. Ejercita los músculos para que no se entumezcan. Caso contrario, el ejercicio está demás. Se suda sin moverse. La gente consume más agua porque la que hay tiende a evaporarse rápido.

Otra cosa son los colores de las prendas. Cuando hace calor la gente usa colores más vivos. Cuando hace frío los colores que predominan son el azul oscuro, el gris y el negro. Como que tratásemos de mimetizarnos con el ambiente.


Lo cierto del asunto es que estos calores no son comunes en Caracas en esta época del año, cuando ya bajan las altas temperaturas que hicieron de las suyas en julio y agosto. Ahora se han extendido. Y ya estamos en octubre…

Sunday, September 20, 2015

Diez años

Una década. Se dice pronto. Ocurren muchas cosas en diez años. Se lee muchísimo, Y se escribe también.

Esta bitácora mantiene la llama de la comunicación encendida permanentemente. La frecuencia de las visitas ha variado. Pero hay gente que sigue allí, a pesar del tiempo y la distancia.

Recuerdo claramente cuando hubo el boom de los blogs. 2006. Muchísima gente escribiendo y compartiendo. Reuniones donde pude ver a algunos en 3D. Emocionante la experiencia. Mucho soñador queriendo ser escritor. Mucha fantasía. Y de repente se fue la burbuja. Migró hacia otras plataformas que en apariencia garantizaban mayor exposición. Y adiós al sueño de escribir. Ahora quedamos menos que antes del boom. Eso pienso. Y los que quedamos escribimos menos. La crisis ha dejado su huella aquí también.

Mientras la llama permanezca encendida. Mientras las ganas de escribir estén rondando. Mientras exista la necesidad de dejar plasmadas las ideas. Mientras todo eso ocurra seguiremos comunicando. Seguiremos compartiendo.


La vida está llena de momentos que merecen ser compartidos. Experiencias que merecen ser contadas. Y esa es la esencia de este blog. Espero nunca aburrirme de venir a estampar las huellas. Amo escribir aquí. Es mi pasión. Un abrazo.
*Imagen: www.todossomosuno.com.mx

Saturday, September 05, 2015

Con Bienvenido a la escuela, 1970


Estoy viajando en la línea del tiempo y de repente me veo, atrás muy atrás, en otro lugar. Fue cuando comencé a ir a la escuela, en Puerto Ordaz, y debía transitar por una larga vereda de varias cuadras antes de llegar a ella, o a mi casa desde ella.

En ese entonces la ciudad era muy segura y mamá me enseñó a ir y venir solo del colegio. Con las advertencias de rigor, yo iba y venía a diario sin ninguna perturbación. Nunca la tuve. Ni por asomo.

Poco tiempo después se me unió un compañero. Se llamaba Bienvenido. Vivía a cuadra y media del colegio –yo vivía a seis–. Estaba conmigo en el salón de primer grado. Casi no hablábamos en clase pero siempre nos veníamos juntos, y cuando yo iba a clases, al pasar por su casa lo llamaba y de allí seguíamos juntos.

Todo el año hicimos o deshicimos el trayecto. Y así, como sin querer, nos hicimos amigos.

Cuando terminó el año escolar y ya estábamos de vacaciones mamá nos informó que volveríamos a Caracas. Decisión repentina de mis padres. Y sin consultar. Yo amaba Puerto Ordaz. La casa donde vivíamos. El patio. La cuadra. Los vecinos. El columpio en el árbol del patio. Y encontrarme con Bienvenido camino a clases. No podría avisarle que la historia llegaba a su fin. Nunca pude.

Cuando llegamos a Caracas, vivíamos en una pensión –que así se conocía una casa de vecindad donde mamá pagaba una renta mensual para que nos permitieran dormir en un cuarto con varias camas– que no me gustaba para nada. No habían más niños, salvo mis propios hermanos. Me inscribieron –tarde– en una nueva escuela donde no conocía a nadie. Fue difícil. En los recesos estaba solo. Me sentía solo. Y no hacía más que recordar mi camino a la escuela en Puerto Ordaz y las conversaciones breves y sustanciosas con Bienvenido.

