Saturday, May 19, 2018

Forastera



"En esta escuela del mundo ni siendo malos alumnos repetiremos un año, un invierno, un verano. No es el mismo ningún día, no hay dos noches parecidas, igual mirada en los ojos, dos besos que se repitan". Wislawa Szymborska

La vi por primera vez en esa ventana en la que antes solo había sombra. Fue como una luz cuando se asomó. Nunca había visto a nadie abrir la persiana.

Por la forma como miraba alrededor también supe que no era de aquí. Era una mirada ingenua, como la de una muchacha del interior. Vi también que con ella había un niño. No lo vi sino que escuché su llanto, y vi la baranda de la cuna, cerca del borde inferior de la ventana.

Así fue por varios días donde con cierta intermitencia representaba la misma escena. El niño a veces en brazos, a veces en la cuna. Se movía alrededor del cuarto, como buscando cosas, u ordenando, no podía saberlo porque el pequeño espacio de visión que me daba la ventana no lo permitía.

A veces estaba en la cocina y escuchaba el llanto del bebé. Se movía frenética, hasta que lo calmaba. Luego apagaba la luz y ya no había más ruido. Hasta la noche siguiente, donde, siguiendo la intermitencia, repetía la misma escena, o una parecida.

Un bebé en brazos, movimientos frenéticos a un lado, o al otro. Luego la calma. El silencio. La luz apagada. La noche.

Yo me preguntaba de dónde habrá venido, con qué objetivo habrá recalado en esa habitación. No podía saberlo. Ni la distancia lo hubiese permitido.

Muchos días pasaron. Escenas que se repetían. Un día me vio. O eso creo. Cuando me di cuenta había cerrado la persiana. Quizá pensó que la estaba espiando. Pero no era así. Era una escena que se repetía cada noche hasta hacerse cotidiana. Solo que esa vez nuestras miradas se encontraron. Sólo eso.

La persiana permaneció cerrada varias noches. Aunque podía ver la luz detrás. Sabía que estaba allí, aun cuando no podía verla.

A la luz retenida por la persiana se agregaron unos colores, y más ruido, como el de un televisor. Ya no volví a escuchar el llanto del bebé. Solo voces en estéreo, algunas conocidas, jingles comerciales. La TV se adueñó del espacio. Puso colores, y voces, y canciones. La persiana siguió cerrada.

Un día me fijé que una hoja de la persiana estaba doblada. Como cuando alguien trata de mirar sin ser visto. Una hoja alta. Cual si se hubiese subido a una silla.

Noté la hoja doblada a la luz del día. La persiana no se había vuelto a abrir. Esa noche observé que no había luz detrás de la persiana. Y no la hubo después. La luz no se volvió a encender por las noches. Ya no estaba allí.

Ha podido mudarse de cuarto, era una posibilidad.  Pero algo me dijo que ya no estaba allí. Una sensación de vacío. De no haber nadie en el apartamento. Nunca más un llanto de bebé. Ni colores de la TV.

Hoy, desde afuera, la ventana luce llena de polvo. Y a pesar de ello puede verse la persiana cerrada, con la hoja doblada. Quizá la silla, donde se subía a escondidas para mirar al exterior, esté aún por allí cerca, esperando a que se vuelva a subir. Solo que ya no está. ¿A dónde habrá ido?


Friday, March 09, 2018

No llores más nube de agua...



“No llores más nube de agua,
silencia tanta amargura.
Que toda leche da queso
Y toda pena se cura…”

Trato de consolarme pensando en esa tonada. Canto de ordeño que es tan profundo. Se nubla un poco mi vista y aspiro hasta que el aire lo inunda todo. Cierro los ojos y voy dejando salir ese aire que me consuela, poco a poco.

Tiempo sin escribir. Ocupo la mente en tantas cosas. En mi hija, una flor que ya está lejos. Luchando. haciendo su papel de extranjera. Algo que no definen las palabras, pero se siente muy adentro.

