Sunday, April 17, 2016

El sol rojo


El sol rojo es un fenómeno relativamente reciente. Quizás lo causa la calima, que es una bruma gris que cubre el cielo y no deja ver nada.

La luz del sol, al atravesar la calima, se pone rojiza, y produce un efecto extraño en el ambiente. Hay un silencio, y nada se ve a lo lejos. Una sensación de encierro. De ahogo. De sofoco.

Al mismo tiempo el sol se ve más grande. Me trae a la mente la bandera de Japón. Y me crece la duda de por qué se ve más grande.  ¿Será la época del año? Pero nunca me había fijado. Ese tamaño del círculo solar no lo tengo registrado en la memoria. ¿Nos estamos acercando? La NASA quizás lo sabe pero no nos lo dice para no crear alarma.

Y si nos acercamos, ¿Qué puede pasarnos? ¿Se alteran las mareas? ¿Y con ellas el período de las mujeres? ¿Vienen más terremotos? ¿Se modifica el clima? ¿Nuestro temperamento varía? Preguntas sin respuesta. Ahora es cuando nos estamos fijando. Y cavilando.

Mientras, la esfera solar continúa mostrándose, enorme, pesada, roja, desafiante. Cada quien se lo toma a su manera. Veo gente en diferentes sitios tomando fotografías del crepúsculo. Eso no era común en Caracas.


El fenómeno no termina con el atardecer. Ahora, cuando hay luna llena, ella también es más grande. Más brillante. Más iluminada se ve la ciudad. Claro, como si estuviésemos en medio de una tormenta de arena, la calima va de por medio. 

La Luna, a pesar de todo, se impone. Con su gran círculo luminoso, extraordinario como el del sol, y pinta de profundo misterio la noche caraqueña.

Tuesday, March 22, 2016

Los de ayer y los de hoy



Grupos de jóvenes reunidos con un único tema de conversación, la salida del país. Discuten entre ellos sus miedos. Si vale la pena irse ya o esperar porque no es el momento. Comentan libros que aconsejan irse y otros que aconsejan quedarse. “10 razones para irse y no morir en el intento”, “La nueva diáspora venezolana” y un sinfín de títulos similares. Gurúes de redes sociales que creen tener todas las respuestas. Creo que salen más confundidos después de las lecturas. Porque no son solo las lecturas. Reúnen también testimonios de amigos que están en todas partes del mundo, conectados con ellos por redes sociales de todo tipo, que manejan con la destreza de un Jobs o un Gates en sus años mozos. Saben todo. Lo que no saben es que hacer con tanto conocimiento reunido.

Cuarenta años atrás los mismos grupos de jóvenes reunidos. No sé porqué pero, al mismo nivel de madurez, la diferencia entre aquel grupo de chavales y el que veo ahora es que aquellos estaban finalizando el bachillerato o comenzando la universidad. Los de ahora están recién graduados de la Universidad, con un trabajo nuevo pero con el forro plástico de los asientos pegado a su vestimenta.

Es que los jóvenes de ésta generación manejan cantidades impresionantes de información de todo tipo, incluida la académica, a la que acceden a edades mucho más tempranas. Son ríos de data que navegan de un lado a otro de sus receptores cerebrales de información. Y es tanta que les dificulta la toma de decisiones. Por eso dudan tanto a la hora de irse o quedarse.

Aquellos, de hace cuarenta, no pensaban en irse, salvo que fuese de vacaciones. En aquellas reuniones se hablaba de experiencias sexuales, de fiestas y de excursiones. De profesores muy peculiares y de profesoras de vestimenta sugerente y pinturas de labios color pasión. Del barrio y los amigos que en él esperaban. De la expedición del colegio donde conocieron la Represa del Guri y los amores que nacieron en el autobús. De la marihuana y sus efectos. A veces se hablaba de un tío que vivía en Baltimore y se mostraban fotografías en papel que dibujaban aquella misteriosa ciudad.

Los jóvenes de este grupo reciente no solo conocen Baltimore porque la han caminado, sino que conocen "al pelo" veinte ciudades adicionales en los Estados Unidos, aparte de cientos de Europa y Asia. Las que no conocen es como si lo hicieran porque hablan de cafés y restaurantes del lugar como si hubiesen estado mil veces. Y es que otros, con sus blogs les allanan el camino. ¿Dónde ir? ¿Dónde comer? ¿Dónde hospedarse? ¿Dónde aprender el idioma local sin pagar un centavo?

