Saturday, April 13, 2019

Sin luz en Caracas. Crónica de un apagón.



Estamos en marzo de 2019.

Mi hija vive en España. Es médico. Se fue del país como una forma de escape de la situación actual. En el sector de la salud es más palpable el desastre. Ausencia de insumos que dificulta enormemente el ejercicio de la medicina, complica los tratamientos y los médicos se ven impedidos de recetar a sabiendas de que no se encontrarán los productos en las farmacias.

Llegó al país el 4 de marzo, horas antes que Guaidó, lo que implica decir la esperanza de tener un país mejor.
Todo estaba tranquilo en un día normal del aeropuerto. Nadie esperaba que Guaidó llegara por allí, tal como él mismo lo había anunciado. Los rumores decían que ya estaba en Caracas. Y eran creíbles ya que no había quien admitiera que se atrevería, pues sería apresado por el gobierno. Y llegó. Yo estaba allí. El frenesí no fue normal. Algarabía. Gritos de Libertad. Guaidó es sencillo. Se acerca, abraza, se toma selfies. Tiene un discurso muy simple, muy llano, que llega a la gente. Yo tenía miedo de que lo apresaran. Había muchos militares en y alrededor del aeropuerto. Pero nada pasó. Guaidó llegó, como lo prometió.

Mi hija llegó horas más tarde. Dos años sin venir al país. 24 meses que no han sido tales. En realidad han pasado como 10 años de sucesos. “La cosa ahora está más dura” diría Ruben Blades. Ya lo comprobaría por sí misma. El abrazo fue muy sentido. Prolongado. Un funcionario se acercó a pedir que nos moviéramos de sitio. No se atrevió a hablar. Se retiró lentamente. Yo lo vi. Mi hija no. Después le expliqué. Ella se disculpó. El funcionario no aceptó la disculpa y le dijo: “Bienvenida a Venezuela”. Después de dos años sin venir. O quizás diez.

El día 6 celebramos el cumpleaños número 24 de mi hijo. En petit comité pues muchos de sus amigos ya dejaron el país.
Hay mucha escasez de productos básicos. Ni qué decir de los otros. En algunos sitios se consiguen, pero a precios exorbitantes. Algo nunca visto es que los supermercados se hallan muy vacíos. Pasillos completos donde no ves un alma a una hora en la que típicamente se hallaban repletos. La crisis. Ya no se ven las amas de casa que te daban un consejo acerca de cómo cocinar un producto. Datos invalorables. Esa escena ya no existe.

Y así nos llegó el 7 de marzo. Día normal de trabajo. En la empresa, de 150 que éramos, quedamos 30. Las actividades se han reducido al mínimo posible y los 30 hacemos lo que podemos para continuar sin tirar la toalla. El horario de salida es a las 4:30 pm. Muchos se van en punto, por las dificultades de transporte. Unos pocos nos quedamos a extender el día.

Recuerdo muy claro que a las 4:40 se fue Morela. Hasta mañana y un beso. No pasó mucho tiempo cuando quedamos sin electricidad. Paramos el trabajo, que se hace con computadores. Se supo por twitter que el corte fue en toda Caracas. Pronto supimos que en todo el país.

Regresé a casa con la esperanza de que la luz volviera y que fuese uno más de tantos cortes parciales que ocurren. 30 minutos. Una hora. Dos horas. Los teléfonos celulares aún funcionaban y así supe que los míos estaban bien. Las horas fueron pasando y con ellas se fue diluyendo la esperanza de que la luz volviera. Recordé el famoso hashtag #SINLUZ en twitter, para informar de los cortes prolongados de electricidad. Dejé luces encendidas en la casa para poder detectar la llegada de la electricidad. Nada.

Amaneció el viernes 8 de marzo y las lámparas seguían sin encender. Fue un viernes lúgubre. Casi sin noticias. El ministro de información denunció sabotaje. El ministro de electricidad ya lo había hecho el día anterior y puso plazo a los trabajos de reparación. 3 horas, pasadas las cuales no hubo otro informe. Él también se sumió en la oscuridad. Revisé twitter y la gente que está en el exterior manifestó su alarma por no tener noticias de sus familias en Venezuela. La angustia se iba acrecentando en la medida en que los celulares se quedaban sin baterías, al igual que las celdas de telefonía.