Leo, si, leo mucho. Escapo a esta realidad asfixiante. Y estudio. Porque dentro de mi hay dos. Un escritor y un ingeniero. Y cada uno reclama su tiempo. Y al templo, que es el cuerpo, no le queda más remedio que compartir, dar a ambos de la misma agua. Un tiempo para uno, otro tiempo para el otro, y a convivir, no queda otra.

“Aguacero, aguacero, aguacero
aguántate aguacero
mira que estoy ordeñando
a la vaquita Lucero…”

Ya no es el Cruz-Diez que adorna el piso del aeropuerto. No. A éste no lo dejan ver las lágrimas. Y como esos amores que ya no son, y se dejan por otro, hay un nuevo símbolo de despedida. La Esfera de Caracas, del Maestro Jesús Soto. Marejadas de jóvenes van a diario a despedirse de su país. Los veo de lejos y trato de no fijarme en sus caras, no vaya a ser que reconozca a algunos y me roben unas lágrimas. Pronto estarán navegando hacia otras tierras. Unos con más y otros con menos suerte. Multiplicando las historias de la huida. De la diáspora. Los avatares del camino. Las penas del alma, las propias y las ajenas.

“Lucero de la mañana
Préstame tu claridad,
Para alumbrarle los pasos
A mi amante que se va.
Caridad, Caridad, Caridad..."

Y poco a poco se va inundando todo de historias. Te lo cuentan las señoras cuyos hijos solo ven por Skype. Cuyos nietos nunca han cargado. Los que han perdido a sus padres sin acudir a sus entierros. Las reuniones familiares de los que se quedan. Y en otras tierras las de los que no están. Las lágrimas de aquí y las de allá. Los que ya se sienten de otras partes y los otros que tienen al país atragantado, y cuando intentan sacarlo lo que hacen es llorar. Los que sienten los ruidos de los fogones mientras caminan soñando despiertos, y los olores, y los sabores que allá no encuentran. Los que besan otras bocas imaginando las que dejaron, aprendiendo que no sabrán nunca a lo mismo. Los que se quedan y los que se van, como canta Horacio Blanco.

“El que bebe agua en tapara
y se casa en tierra ajena,
No sabe si el agua es clara,
Ni si la mujer es buena.
Yerba Buena, Yerba Buena…”

El joven no se reconoce ya en estas ruinas. Dice que se va. Que esto no es vida. Y te mira a los ojos, buscando una respuesta que no está en ti. Nada tienes que agregar. Sabes que el día vendrá. Lo acompañarás al aeropuerto. Y más lagrimas brotarán. Se harán promesas. Unas verán la luz y otras nadie sabe. La última imagen será la del morral atravesando la puerta de inmigración. Y volverás con la sensación amarga del desprendimiento. De que ya no estás completo.

“Nube de agua Lucerito
Ya viene la mañanita
cayendo sobre el palmar. 
Y el cabestrero prosigue
con su doliente cantar…
Ajáaaa…”

Y todo suponiendo que tú mismo no te adelantes. Que el morral no sea tuyo. Un morral donde no cabe tu vida. Que va más lleno de recuerdos que de otra cosa. Que pesa más que lo que registra la balanza. Y no tendrás paz hasta que el joven te siga. Hasta que puedas volver a abrazarlo en otras tierras. Extranjeros ambos. Como el cometa cuyo hilo se ha roto y ahora vuela más allá del mar.

“Mañana cuando me vaya
quien se acordará de mi
solamente la tinaja…
Por el agua que le bebí
Lucerito, nube de agua…”

Imagen: www.mapio.net: "Esfera de Caracas", Jesús Soto.

Tuesday, January 02, 2018

Mis lecturas del 2017


Saludos a mis queridos lectores. La costumbre de este Blog es que a finales de año hacemos un resumen de las lecturas que hice en el 2017, especialmente las de ficción.

Luego de ello escojo la número uno, en cuanto a su poder para elevarme a esos mundos no tangibles que se van creando página a página, la de mayores emociones, la que logra que me interne en sus ambientes y me mimetice con sus personajes mientras me aíslo de la realidad.