El era muy pulcro. Siempre estaba impecable. Usaba guardapolvo, que era una especie de bata blanca que cubría el uniforme para que no se ensuciara. Y que yo no tenía por dos razones: una, porque mamá no podía comprarlo, y dos, porque la escuela dijo que era opcional. Cuando yo lo veía me parecía que yo llevaba la mitad del uniforme. Que iba la mitad de impecable que él. La mitad de presentable. Era él un tipo muy sencillo que nunca me miró con desdén por no llevar el guardapolvo. Y me regaló su compañía y muy buenas conversaciones.


A veces eres feliz con muy poco. Y no lo sabes hasta que lo pierdes.

*Imagen: Vista aérea de Puerto Ordaz, Bolívar, Venezuela.

Sunday, August 16, 2015

Aquí y ahora


Carpe Diem, quam mínimum credula postero (aprovecha el día presente, no confíes en el mañana).

Nunca olvido al profesor John Keating (Robin Williams) en la cinta “La sociedad de los poetas muertos” (Peter Weir, 1989), especialmente en esta parte:

“El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante, lo que no significa alocadamente; sino mimando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro; y examinándote de la asignatura fundamental: el amor. Para que un día no lamentes haber malgastado de forma egoísta tu capacidad de amar y dar vida.” 

Y es que volvemos, con mucha ilusión, a lugares que solíamos frecuentar y encontramos, físicamente, las mismas paredes (quizás de otro color), las mismas señales y detalles que hacen propio el lugar, pero no a la misma gente con la que acudías o que encontrabas en el lugar. Esa gente ya pasó. Ya se fue. Y aún si te topas con alguien que permanece (o vegeta en el lugar), poco tiempo tendrás para darte cuenta que ya cambió, que no es el mismo, que no te mira igual, que casi no te recuerda o no le importas en absoluto.

Cuando vamos a revivir esos paisajes, antes de llegar nos inundan los recuerdos de momentos vividos. Y la fantasía de que los volveremos a encontrar. Y no. Ya no están. Ya no pertenecen.

El lugar puede llamarse escuela, club deportivo, academia, parada de autobús, ministerio, bar, supermercado, plaza, parque. A la vez puede encontrarse en cualquier ciudad. Dentro del país o fuera de él. Incluso puede ser un sitio virtual, como un foro o un blog, por decir algo. Si te vas por mucho tiempo, no intentes volver. Porque inevitablemente chocarás con los aires del tiempo y del olvido. Serás polvo cósmico.

Es la danza de la vida. Ella, con humildad, se empeña en mostrarnos que todo cambia, segundo a segundo todo cambia. Y nos empeñamos en pensar que todo permanece. No. La gente viene, se va y no vuelve. Y si vuelve ya no es el mismo. Ya mutó. Ya le pasaron cosas. Ya evolucionó (o involucionó). Ya no te siente el mismo. Y tú tampoco lo sientes a él.

El mensaje es claro. Prepárate para vivir el momento. Disfruta al máximo de las situaciones cotidianas. Sácales el jugo. Y llena tu memoria de recuerdos bonitos. De cómo saliste de aquel aprieto. De cómo te enamoraste. De cómo el amigo logró, con la palabra clave, salvarte en aquel examen pendiente. Del gol que anotaste y la persona que te dio el pase. De los paseos por el campo en bicicleta, mientras conversaban intentando cambiar el mundo. De la mano salvadora y sanadora de la mujer que te sacó de la playa cuando la corriente te llevaba. De la sonrisa inapreciable e inabarcable de un bebé. Del compañero que te enseñó un arte que no está en los libros. De aquel día en que diste el batazo para ganar el juego y tu enamorada (que rara vez venía) te estaba mirando en la grada. Llena tu mente de esos recuerdos que irán contigo hasta el final de tu estadía terrenal.