Poco a poco fuimos entrando en la oscuridad total. En la tarde del viernes algunos sectores recuperaron la energía. Todo parecía ir resolviéndose, en lo que ya de por sí era el apagón más grande que había vivido Venezuela. No duró la dicha en casa del pobre y la luz volvió a irse, tal como vino. Y no ha vuelto a esos sectores. Lo grave es que no hay comunicación telefónica. Nadie sabe nada a menos que salga y se entere a viva voz. Todos con la misma pregunta: ¿Hasta cuándo? Sin respuesta.

El sábado 9 de marzo cumplió años mi mamá. 84. Con la presencia de mis hijos fuimos a cantar cumpleaños. Sólo al llegar nos enteramos que tampoco tenía luz. Subimos las escaleras y le tocamos la puerta. Cantamos, en el ya usual petit comité. Con sus amigas de la misma edad. Muchas no vinieron porque no pueden subir ni bajar las escaleras. Regresamos temprano, antes de que oscureciera.

Vivo en un punto alto de Caracas desde donde pude ver la ciudad entera en tinieblas. El viernes en la noche había algunos sectores alumbrados. El sábado ya no. La ciudad estaba convertida en una enorme mancha negra. Y un silencio. Una pena.

El 10 de marzo es un domingo atípico. Muchas preguntas en la mente. Más tarde saldré a pescar noticias de boca a boca. Ni siquiera hay tambores que anuncien algo. La luz del día y la falta de distracción electrónica me han servido para hacer dos cosas que tenía tiempo postergando.

Organizar y limpiar la biblioteca. Y leer en papel. Ya terminé “El Lago”, de Banana Yoshimoto, hermoso libro que parece extraído de los sueños, como todos los libros de la autora. Y ahora empecé con “Ciencias Morales” de Martín Kohan (Premio Herralde de Novela). Por esa parte estoy feliz.

Le doy gracias al cielo que mi esposa no me hizo caso cuando le propuse cambiar la cocina de gas a una eléctrica. No hubiese podido cocinar. La falta de agua comienza a ser un problema. Las bombas no funcionan sin electricidad por lo que no hay abastecimiento a los tanques y por ende no llega a las casas. Hay vecinos abajo llenando los baldes. Yo tengo un tanque en casa que aún tiene capacidad para unos días. ¿Qué llegará primero? ¿La electricidad o el vacío total del tanque?

Se oyen voces contando de los fallecidos que estaban en terapia intensiva en los hospitales. De los niños sin incubadoras. Me vuelvo sordo ante esos cantos que me hacen llorar. Eso sin contar con la gente infartada subiendo escaleras, las farmacias cerradas, las emergencias de los hospitales, los accidentes de tránsito y las bombas de gasolina cerradas. Algún día se oirán esas cifras, y las voces en las zonas del desastre. Muchas cosas que contar. Qué terrible. Todos esperamos el chispazo que anuncie la llegada de la electricidad (en muchos casos, salvadora).

Vivíamos en un país moderno, mirando al futuro. Ahora, y por lo pronto, permanecemos en la sombra. Sigo leyendo a Kohan y sus Ciencias Morales mientras cocino un arroz y luego unas lentejas. Lo que no es perecedero se va perdiendo poco a poco. La nevera ya no enfría.

Fui a ver a mi madre. Ayer cumplió años y hoy volvimos a comer un pescado que preparó. Fui con mis hijos. Luego los llevé a casa y regresé a la mía. No vivimos juntos.

Cuando llegué a casa había luz. Pensé encontrar todo oscuro, pero no. Alguien me dijo que acababa de llegar. Me alegré. Llamé por teléfono a mis hijos para darles la buena nueva. Arreglé las cosas en la nevera. La limpié. Luego me senté a revisar twitter. A ponerme al día luego de 75 horas sin luz. Pasada la media noche volví a quedar a oscuras. Se trataba de un abrebocas. Mañana no sé si iré a trabajar. Ya se verá.