De eso va la elección. De incrementar en mí y en otros la pasión por la lectura.

Este año logré finalizar un total de 35 libros. Unos los tenía pendientes. Otros los compré al azar y algunos fueron producto de recomendaciones de amigos.

Entre los que merecen mención especial se encuentran: “Plata quemada” de Ricardo Piglia,  “Todo fluye” de Vasily Grossman, “Desgracia” e “Infancia” de J. M. Coetzee y “El oficinista” de Guillermo Saccomanno.

No me cansaría de recomendar estos títulos. Son extraordinarios.

¿El Ganador del 2017? Es Alejandra Pizarnik y sus “Diarios”. Un libro muy humano, un auténtico y sublime homenaje a la Literatura. El mejor de este año, qué duda cabe. Enhorabuena.                    

¿La lista (de los que terminé de leer)?



“Doce pasos para cocinar la imagen de un país”. Sumito Estevez. Ariel, 2016.



“Diarios 1988-1989. La insubordinación de los márgenes”. Victoria de Stefano. El Estilete, 2016.



“Padre rico, padre pobre”. Robert Kiyosaki. Time and Money Network Editions, 2001.



“Todo lo que hay”. James Salter. Salamandra, 2014.



“Paris es siempre una buena idea”. Nicolas Barreau. Planeta, 2016.



“La piel del lagarto”. Jorge Rodríguez Gómez. Fundarte, 2015.



“La vida breve”. Juan Carlos Onetti. Punto de Lectura, 2007.



“The Beats: a graphic history”. Harvey Pekar & Ed Piskor. 451 Editores, 2011.



“La vida de mi padre. Cinco ensayos y una meditación”. Raymond Carver. Norma, 1997.



“El lugar del cuerpo”. Rodrigo Hasbún. Santuario Editorial, 2014.



“Short Cuts. Vidas cruzadas”. Raymond Carver. Anagrama, 2001.



“De qué hablo cuando hablo de escribir”. Haruki Murakami. Tusquets, 2017.



“Plata quemada”. Ricardo Piglia. Mondadori, 2013.



“Crónicas sádicas”. Salvador Garmendia. El Estilete, 2016.



“Diarios”. Alejandra Pizarnik. Lumen, 2013.



“Desgracia”J. M. Coetzee. Penguin RandomHouse, 2016.



“Paleografías”. Victoria de Stefano. Alfaguara, 2010.



“Todo fluye”. Vasily Grossman. Mondadori, 2010.



“El desolvido”. Victoria de Stefano. Momdadori, 2005.



“Valle Zamuro”. Camilo Pino. Punto Cero, 2011.



“Infancia”. J. M. Coetzee. Mondadori, 2000.


“Juventud”. J. M. Coetzee. Mondadori, 2004.



“Verano”. J. M. Coetzee. Mondadori, 2013.



“El idioma materno”. Fabio Morábito. Sexto Piso, 2013.



“La chica del tren”. Paula Hawkins. Riverhead Books, 2015.



“Una librería en Berlin”. Francoise Frenkel. Seix Barral, 2017.



“El oficinista”. Guillermo Saccomanno. Seix Barral, 2010.



“La perla”. John Steinbeck. Edhasa, 2008.

“Cien años de soledad”. Gabriel García Márquez. Alfaguara, 2007. Relectura.

“La cena”. Gisela Cappellin. La Agencia de la Palabra, 2009.

“Escribir y callar”. Nuria Amat. Siruela, 2010.

“Sunset Park”. Paul Auster. Anagrama, 2010.

“Flores en las grietas. Autobiografía y Literatura”. Richard Ford. Anagrama, 2012.


“Callisto”. Torsten Krol. Salamandra, 2007.

“El fin de la lectura”. Andres Neuman. Libros del Fuego, 2017.




Espero les guste mi lista. Elaborada desde mi corazón de lector.



Un gran abrazo a todos y mucho éxito en sus propuestas para el 2018.




Anexo el link con los elegidos en el 2016.