Aquellos jóvenes de hace cuarenta años conversaban de música a través de melodías que tocaban en la guitarra acústica, rememoraban grupos como “Yes” y “Emerson, Lake and Palmer”, y “Bread”, y “Queen”, se reunían en una casa donde los padres habían salido y se sometían a largas sesiones de discos de acetato en sistemas de sonido con cornetas gigantes que atormentaban a los vecinos.

Los de ahora usan sistemas miniatura que almacenan la música que no podrán reproducir en su vida entera, y que pasa a su sistema auditivo a través de minúsculos aparatos que no dejan escapar una simple nota al exterior. Les tienes que preguntar sobre lo que están escuchando y te rematan con un demoledor “John Zorn”, algo que a ti, que hasta ese momento te creías dotado de una gran cultura musical, te ha dejado en el limbo. Nada de John Zorn. Ni parecido. “¿Y tú, chamo, qué escuchas?” y te disparan a quemarropa un “Squirrel Nut Zippers, ¿lo has escuchado?” cuando ya te has convertido en poco menos que una estampilla, ojos perdidos en la distancia, intentando atrapar alguna nota de los Zippers que habías escuchado jamás.

No. Definitivamente no hay puente. Por lo tanto no puedo aconsejar nada a gente que maneja millones de mega bytes de información, aun cuando no tengan la menor experiencia de nada.

La experiencia llegará con el tiempo. Y con ella la madurez ansiada. Así como las abuelas que envolvían el aguacate en papel de periódico para que acelerara su proceso de maduración. Así pasará con ellos cuando algún destino se abra ante sí. Digo se abra queriendo significar el hecho de permitir su entrada legal por el puerto o aeropuerto que los reciba. A partir de allí comenzará el aprendizaje, empezando con el “vacación no es estadía” que corroborarán con sus vecinos, amigos y familiares ya no tan sonrientes como en las recientes vacaciones.



Estos, definitivamente, son otros tiempos. Y hay otras formas de aprender.
*Imagen: www.vertvnoticias.com

Sunday, March 13, 2016

Los pinares de Monagas


 El sur de Monagas está convertido en una especie de Canadá en el trópico. La cosa data de los años 70 del siglo pasado, cuando se creó CONARE, la Compañía Nacional de Reforestación. En ese entonces se decidió sembrar pinos caribes con la intención final de producir papel.

Desde entonces miles de hectáreas se han sembrado y extendido más allá de Monagas, hasta Anzoátegui. No sé realmente cual ha sido el efecto, pero 40 años después seguimos importando papel y para ser más honestos, hoy muchos diarios han cerrado precisamente por falta de papel para imprimir las noticias.

Pero los pinos siguen allí, y cada vez que paso me parece que hay más.

En esos mismos campos se halla la llamada Faja Petrolífera del Orinoco. En etapa de explotación, se traduce en pozos e instalaciones petroleras mezcladas con los pinos para el papel.

Los pinos se han sembrado ordenadamente, de modo que cada 500 metros hay un corta fuegos (una vereda libre para impedir la propagación del fuego). Y así, miles de hectáreas y miles de veredas.

La gente de los pueblos vecinos le teme a los pinares. Sabe que esos lugares son guaridas de delincuentes que se esconden en esa inmensidad para cometer fechorías sin posibilidad de ser vistos. Y en eso compiten con los pozos petroleros. Tenebrosa simbiosis.

Puede parecer que estás en un bosque canadiense. Pero el clima y los cuentos de los lugareños te hacen ver que realmente no es así.

Sunday, February 07, 2016

En el Estadio


Fue la primera vez que papá me llevó al Estadio de Béisbol. Un fenómeno que me costó comprender. Acostumbrado como estaba a escuchar los juegos por la radio e imaginarme las acciones de los peloteros. Delio Amado o Carlos Tovar, los narradores, se encargaban de relatarnos todo cuanto ocurría y nosotros, al lado del aparato radial, cerrábamos los ojos y nos transportábamos a ese mundo tan maravilloso que es el que ocurre entre los límites de un campo de béisbol.