Es lunes 11 de marzo y no acudo al trabajo. Razones obvias. Pasé todo el día sin luz. Sientes como que vas perdiendo la serenidad. La luz llegó, finalmente, el martes 12 a las 5:30 am. Había protestas cerca de mi trabajo y decidí no ir, por segundo día. Amenazaban con saquear un automercado que está al lado, en la misma cuadra de mi oficina. La Guardia Nacional tuvo que intervenir. Mañana intentaré regresar a trabajar. Cada día surge una complicación distinta.

Hoy es miércoles 13 de marzo. Volví a la oficina. En la calle la gente cabizbaja y meditabunda. Nunca nada será igual.

Saturday, March 02, 2019

De pesca



Gone fishin’...

Hubo un momento en el que yo entendía que pescar era tan simple como acercarse a una orilla con una caña, un pedazo de nylon, un anzuelo y un poco de carnada. Es lo que siempre vi en los comics. Pues no.

La primera vez fuimos con un experto. Lo vimos juntar el equipo y allí empezó el aprendizaje. Esto es para trolear. Esto es para pescar en reposo. Estos son los anzuelos. Los anzuelos pueden ir con señuelos, que son imitaciones de peces brillantes o camarones. La carnada no siempre son lombrices de tierra.

Antes de montarse en el bote se debe hacer una promesa. No importa como nos vaya, no vamos a regresar a menos que sea una estricta emergencia. Por lo tanto, para estómagos traicioneros es bueno comer bien la noche anterior, evitar comidas pesadas. Los que sean propensos a mareos deben tomarse su dramamine.

En el mar hay sitios que se conocen como puntos de pesca. Cada pescador conoce los suyos y los guarda como un secreto. En esos puntos es donde los peces suelen reunirse a comer. Los pescadores tienen gran sentido de la ubicación. Sin embargo, algunos dejan pequeñas boyas para identificar el punto. Dependiendo de la profundidad del agua o de la cercanía a la costa, las especies varían. Es así como el mero es un pez de aguas profundas y rara vez se consigue en aguas someras.

Cuando la lancha está en movimiento a baja velocidad se puede trolear, es decir, pescar con señuelos flotantes, muy brillantes, que atraen la atención de los peces y al morder, están llenos de anzuelos.

Al detenerse el bote, comienza la verdadera odisea. Todos quedamos en profundo silencio, expuestos al vaivén de las olas. Cada quien lanza sus anzuelos a la espera de que algún pez pique. Pero el bote no cesa de moverse por el vaivén de las olas. Y es allí donde la estabilidad de tu estómago juega un papel fundamental. Si se pierde el equilibrio allí, sobrevienen los mareos, y luego los vómitos. Pero ya se ha hecho una promesa, y no vamos a regresar a la costa. Hay trucos para lidiar con los mareos. Algunos funcionan y otros no, dependiendo de la persona. Morder un limón, acostarse y cerrar los ojos, fijar la vista en el horizonte y no mirar objetos fijos en el bote, todo por lograr que el estómago asiente y permita que la cabeza deje de dar vueltas.

Fui varias veces. Algunas pude controlar el mareo y logré pescar algunos meros pequeños. Otras, cuando llegó el mareo, y después de vomitar varias veces, tuve que acostarme y permanecer así, con los ojos cerrados durante toda la jornada de pesca.

Otra característica de la pesca es la introspección. Durante los largos ratos de silencio y paciencia, mientras se espera que el pez venga a picar, el azul del mar, el viento, el cielo azul y el sol son una buena combinación que te permite alejarte un poco de la realidad y pensar muchísimo, evaluar situaciones y llegar a buenas conclusiones. Esas evocaciones solo son interrumpidas cuando sientes la vibración en el nylon, que indica que algún vecino está tratando de agarrar la carnada. Cuando sientes el estirón debes despertar rápido y halar. A veces el pez tiene fuerza y comienza una pequeña batalla entre él y tú. Debes soltar y halar en procura del cansancio del pez. Sabes que lo vas logrando cuando la fuerza con que se hala disminuye en forma progresiva. Hasta que logras sacarlo a la superficie. Se convierte entonces en tu trofeo y hay alegría en el bote, porque los triunfos son de todos en la jornada de pesca.