Eso sí, no regreses a terminar lo que no terminaste en su momento. No regreses a pedir lo que no te dieron. A abrazar lo que no abrazaste. A buscar la boca que no besaste. Porque ya nada será igual. Y si pasa (porque las cosas pueden pasar) no sabrá igual. A pesar de tus quejas y pataletas el mundo seguirá girando, buscando otras emociones en otras personas que viven su momento con intensidad. El tuyo (para ti que regresas a buscar lo que no encontraste o no supiste buscar) ya pasó.
*Imagen: wradio.com.ec

Monday, August 03, 2015

Rayuela y otras lecturas


Aaaah. Por fin la paz que dan unas vacaciones. Una pausa grande en el trabajo. Y a leer. Sí. Vacaciones para la lectura. Que está atrasada. Tantas veces postergada por las tareas técnicas pendientes. Una pausa. Ha llegado.

¿Qué tengo pendiente? Revelaré lo que estoy leyendo. No lo que he leído ya este año. Por primera vez “Rayuela” de Cortázar. Incluyeron retazos en la temporada de julio del Club de Lectura y me propuse, por fin, leerla de cabo a rabo. Como lo indica el segundo modo, es decir, comenzando en el Capítulo 73.

Leyendo así esta obra, y tal como estoy acostumbrado a leer, en realidad nunca se cuánto del libro he leído. Voy por el Capítulo 28 y podría ser que fuese por la mitad. Podría ser, tratándose de que el primer modo de leerla son los primeros 56 Capítulos. Quizás.

Ayer estaba en una librería y una mujer suspiraba por “Rayuela”. Decía que la buscaba con vehemencia. En la librería le dijeron que ayer anduvo un ejemplar por los anaqueles. Pero fue descubierto y adiós. Era la edición de Biblioteca Ayacucho.

Yo tengo la de Alfaguara, la conmemorativa del 50 aniversario. La compré en 2013 y en la librería habían muchas. Ahora no hay ninguna, en ninguna librería de Caracas. Probablemente del país, ¿quién sabe? La crisis ha pegado hasta en las librerías. Hay poca oferta y muchísima demanda de algunos títulos (hablo de ficción, no de best sellers).

Y “Rayuela” es una novela que ya cumplió 50 años y la gente la sigue buscando, la sigue leyendo, la sigue comentando, la sigue criticando, para bien o para mal. Yo no se si Cortázar se imaginó que esto iba a suceder tanto tiempo después.

La novela es una historia loca de amor. Pero a la vez es muchas otras cosas. Cada quien le encuentra un filón del cual sacarle material. A mí hay días que me gusta mucho. Hay otros que no la quiero ver porque me aburre. La dejo descansar y luego voy corriendo a buscarla porque hay cosas que me hacen falta. Y pensando que voy por la mitad ya la empiezo a extrañar porque no quisiera que terminara. Quisiera tenerla allí, a mi alcance, por mucho tiempo. Y aburrirme de ella, y volverla a buscar. Así son las buenas lecturas.

Aparte de “Rayuela” he comenzado, que no terminado, unas cuantas novelas. Tantas como nunca antes en mi vida. Las hay que han adelantado y las he terminado. A esas no me voy a referir. Sino a las que van a la par, adelante y atrás de “Rayuela”. Son diferentes, y al ser diferentes hacen que no me pierda en las tramas.
Es una cantidad tal que alcanza para copar todo este año de lecturas. Lo que no es seguro es que sean esas las que termine leyendo, porque sigo yendo a librerías, y encontrando cosas que me enamoran, y que terminan adelantándose a las de la fila.