Saturday, November 25, 2017

El pionero de la fila


Me levanto muy temprano en esta madrugada de sábado. No hay canto de aves, ni el viento osa silbar en las ventanas. A esta hora todos duermen.

Salto de la cama porque me reconozco lento a estas horas y no quiero que lleguemos tarde. Hacemos un café y lo tomamos conversando. Son las 5 pasadas. La charla es amena y no queremos dejarla pero la calle espera, y también la larga fila de compradores.

Así la imagen cuando llegamos. Una fila enorme, que al acercarnos resultó que eran dos. Una para el pollo y otra para la carne de res. Una a la derecha y la otra a la izquierda. Nos dividimos la tarea. Me ha tocado la del pollo. La misma fluye normalmente. No así la de la carne. No tardo en alcanzar a mi esposa. Conversamos de fila a fila. Luego de una hora, mi cuñada pasa y nos saluda. Ella no va por pollo ni por carne. Ha venido antes. Se marcha.

Las conversas alrededor giran en torno a la situación del país, que es terrible. Yo no quiero entrar allí, en ese mar de repeticiones y de turbulencias. Recurro a mi libro. “Callisto”, de Torsten Krol, un autor al que nadie ha visto. Mientras los improperios llueven sobre el presidente y sus colaboradores, yo leo. Me sumerjo en ese paralelismo que me salva temporalmente de la barbarie.

Al fin llego al puesto de los pollos. Compro con normalidad. Luego voy donde mi esposa, que está en la otra fila. Desespera un poco porque no se mueve. Va lenta. Y tiene cosas por hacer. Me propone un trato. Termino sin las bolsas de pollo y ella prometiendo volver más tarde a buscarme.

Entro en la atmósfera de la segunda fila. Para variar, el tema de conversación es político. Me niego a compartir. Vuelvo a mi libro. Esta vez se acercan unas personas con camisas con distintivos de un partido. Reparten volantes con la figura de un candidato a la Alcaldía. No tomo ninguno. Lo que siento ahorita por la política es poco menos que aversión. Me duelen los hechos recientes. Los jóvenes asesinados en las manifestaciones y la oposición política negociando con el gobierno. Las elecciones y sus dudosos resultados.

La fila va lenta, y más lenta. Dicen que no pasan las transacciones electrónicas. Hay escasez de efectivo. Aceptan transferencias que solo son posibles con teléfonos inteligentes. Las horas pasan sin tregua. Delante de mi un señor me pregunta por el libro. Se lo muestro, y también la semblanza de la contraportada. Dice que le gusta, que parece bueno. Le digo que igual pienso. Nos ponemos a hablar del punto en común que es no aceptar los volantes de los políticos caza votos. Me da sus razones y coinciden con las mías. Así las cosas, ya se instaló la conversa. El tema es uno de mis favoritos: la aviación. Es piloto comercial jubilado. Esa gente tiene tema. La conversación se nutre. Le hablo de capitanes a los que he conocido. A todos los trató. Los nombres le suenan familiares. Es un mundo.

Hablamos de sus experiencias como piloto, desde que se graduó hasta el retiro. Es como hablar con un capitán de barco. Mil historias interesantes. Aterrizajes forzosos, con cuota de terror incluida. Explicaciones técnicas. Aventuras. Cuando mi esposa regresó ya habíamos hecho una biografía. Los años 50 y 60 con sus vuelos artesanales: velocidad, brújula, viento y conocimiento de aviación. El matrimonio, los hijos que crecieron e hicieron sus vidas. Ya tiene 82 años y no los aparenta. Se ve más joven. Me dice que la vejez es un fantasma que está todo el tiempo escondido hasta que una mañana, mientras te afeitas al espejo, se aparece y te grita: “Aquí estoy yo, y vine para quedarme. A partir de allí te duele todo.”

Da gusto compartir con un piloto, sea de barco o de aeronave. Vienen dotados de kilos y kilos de buena conversación. Con ellos el transcurrir del tiempo es relativo. Se podría pasar el día sin aburrimiento. Pareciera que lo han visto todo. En el fondo son como ingenieros de vuelo o de navegación. Son aliados del viento. Y del mar.