Al final del día llegas a la costa extenuado pero satisfecho. Y feliz porque sabes que lo que viene es una exquisita cena.

Wednesday, January 23, 2019

Sosa



Si abres un mapa de Venezuela, nunca encontrarás a Sosa. Salvo que hagas una búsqueda minuciosa. Sosa queda cerca de El Sombrero, aunque hay gente de El Sombrero que no sabe cómo llegar.

Fui, invitado por mi prima Maritza, que es agricultora y tenía unos sembradíos de maíz en las cercanías. Para regar, tomaban el agua del río Guárico. Quise ver el río y me dijo que no era nada llamativo. Fuimos a ver, y si, pasa como si no quisiera que lo vieran, todo quietud, aguas oscuras, serpenteante entre las cañadas, un siseo.

Maritza vive en Altagracia de Orituco, a 140 kilómetros de Sosa. Yo pensaba que era más cerca. Para ir tomamos la carretera troncal 11 hacia el oeste, pasamos por el pueblito de Taguay y un poquito antes de llegar a El Paso del Cura (así se llama el lugar, y es tan pequeño que no parece que fuera un pueblo), dejamos la carretera y cruzamos hacia el sur. De allí fue rodar y rodar entre sabanas y sembradíos. Pasamos San Francisco de Cara y Barbacoas, el pueblo de Simón Díaz, autor de “Caballo Viejo”, hasta encontrarnos con la Troncal 13, que va a El Sombrero.

Luego de pasar El Sombrero, aparece del lado izquierdo la carreterita que va hasta Sosa. Es angosta, de dos canales. En el trayecto se pasa por casas que están en la orilla, eso cuando la vista no es sino sabanas o sembradíos. Los vecinos ponen muchos reductores de velocidad en el pavimento (los llaman policías acostados). Ellos lo justifican diciendo que han atropellado a varias personas, conductores ebrios o conduciendo a exceso de velocidad. Entonces no se puede correr mucho. 

Un día lo olvidé y le pasé por encima a uno. La camioneta voló por los aires y al caer se apagó. Me quedé varado cerca de unas casitas funerarias que ponen a los lados de la vía. Mi prima fue a refugiarse en una casa cercana al tiempo que yo revisaba. Mientras pensaba lo que iba a hacer, me detuve a ver el nombre del fallecido, inscrito en la casita funeraria. Me pregunté cómo alguien podía haber muerto en una carretera tan desolada como esa. Y me reí. Pensé que había que estar bien salado para que la muerte te viniera a buscar hasta allí, mucha mala suerte, y seguí riéndome al borde de la carretera. De repente un ruido. Un crepitar de hojas, un polvero levantado, y un carro viniendo hacia mi. Pensé que era el fin. El carro salió de la nada, y con el polvero detrás se me venía encima. Intenté correr pero las piernas no obedecieron. Me aferré a la casita del muerto. Y el carro en última instancia recuperó la carretera y siguió, dejándome sumido en una nube de polvo. Prometí no volver a burlarme del difunto. Ni de ese ni de ningún otro. La muerte llega a donde uno menos piensa.

Con el salto al chocar con el reductor, mi camioneta se apagó. Revisé y eran unas mangueras sueltas. Conecté una. La otra se rompió y la tuve que reparar en sitio. Luego seguimos el camino, esta vez con más cuidado.

Cuando llegamos a la casa de la finca de mi prima, nos recibió su suegra. Había hecho el almuerzo. Una sopa de arvejas con carne, y bastante comino. Nos sentamos en la mesa grande, con otros primos que habían llegado antes. Me gustó mucho la sopita. Y me cayó muy bien la señora. Llanera por todo lo alto. Era la época de cosechar maíz. Alguien había recogido unas cuantas mazorcas que reposaban sobre otra mesa. Mi prima dijo que eran para hacer unas cachapas. Había que quitar las hojas a las mazorcas y sacar los granos. Todos los que estábamos allí nos dedicamos a eso, después de comer. A cada uno le dieron un cuchillo. La suegra de mi prima explicó cómo hacerlo a los que no sabían. Las hojas no se botan. Se usan para cubrir el maíz, una vez amasado, para hacer bollos. Para las cachapas no hacen falta las hojas. Me gustan los bollos y las cachapas. Con queso blanco son una delicia. Nos pusimos a trabajar.