Por eso, cuando papá decidió ayudarnos a traspasar la barrera de la imaginación y pudimos ver por primera vez el Estadio en tiempo real, algo extraño ocurrió en nuestra mente. Ya no teníamos que cerrar los ojos. La jugada se suscitaba allí, a pocos metros.

Fue así como pude ver, desde lejos, a un tal Gonzalo Márquez, a un César Tovar, a un Victor Davalillo, Astros todos, en plena acción, sin que Delio Amado ni Carlos Tovar nos explicaran dónde estaban ni las jugadas que estaban ejecutando.

Fue muy extraño porque antes de eso el béisbol pertenecía al mundo de los sueños. Discurría siempre entre las páginas deportivas del diario El Nacional, las narraciones de los dos señores que ya mencioné, en Radio Rumbos, y las barajitas de los álbumes de béisbol.

Dentro del Estadio, cuando a alguien conocido le tocaba el turno de batear, nos enterábamos por el narrador interno. Lo veíamos desde muy lejos y no podíamos ver sus gestos ante cada lanzamiento. El ruido de la pelota al chocar con el bate nos alertaba de que habían hecho contacto y hacíamos el esfuerzo de seguir la bola con la vista. Era extraño no recibir la explicación de cual tipo de lanzamiento y que pasó con la bola antes de ser bateada. ¿Una recta que se quedó alta? ¿Una curva que se abrió mucho? No lo sabíamos. Y siendo así, muchas jugadas quedaban como pedazos sueltos en nuestra mente. No seguíamos bien el transcurso del juego y a veces ni siquiera notábamos que era el tercer out y que mientras nuestro equipo regresaba al dugout luego de cubrir sus posiciones, el otro salía a defender. Nadie nos lo recordaba. Teníamos que aprender a observar el béisbol real y no el onírico que nos acompañaba desde la niñez.

Más tarde vino la televisión, y con ella las repeticiones de las jugadas, los enfoques cercanos a los lanzadores y bateadores, las estadísticas y los análisis de los comentaristas. Eso fue entrar en otra dimensión. Diferente también a la de presenciar el juego en vivo desde el Estadio.

Una vez que nos acostumbramos a la magia televisiva, la asistencia al Estadio siguió siendo un fenómeno extraño. Luego de una jugada defensiva espectacular no había repetición y el juego seguía su curso, dejando una atmósfera de ¿Qué pasó aquí? ¿Porque no puedo ver la jugada de nuevo? ¿En qué momento el jugador le partió a esa bola que atrapó como un felino?


Sin embargo, luego de tanto tiempo visitando los Estadios, puedo decir que hay algo extraordinario en percibir las jugadas en vivo. Ya los Estadios modernos han captado también el sentimiento del fanático y en grandes pizarras se muestran las repeticiones y los enfoques de los gestos de los jugadores. Nada puede con la sensación de ver que tu jugador favorito le desaparece en las gradas la pelota al lanzador estrella del equipo rival. Allí no hay televisor ni radio que se equipare. Nada contra los gritos de consignas de tu equipo, a coro con otras 20 mil almas. Nada como comerse un perro caliente o tomarse una cerveza en el entretiempo, mientras comentas la fiebre que sientes por tu equipo con otros fanáticos. 

Es la magia del béisbol en el Estadio. Y todo comenzó del brazo de mi papá, hace ya tanto tiempo, la primera vez que no tuvieron que contarme lo que pasaba en el terreno.

*Fotografía de noticias.universia.edu.com.ve

Wednesday, December 30, 2015

Mis lecturas del 2015


Buenos días a los que se acercan a esta casa virtual. Falta poco ya para despedir el 2015. Año difícil, ¿Por qué no decirlo? Sin embargo, como dice Diego Torres, hay que pintar las cosas color esperanza y tentar al futuro con el corazón.

Muy pendiente de la lectura, como todos estos años. He incluido una agenda semanal en un Club de Lectura que he disfrutado muchísimo. Mi amigo Luis Yslas lo dirige con mucho acierto, y hemos tenido el placer de disfrutar la narrativa de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Federico Vegas, Franz Kafka y Juan Rulfo. Ha sido una experiencia bastante enriquecedora que pienso continuar a la par de mis lecturas particulares.