De ficción están los cuentos de Augusto Monterroso, de Haruki Murakami, de Horacio Quiroga, los “Diez cuentos” de Guillermo Meneses, “Sobre la belleza” de Zadie Smith (me encanta leerla por partes), “Los Subterráneos” de Jack Kerouac, “Diario de un emigrante” de Miguel Delibes, “El gran Gatsby” de Francis Scott Fitzgerald, “Contigo en la distancia” de Eduardo Liendo.

Una antología de cuentistas canadienses (25) que incluye, entre otros autores, a Alice Munro, Alistair McLeod, Bárbara Gowdy, Austin Clarke, Margaret Atwood… Muy buenos los que he leído. Un gusto de lectura esta compilación.

Hay una novela grande, del autor chino Ma Jian, que se llama “Pekin en coma”. Es larga, más de 600 páginas, y esa sí creo que hay que leerla solita, porque la trama se presta para ello. Un estudiante chino que manifestaba en la plaza de Tiananmen y es herido de bala en la cabeza, dejándolo en coma. A partir de allí, el joven se hace prisionero de su cuerpo inmóvil, más sus recuerdos permanecen, y él los revive: las mujeres que amó, su padre, los libros que despertaron su pasión literaria. Ya ven que no es para interrumpirla.

Y si me doy una vuelta por la biblioteca voy a ir encontrando unos cuantos libros sin leer que darían para un año más.

Así transcurren mis días. La literatura es una pasión que nunca termina. Y nos enseña tantas cosas a la vez. Un abrazo a los que aún permanecen por estos lares de Dios.

Saturday, July 11, 2015

Encuentro casual


Entro al bar. Fuera lloviznaba. El aire acondicionado enfría aún más las gotas que tengo prendidas en la ropa y en el cabello. Me sacudo mientras camino hacia la barra. Muchas risas alrededor. Conversas de alto volumen por doquier. Veo caras que no reconozco en la penumbra. No se alcanza a entender a nadie porque ante tanto ruido y bajo la influencia alcohólica todos gritan al unísono. Fragorosa la escena en el momento de mi entrada.

Atravieso las mesas y por fin llego a la barra de madera, pasando entre las piernas de cerdo que cuelgan por todas partes. Hay un rincón donde estos jamones hacen las veces de barrera contra el ruido. Es en una esquina donde apenas hay dos bancos en la barra. Fui hacia allá con la mera intención de evadir tanto ruido y la esperanza de sentarme en alguno. Los dos bancos estaban vacíos a esa hora, cosa extraña. Unas copas a medio beber, una de ellas con pintura de labios, unas servilletas y una factura olvidada me indicaron que dos acababan de irse a otro sitio menos estruendoso. Quizá más íntimo.

Me siento y pido una cerveza. A esa hora ya no la sirven, me indica el barman. Me dice que pida otra cosa y no se me ocurre sino un whisky. Parece que ya es tarde.

Me quedo desde ahí mirando al barman y sus frenéticos movimientos mientras prepara con la rapidez del caso todo tipo de bebidas para la concurrencia que está en su momento más álgido. Las risas y los gritos lo certifican. Yo escucho un ruido uniforme gracias a la barrera de jamones colgantes. No logran amainar toda la bulla pero se agradece un poco.

Tengo ya rato sentado en la barra. Desde mi bunker contemplo lo que sucede en las mesas más cercanas a ese lado de la barra. Típicas escenas producto de la ingesta de alcohol. Corbatas ladeadas y a media altura, manchas de rouge en las hasta hace poco blancas camisas. Muchas risas y manos sueltas aquí y allá. El barman pasa a revisar como anda mi trago e intercambia algunas palabras, genéricas, como es de esperarse cuando se trata de alguien que no es habitual en el lugar. Que si la lluvia y la situación del país. Luego se marcha a seguir su trajín con las bebidas.