Todo el mundo contaba anécdotas y chistes mientras deshojábamos el maíz. Alguien gritó: “¡Un alacrán!”. Yo solté el maíz y me levanté de la silla. La mayoría permaneció sentado, como si hubiesen visto una hormiga. Pero no, era un alacrán negro, del tamaño de mi mano, caminando sobre las mazorcas, buscando donde esconderse. Vino mi prima y con una paleta lo lanzó al piso y le puso una bota encima. El bicho crujió. Y no se movió más. Mi prima veía mi cara de asombro. Me dijo: “Y eso que no has entrado a la siembra. Allá hay bastantes”. Yo le pregunté cómo hacía para cosechar y evitar las picadas. Me dijo que no le ponía mucha atención. Si alguno la picaba, con matarlo, triturarlo y pasárselo por la picada como antídoto era suficiente. De inmediato supe que no iría por nada del mundo a la siembra. Pregunté si había visto culebras en la siembra. Dijo que sí. Como si le hubiese preguntado si había visto hormigas. Es que mi prima creció en el campo. Muchas cosas que a mi me asustan le parecen naturales.

Unas mujeres de la finca molieron el maíz e hicieron cachapas y bollos para todos. Les quedaron deliciosas. Hacía calor, pero también había mucha brisa, que mitigaba. Todo alrededor eran plantaciones de maíz. Las matas eran más altas que yo, organizadas en hileras por donde yo no habría de pasar. Las rubias espigas coronaban, como estrellas en el firmamento.

Entró un olor a café, desde la cocina. Al rato teníamos la taza humeante en las manos. No sé porqué es tan sabroso el café negro en el llano. Lo endulzan con papelón. Y la taza de arcilla. Huele divina la mezcla de la arcilla, el papelón y el café.

Aquí fue cuando le propuse ir a ver el río Guárico. Ya se sabe que no me impresionó. Aguas muy quietas y oscuras.

Al caer la tarde regresamos a Altagracia en caravana. Algunos primos se quedaron en Sosa. Compraron unas cervezas. Intentaron seducirme con una fría pero no quise quedarme. El haber visto alacranes no me dejaría dormir allí. Ni siquiera en hamaca.

Llegar a Altagracia fue como volver a la civilización. La TV encendida. El aire acondicionado. El jardín bien cuidado. Allí si acepté la cerveza. Mientras me la tomaba, pensaba en Sosa. En todo lo que viví. La sopita de arvejas con comino. Los bollitos deliciosos y las cachapas. El papelón con limón que bebimos. Las mazorcas. El alacrán. La casita funeraria en la carretera, con el nombre del difunto en el frente y la fecha de su muerte. El susto que pasé por estar con la burla de su mala suerte. Y me convencí de que si, que la muerte no se pierde, y llega a esos caminos donde hasta el viento se devuelve.

Imagen: www.tripmondo.com

Sunday, December 30, 2018

Mi 2018 en síntesis.



Se nos va el año dentro de poco. El año más raro de mi vida. Se veía tormentoso desde un inicio. Y así fue, en lo político, en lo económico, en lo social y en lo personal.

En otros tiempos, los años permitían hacer de diciembre un mes para la reflexión, para trazar calmadamente las metas y objetivos del año entrante. Este no. Nos ha mantenido todo el tiempo intentando capear el vendaval de tantas cosas que se nos vienen encima. El otrora existente margen de maniobra ha desaparecido y en su lugar lo que hay es una emergencia permanente en todos los ámbitos de la vida.

Muchos amigos se han ido del país, dicen que provisionalmente pero el plazo está abierto. Otros han decidido quedarse, no importa lo que pase. Respeto cada posición porque son decisiones de índole personal. Lo que lamento, yo que aún estoy aquí, es que cuando los necesito, o me hace falta su presencia, no están. Para eso no sirven las redes. No los sustituyen. En muchos casos es insalvable el abismo (cambios de horario, ocupaciones, etcétera). En otros se puede palear la ausencia. Pero no ha vuelto a ser igual.