He aquí la lista de los libros que leí con mucho entusiasmo en el 2015. Confieso que fueron más los que empecé pero algunos no los terminé porque estoy leyendo también algunas antologías de cuentos e intercalo las narraciones. El cuento es un género que me entusiasma y me atrae. Desde el Maestro Cortázar, los cuentos canadienses que recopila Claudia Lucotti (¿Dónde es aquí? Fondo de Cultura Económica, México, 2002) y diversas antologías del cuento venezolano (la última de ellas compilada por Ednodio Quintero).

La elección fue bien al azar. Escogiendo entre tanta lectura pendiente y según el tiempo que pudiera dedicarle (ya que comparto el tiempo con mi profesión de Ingeniero Civil, que también exige lectura de tipo técnico).

Este año pude leer 28 libros, hermosos en su mayoría. La escogencia se dificulta más cuando los contenidos son tan buenos, por lo que hay que pensar en cuál de ellos caló más profundamente en mí dependiendo del momento anímico por el que estaba pasando cuando lo leí.
Siempre –ya lo saben– doy preferencia a aquellos relatos que me hagan vibrar más, con narrativa inteligente y que me permita escapar de la realidad hacia universos paralelos, sin nada que ver con el prestigio del autor o del libro en sí.

El ganador es “La muerte del padre” del narrador noruego Karl Ove Knausgard (Anagrama, 2012). Se trata de una disección maestra de la vida cotidiana de un escritor novel al momento de enfrentar la muerte de su padre por el consumo excesivo de alcohol. Un hecho que lo marca profundamente y lo lleva a reflexionar sobre lo que ha sido su vida y lo que quiere para sí. Excepcional el talento de este escritor. Algo fuera de serie y que recomiendo sin ambages.

Mención especial es para “La llave” de Junichiro Tanizaki (Siruela, 2014), obra maestra de la literatura erótica japonesa.
                                       
¿La lista (de los que terminé de leer)?

“Ferdydurke”. Witold Gombrowicz. El cuenco de plata, 2014.

“La muerte del padre”. Karl Ove Knausgard. Anagrama, 2012.

“Proserpina”. Armando Rojas Guardia. La guayaba de Pascal, 2014.

“Sin partida de yacimiento”. Luis Barrera Linares. Bid & Co, 2009.

“Blue Label / Etiqueta Azul”. Eduardo Sánchez Rugeles Bruguera, 2013.

“Breve historia de mi vida”Stephen Hawking. Planeta, 2014.

“El hombre que amaba los perros”. Leonardo Padura. Tusquets, 2014.

“Falke”Federico Vegas. Editorial Alfa, 2014.

“A la brevedad posible”. Luis Yslas. Libros del Fuego, 2015.

“Paris era una fiesta”. Ernest Hemingway. Penguin RandomHouse, 2014.

“Dora Bruder”. Patrick Modiano. Planeta, 2015.

“Hombres sin mujeres”. Haruki Murakami. Tusquets, 2015.

“No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura”. Alejandro Zambra. Universidad Diego Portales, 2010.

“Cartas desde Iwo Jima del General Kuribayashi”. Kumiko Kakehashi. El Andén, 2007.

“Duelo”. Albor Rodríguez. OT Editores, 2015.

“Rayuela”. Julio Cortázar. Alfaguara, 2013.

“En torno al oficio de escritor”. Eduardo Liendo. Lugar Común, 2014.

“Cuentos”. Augusto Monterroso. Alianza, 2008.

“El gallero”. Rafael Alberto Fernández Ramírez. El perro y la rana, 2013.

“Los héroes son villanos tímidos”. José Pulido. Otero Ediciones, 2013.

“Demasiada felicidad”. Alice Munro. Penguin RandomHouse, 2014.

“La llave”. Junichiro Tanizaki. Siruela, 2002.

“Pedro Páramo”. Juan Rulfo. R. M. Verlag, 2013.

“Cuento argentino contemporáneo. Breve antología”. Mempo Giardinelli (Compilador). Difusión Cultural UNAM, 1996.

“El fénix islamista”. Loretta Napoleoni. Paidós, 2015.

“El cerco de Bogotá”. Santiago Gamboa. Madera Fina, 2015.

“El psicoanalista”. John Katzenbach. Ediciones B, 2003.

“Desayuno en Tiffany´s”. Truman Capote. Anagrama, 1990.

Espero les guste mi lista. Elaborada desde mi corazón de lector.

Un gran abrazo a todos y mucho éxito en sus propuestas para el 2016.

Anexo el link con los elegidos en el 2014.