Finalmente llegamos al puesto. Compramos y nos despedimos. Ya no quedaba la carne que buscaba, compré otra que sobraba, pero me fui satisfecho. Compartí con un pionero.

* Imagen: www.aviationrainbows.com

Sunday, October 08, 2017

Doce años escribiendo...


La lectura y la escritura son dos actividades que el cerebro maneja de forma diferente. No implican lo mismo. Sin embargo, y muy particular en el caso de la ficción literaria, mientras más cosas interesantes lees, más se activa algo dentro de ti que te impulsa hacia el hábito de la escritura. Unas veces te empiezas a creer capaz de escribir algo mejor de lo que le has leído a un autor consagrado; en otras, la lectura te impulsa a tratar de describir situaciones similares a las que has leído, vistas desde otro ángulo, tal vez de otra índole. Después de todo, el hecho es que al final terminas escribiendo.

Al principio todo lo que dejas plasmado queda confinado a la categoría del texto simple. Texto con el que no quedas conforme cuando lo relees. Te planteas hacerlo mejor la siguiente vez. Y así empieza el gusanito de la escritura. Así empiezas a caer en sus redes.

Y llega el momento en que tienes doce años en el plan. Que sueñas con ver tus escritos plasmados en un libro que sostiene un lector desconocido. Que despiertas en ese lector emociones indescriptibles.

Dicen los que saben que el mejor profesor para la escritura es leer a los que escriben bien. Eso lo comparto. Y también a los que están aprendiendo. Eso hago. Y a los que te mueven con sus narraciones. Aprendo de unos y de otros. De los noveles, el desenfado. De los grandes, la técnica.

De todos ellos intento quedarme con algo, a la vez que creo mi propia mezcla y le doy un acento, un estilo.

Hubo un tiempo en que escribir en un blog era lo máximo. Venía mucha gente a dejar huella. Sin embargo, recibía muy poca crítica. Había mucha gente en lo mismo. La fiebre se mantuvo un tiempo hasta que llegaron otras formas de intercambiar en redes, más novedosas e interesantes. Y con ellas se fue la mayoría. Y en este mar de la escritura creativa quedamos muy pocos. Y, ahora sí, siguieron viniendo los que se identifican con mi estilo. Con mi forma de tratar los temas. Se percibe más lo que se siente cuando lee alguien un libro de tu autoría. Aunque nunca sepas quién lo está leyendo ni qué emociones le estás causando. Quizás los que están en la cumbre perciban algo del buzz. Los que ganan los premios y asisten a ferias con frecuencia. Queda un camino por recorrer. Y una experiencia mayor de lectura. Un aprendizaje. Una huella… Hacia allá vamos.


Gracias miles a los que aún vienen a leer.

*La fotografía es de Naky Soto en Octubre de 2007. 

Friday, September 29, 2017

El oficinista


Estoy leyendo “El oficinista” de Guillermo Saccomanno, y voy percibiendo que Guillermo ha diseccionado a un personaje que tiene mucho de los personajes con los que me he topado en más de treinta años trabajando en ambientes de oficinas.

He visto de todo. Recuerdo uno que era muy conversador. Sobre todo del tema del futbol. Y a pesar de su apariencia de concentración, bastaba que te le aproximaras para que se le activara el radar y soltara la pluma para preguntarte a quemarropa: “¿Cómo están los goles?”. Era el inicio de una larga perorata que incluía partidos, equipos, ligas y más. Un día le pregunté si era casado. Me dijo que sí. Como era muy solitario, yo insistí: ¿Vive contigo tu esposa? No, está en Madrid. ¿De vacaciones? No, vive en Madrid. Pero, ¿está casada contigo? Si, pero vive en Madrid. ¿Y cuando la ves? Haciendo un gesto de impaciencia, y volviendo lentamente a sus labores, remataba: “Nosotros nos entendemos.” Poniendo con esto punto final a la conversación.