Antes de irse, muchos buscan asegurar sus círculos amistosos. Hacen reuniones de despedida, invaden las redes con mensajes de permanencia a pesar de la distancia, llaman con una frecuencia que no es normal. Basta que pisen el nuevo territorio para que esos vínculos reforzados a última hora desaparezcan como las hojas secas en otoño con la ventisca.

La nueva ubicación geográfica conlleva nuevos problemas, nuevos vecinos, amistades, idiomas, culturas, costumbres, formas de entretenerse, husos horarios, clima, trabajo. Todo es novedoso y exige mucho de la mente. Esa exigencia contrasta con el esfuerzo que se había hecho en mantener el círculo de amistades. En muchos casos se contrapone por diversas razones. Y ya nada vuelve a ser igual.

Hay choques de estados mentales. Los que se fueron, reunidos en sus nuevos círculos se preguntan cómo alguien ha decidido quedarse en ese “infierno”. Los que se quedan, una vez diluida su fe en la permanencia de los viejos vínculos, generan una rabia hacia los que se fueron. Se sienten abandonados. Menospreciados. Humillados hasta por una simple fotografía que sus viejas amistades, intentando seguir una vida normal, publican en las redes. Y se viene el break.

Cambios importantes en los hábitos de vida, aquí y allá, donde el distanciamiento es protagonista. Y algo se aprende en el ínterin. La presencia es importante. La ausencia implica cambios, dolorosos a veces.

En esta vorágine nos encontramos. La reinvención de la vida diaria. Desde cocinar a diario, hacer los deberes de la casa, estudiar cosas nuevas, cambiar las rutas de llegar al trabajo o a la casa, trabajar desde la red, actualizar conocimientos de todo tipo. Ahora se valora más el tiempo. Se piensan mucho las acciones antes de tomarlas y también después, según los resultados. Se adquiere el concepto de visión y el de misión personal. A dónde quieres ir con tu vida. Cómo quieres llegar. Qué estás haciendo para lograrlo. Todo va adquiriendo un valor. El riesgo. Las implicaciones.

Vuelvo de nuevo a la lista de propósitos para el nuevo año. A los planes. A escribir las metas y a ponerles un tiempo. A pensar que todo lo aprendido tiene un valor. A abrir la mente a nuevas experiencias y aprendizajes. Saber que no se debe perder el tiempo. Que cada día es diferente y lo que hagamos en él tiene sus consecuencias.

Volveré a escribir un post como éste dentro de un año. Y tengo la intención de plasmar un valor agregado. Desde ya estoy trabajando en ello. Voy con mucha fe, y la fe mueve montañas.


Saturday, November 17, 2018

Allí...



Allí, donde tú estás
Quiero ir a buscarte
Para decirte que te he extrañado
Que por mucho que he mirado, no te he encontrado
Porque estás lejos
Aunque hay un mar de por medio
Hay días que te siento más cercana
Quisiera saber qué nos une
Que hace que todos los días te piense
Que me levante con ganas de oír tu voz
De sentir tu calor
De toparme con tu mirada
Sigues sin estar, lo sé
Muevo mis brazos y no te toco
Busco alrededor y no logro verte
Dónde estás
A dónde has ido
¿Volverás?
Mientras todo esto pasa, yo te espero
Con una cerveza ahogo mi angustia, y te espero
Con mi pensamiento te acerco y te digo cuánto te quiero
Sigues lejos, dice la mente
Estás cerca, dice el corazón
Y yo te espero…

Imagen: www.gabitos.com

Sunday, October 14, 2018

Divagación de los trece años



Estudiar, estudiar, estudiar mucho. Así transcurren mis días en la actualidad. Estoy leyendo poca literatura, aunque ya me regañé y he retomado el hábito. La lectura, per se, no puede abandonarse. Sí he dejado de lado el Club de Lectura. Se me ha hecho difícil acudir. Cosas del trabajo.