Estaba distraído con las marcas de las botellas de vino cuando sentí un roce, un delicado aroma perfumado y un ruido a mi lado. Se había sentado una dama. El barman voló a nuestro lado y se saludaron con confianza. El ya venía con lo que parecía una margarita. Hizo un gesto como de aprobación y ante un movimiento de cabeza de la dama se la sirvió, manteniéndole un tanto la mirada. 
Me hice el distraído observando el hielo de mi whisky pero no funcionó. Una vez que el barman se hubo marchado la dama continuó la conversa como si yo hubiese sido el interlocutor inicial.
¿Los temas? Los de siempre. Que la situación. Que cómo llegamos a esto. Que si habrá salida, ¿Qué opina usted? Así comenzamos un diálogo tibio, como corresponde a dos seres que no se conocen previamente. Hasta llegar a ese momento donde el nivel de alcohol en la sangre es capaz de derribar cualquier barrera. Y vaya que la derribó.

“Usted me da mucha confianza. Algo me lo dice.” Yo dije “gracias”. Y entonces no tardó el “tengo que confesarle algo…” seguido de una frase que me secó la garganta de un tirón: “Tengo una hija presa”. “¿?”

Tuve que atravesar un largo trago de whisky antes de soltar un “¿Cómo así?”. La historia fue larga y dura, contada entre lágrimas (algunas mías), retoques de maquillaje, ofrecer un pañuelo que no tenía, pedir servilletas que se agotaron en el lugar y en el país, whiskies que van y margaritas que vienen. La dama se fue liberando de algo que tenía atravesado por dentro, muy apretado. Un dolor inmenso. Muchas lágrimas de por medio. Como las que ahora brotaban con algunos intervalos de conversación. “¿Puedo tomar su mano” me pidió con respeto. “Es que necesito agarrarme de algo mientras le cuento”. Las manos que me sostenían y se sostenían eran suaves y firmes al mismo tiempo. Ahora, mientras hablaba, se percibían las vibraciones, la fuerza de los sentimientos.

Su hija protestaba pacíficamente cuando la detuvieron. Dentro de poco cumple un año tras las rejas. “Yo también estoy presa” dice la madre. Vengo y bebo para olvidar, para dejar correr la pena, pero mi corazón está allá, con ella, desde el día en que se la llevaron. Desde allí mi vida gira en torno a abogados, tribunales, documentos, visitas en su celda, compras de las cosas que necesita, preparación de la comida, procura del agua, elección de los libros que leerá.

“He oído y visto tantas cosas que alcanzaría para escribir un libro. En la calle, en el edificio donde vivo, en el tribunal de la causa, en la radio y la televisión, en la Universidad donde estudia mi hija, en la celda. Todos hablan. Todos dicen. Muchos callan. Amenazas (veladas y solapadas). Nadie sabe cuándo saldrá mi hija en libertad. Nadie me lo ha podido decir con certeza.”

Le digo que están soltando a muchos detenidos en estos días. Que tenga fe. Que todo tiene un final. Que cuando menos lo espere ya estará con su hija en la casa. “Dios te oiga” dice mientras me aprieta la mano. Apura su margarita y llama al barman para pedir la cuenta. Le digo que yo me encargo y lo agradece.

Se para y antes de irse me abraza fuerte. Escuché (o creí escuchar) algo así como un sollozo pero muy leve. Me dijo que nunca había entrado a ese bar antes de lo de su hija. El despacho del abogado que le lleva el caso está cerca y por eso ha venido varias veces a tomar sus margaritas. Que nuestro encuentro no fue casual. Que le transmití mucha paz. Yo la abracé más fuerte. Nos miramos a la cara, me dijo: “Bueno, adiós, me tengo que ir ya” y se marchó.


Fue muy emocional el encuentro. Tanto que no le pregunté su nombre. Ni el de su hija. Ahora estoy pendiente de las muchachas que liberan. Rezo por ellas. Me entero por twitter de las noticias. Y ruego a Dios porque se haya reencontrado con su hija en libertad. 

La vida sigue.

*Imagen: bebedoresmagazine.wordpress.com