Otro personaje infundía miedo con su mirada perdida y sus intempestivas paradas a “pensar” en medio de los pasillos. Parecía irse con sus pensamientos mientras permanecía largo rato divagando solitario en pleno corredor, sin importarle quien pasaba y quién no. A veces se acercaba hasta mi puesto, con una medio sonrisa en la cara. Yo no le tenía miedo, aunque a veces me traicionaban los pensamientos y lo hacía protagonista de una de esas carnicerías típicas que han ocurrido en Estados Unidos, donde un empleado inconforme con algo llega una mañana, armado, y antes de que lo detengan acaba con la mitad del personal a punta de balas. “Hola”, saludaba con su mitad de sonrisa pintada en la cara. “Hola” le respondía yo, e iniciaba una conversación normal entre dos compañeros de oficina, con cualquier tema, el tráfico, la política, el béisbol, cosas que el replicaba muy bien, y agradecía el gesto de sacarle conversación. Al final remataba siempre con el mismo discurso: “La gente cree que yo estoy loco. Y hasta me tratan como tal. Lo peor de todo es que ya me lo estoy empezando a creer…”

Dilbert, la famosa tira cómica norteamericana, también satiriza a los personajes y comportamientos típicos de oficina. Tanto que puedo pasar horas leyendo y recordando esas mismas situaciones con otros personajes de carne y hueso. Dilbert concentra su artillería en situaciones tales como las consabidas reuniones laborales y sus vicisitudes.

En esas reuniones los personajes hacen gala de su “oficinismo” agudo o crónico mediante gestos y acciones que los identifican, y que no dejan de repetir en cada evento subsiguiente. Está el que lleva su taza inmensa de café negro, que se va tomando de a sorbo, y que, bien sea que la reunión dure 30 minutos o dos horas (se sabe cuando se entra pero no cuando se sale), el siempre dará su último sorbo cuando escuche las típicas palabras de cierre (“¿Lo dejamos hasta aquí?”, “Manos a la obra”, “A trabajar”. “¿Ya son las doce?”). El que lleva su agenda y anota hasta los ruidos del ambiente, en una escritura interminable, a veces suspendida mediante una leve mirada al panel, como si le hiciera falta anotar el gesto que acompaña a unas palabras. Demás está decir que este mismo individuo es el primero en negarse a llevar por escrito la “minuta” o las conclusiones de dicha reunión. Lo de él es la escritura libre de ataduras. Está el que lleva un cuaderno y comienza a dibujar flores, un sol en el firmamento, hojas de todo tipo, letras gigantes en 3D y todo tipo de manifestación artística, de tal modo que se pierde de la reunión estando allí, y hay que darle un toquecito para que vuelva en sí, y responda adecuadamente a la pregunta que hace rato le están haciendo. Está el que se duerme plácidamente, incluso en posiciones acrobáticas y el que está pendiente del que siempre se duerme para avisarle a sus compañeros e iniciar las chanzas hacia el personaje durmiente. El que entra con su celular inteligente y se conecta en redes con sus amigos y está en todas partes menos en el lugar de la reunión, pero apenas ve que se aproxima el final de la misma, desata su artillería de preguntas, muchas de las cuales ya fueron realizadas y resueltas durante la reunión.

Los personajes de las oficinas no tienen fin. Desde el alto y autoritario jefe, cuya disciplina solo se ve reblandecida cuando habla con la señorita de buen cuerpo y bonitas facciones que apenas tiene tres meses trabajando, y a la cual pareciera conocer desde la eternidad, hasta el vigilante confianzudo, que a pesar de que se le advirtió, el día que comenzó sus labores, cuál era su lugar y sus funciones en la empresa, a la semana ya departe con el resto de los empleados en sus oficinas cuando no está sentado en el comedor viendo el noticiero desde el televisor colgado en la pared.


Es amplia la gama de personajes y la variedad de situaciones que se suceden a diario en los ambientes de oficina. Podría pasar la tarde escribiendo pero ya está terminando la reunión y tendré que salir de la sala.