Resulta curioso que, luego de tantos años de experiencia, aun tenga que estudiar tanto. Esto se debe a varias causas. Una de ellas es que me acostumbré a hacerlo siempre. Hay una curiosidad permanente por el saber. Y no se pierde con el tiempo. Creo que estará conmigo siempre. La otra razón es que hay una actualización permanente en todos los campos del saber. Los libros, las ciencias, las materias, los programas informáticos, todo cambia, todo se mueve. Si hay cosas que no mutan. Pero el conjunto es muy dinámico y no para de actualizarse. Entonces debo correr para mantenerme al día, más cuando dependo de mi profesión para cubrir mis gastos de vida.

Todo ello explica en parte la falta de escrituras en mi blog. Ya cumplí 13 años al frente de mi bitácora, y sigo aquí, dejando muestras y testimonios de mi paso por la vida, de mi amor por la literatura.

Me ha dolido mucho encontrar muchas de mis librerías favoritas cerradas. En estos momentos no es el mejor negocio en Venezuela. Hay restricciones de importación y además, los precios se han ido a la estratósfera, reduciendo enormemente la cantidad de clientes. Mis libreros favoritos, o han cerrado la librería o se han ido del país, buscando un respiro en otros aires. Entonces mis hábitos de visitar librerías han cambiado también. Porque ello incluía la tertulia necesaria, el intercambio de palabras, de libros, de comentarios. Internet ha cubierto una parte de ese espacio tan valioso de intercambio, pero nunca nada será igual.

Pienso mucho en cómo sería mi vida en otro lugar, a esta edad, conociendo a otras personas, de otras costumbres. ¿Cómo me desenvolvería? ¿Quiénes pasarían a ocupar el lugar de mis libreros?
¿Qué libros me recomendarían? ¿Cambiarían mis hábitos de lectura? ¿Volvería a usar la bicicleta? ¿Recorrería bosques en la búsqueda de spots de fotografía? ¿Tendría una cámara nueva? ¿Iría de nuevo a la Universidad? ¿Qué estudiaría? ¿Me gustaría el lugar o me mudaría de nuevo? ¿Encontraría allí a mis viejas amistades? ¿Cómo los vería ahora? ¿Cómo me recibiría el amor de mi vida? Y la lluvia, ¿Cómo me recibiría la lluvia? ¿Habrá nieve en invierno?

De algo sí estoy seguro. Seguiré escribiendo en esta casa, que me ha cobijado junto a mis letras por trece años. Bienvenidos sean todos. ¿Un café?

Imagen de www.kaboompics.com


Wednesday, September 26, 2018

Muñeca



Ya estaba allí cuando llegué. Apenas se hizo notar. De color negro azabache. Echada en la acera, como agazapada. Una presencia nueva en el vecindario.

—¿De quién es? —pregunté al vigilante.
—No lo sé, llegó esta mañana y se sentó allí, desde entonces no se ha movido.
Estaba sentada al borde de la acera, cabeza erguida, atenta a todo. La miré bien. Ojos tristes.
—La han abandonado —le dije al vigilante. Se le ve en los ojos.

Al día siguiente me vine más temprano de la oficina, con la curiosidad a millón. Y si, estaba aún allí, sentada. Los mismos ojos tristes. Me estacioné y me bajé. Quise acercarme.
Ella me vio aproximar, sin hacer gesto alguno. Le dije que era bella, muy bella, que lo sentía, que entendía su situación.
El vigilante me dijo que le habían dado comida a hurtadillas, porque la asociación de vecinos no estaba de acuerdo con su presencia.
—Déjenla quieta allí, suficiente con que la hayan botado de su casa —dije.

En la calle donde vivo hay unos seis edificios. Y vive mucha gente que ama a los perros. Imagino que cada uno fue pasando, y preguntando, y colaborando.
Poco a poco fui notando los cambios. Un día la vi más limpia. Como recién bañadita. Luego me dijeron que la habían llevado al veterinario. Después un espectacular collar rojo. La confianza con los vecinos no tardó en aparecer. Vi que le gustaban los niños. Quizás en su casa previa convivía con niños. Se notaba la inclinación hacia ellos. —¿La van a echar? —pregunté al vigilante. 

— No, como que se queda. No han venido más.

Y así fue como mi Muñeca encontró un nuevo hogar. Después del abandono de una familia, sus primeros amores, que tal vez ya no estaban en el país.

Luego vi que le pusieron un nombre. Jackie. Para todos, Jackie. Menos para mi. No me gustó ese nombre. La bauticé Muñeca. Lo siento, pero es lo que viene a mi mente cuando la veo.

Había dos vigilantes en la garita. Uno joven y uno viejo. Y, como suele suceder, con uno de ellos tenía más empatía que con el otro. Es cuestión de química. Con el joven se entendía más. Cuando uno estaba de guardia, el otro no estaba en la garita. Y la cara de Muñeca cambiaba. Le gustaba más el joven. Aunque el viejo la trataba bien. Pero es cuestión de entendimiento entre dos seres.

Conmigo fue especial después del primer día, en el cual solo nos miramos, y tratamos de comprendernos sin acercarnos mucho, sin tocarnos, solo con la mirada. Funcionó.

La segunda vez que vine se acercó espontáneamente. Allí si hubo caricias. Y una buena conversa. Le dije que ellos se habían ido, la habían dejado sola, y si no hubiese sido así, ella no habría aterrizado aquí y no estuviéramos conversando. Solo me miraba. Como asintiendo.

Un año pasó rápido. En ese período fue esterilizada, se repuso bastante, la mirada triste cambió poco a poco a una miradita alegre, de perra bien tratada y consentida. Pude ver que salía de la garita con vecinos, que se la llevaban por ratos a sus casas. Luego volvía. Caminaba a sus anchas por la calle, y entraba y salía de los edificios de manera natural. Hizo de la calle su nueva casa.

Un día me enteré que el vigilante joven se marchó. Dejó el trabajo. Reapareció en Muñeca su semblante triste. Conversé con el vigilante viejo acerca de las pérdidas. De cómo la afectaban, recordando a la familia que la abandonó.
Imagino que el vigilante joven quería llevársela. Pero hay que tener recursos para mantener a una mascota. Tal vez no los tenía. Quizá lloró en su despedida. Los perros tienen un sexto sentido para saber cuándo alguien se va y no volverá. Tal vez lloraron ambos. No se supo.

El vigilante viejo hizo esfuerzos por recuperarla de la segunda pérdida. Tuvo éxito a medias. Yo también ayudé. Decidí bajarme todas las tardes y acariciarla un rato. Ella se volteaba para que acariciara su vientre. Es el lenguaje del amor entre dos que se comprenden. No me importaba pasar media hora allí, sentado en el piso, acariciando y conversando.

Un día pasé y no estaba. Pregunté y me dijo el vigilante que se había ido con un vecino a su casa, que más tarde volvería. Y así fue, porque luego volví a verla en la garita. Y vi vecinos visitándola allí. Pendientes de ella. Le traían comida.
Volvió a estar bien luego de dos pérdidas familiares. La carita triste recuperó la alegría.
De vez en cuando me bajaba a acariciarla. Sé que ella lo necesita. Y yo también.

Esta semana, me dieron la noticia de que habían cambiado la compañía de vigilancia de la garita de la entrada. Un frío me recorrió el cuerpo. Quise pensar que, aunque la compañía había cambiado, mantendría al vigilante viejo en su puesto de vigía. Pero no. Pasé y vi a un vigilante joven, con otro uniforme. Le pregunté por Muñeca y me la señaló, acostada sobre su manta, dentro de la garita. La llamé, y sin moverse, apenas me miró a través de unos ojos tristes que ya me eran familiares. Estaba muy deprimida.

Ahora paso y me bajo cada vez que puedo. Ella viene hacia mi para que la acaricie un rato y le diga cosas. Cosas que quizás no tienen sentido para ella. Porque igual ya sabe que los humanos son seres que vienen y van. Sin apego. Seres que rompen corazones, a veces hasta sin proponérselo.

Noto ahora un cierto cambio en su mirada. Como más seria, diría yo. Más seca. Yo la acaricio y le digo que la amo. Y pienso que yo podría en algún momento ingresar a la lista de los que estuvieron y ya no están. De los que aparentaron amarla, que sí la amo, pero luego se fueron sin dejar huella. Y esa visión me pone triste.