Saturday, December 19, 2015

Prima Luisa


Prima Luisa tenía otro nombre. Eso era cuando estaba con la familia. Un día decidió abandonar todo y se fue con un circo. No era un circo de esos espectaculares que hay ahora, con una carpa enorme, malabaristas, tigres que saltan por aros de fuego y maravillosos acróbatas.

Eran otros tiempos. Allá por 1949. Era más bien una compañía teatral y de magia. Prima Luisa no era actriz, ni aspirante de mago. Se ofreció para cuidar a un niño de una de las integrantes. El dueño del circo tenía una esposa y también un hijo pequeño. El Gran García, le decían. Y hacía los números principales.

La compañía iba de pueblo en pueblo. Donde había cine, alquilaban el local cuando no había función. Y allí se presentaban. Tenían varios números. Cartas. Sombreros de mago de donde salía hasta una liebre. Una caja de madera donde se metía la esposa del Gran García y era atravesada por espadas, para luego salir indemne, sin un rasguño. Era el furor en esos pueblos. Si no había cine en el pueblo alquilaban una casa y allí mismo montaban el escenario.

Prima Luisa los siguió desde Tucupita. Conoció Cocuína, La Cruz de la Paloma, Piacoa, Uracoa, Pedernales, Curiapo y muchos otros pueblos que casi nadie ha oído nombrar jamás. Cuenta Luisa que los niños eran quienes más disfrutaban, como era de esperarse. Hecho heroico éste de ir a divertir a los niños olvidados por todos.

En uno de los viajes fluviales vio la isla de Guasina, que era una prisión de castigo. Los prisioneros labraban la tierra. Los confundió con campesinos. No sabía nada Prima Luisa y los saludó desde la curiara. Una alegría para ellos dentro de tanto sufrimiento. Cabe decir que efímera.

Un buen día pasaron de Pedernales a Güiria por el golfo de Paria en una embarcación. Y se enamoraron de Paria, tierra mágica.

El circo pasó de Güiria a Yoco, y luego a Irapa. Prima Luisa se enamoró de Güiria y dejó el nomadismo que le imprimía el circo. Casó con un recluta de la guarnición local y tuvieron 4 hijos. Como no había trabajo, su esposo marchó a Bolívar, donde había conseguido un empleo. Se separaron por la necesidad. Cuatro bocas que mantener pudieron más que la idea de vivir juntos. Iba a probar y si todo salía bien se irían todos a Bolívar.
En vez de eso, lo que llegó fue una carta de alguien, donde le informaban que a su marido lo habían asesinado. No supo los detalles. Solo que no lo vería más. Así de cruel. Ni una pista. Solo que estaba muerto.

Prima Luisa no se amilanó. Crió a sus cuatro hijos trabajando duro. Un día le dio por venirse a Caracas. Si fue capaz –razonó–, de criar sola a cuatro muchachos, ¿Cuál era el problema con Caracas?

La aventura le costó otro hijo y un amor fugaz, a quien no ha visto más. El desamor la hizo volver a Güiria. Eso fue en 1982. Y no ha salido. Ni lo hará.

Antes de irse fue descubierta por mi mamá. Es que prima Luisa se fue con el circo y nunca más se supo de ella. Mamá caminaba un día por las calles del centro de Caracas y la vio, la detuvo, la interrogó hasta que no tuvo más remedio que admitir que era la misma que se fue en 1949 con el circo. No quería nada con la familia. Quizás una forma de evasión o de libertad. De ser alguien nuevo, sin pasado. Un pasado que a veces se niega a desprenderse.

Prima Luisa es afable. Los vecinos la quieren y la cuidan. Todos la conocen. Son muchos los años en el pueblo. Un pueblo donde ella misma escogió vivir. Yo creo que no sabe vivir en otra parte.

Saturday, October 31, 2015

Realidades


Luminosa mañana de domingo. El hombre recién llega de España deseoso de trópico. “Allá hace mucho frío ahora –dice– y prefiero estar por aquí estos meses.”

Pues resulta que aquí la cosa ha cambiado, y no hallo como explicarle. Me pide que lo lleve a la playa. Al litoral, pues no quiere tomar mucha carretera. Comienza entonces el suplicio. ¿Dónde llevarlo? No tengo la menor idea. He oído muchos cuentos de terror, pero no le digo nada. No me atrevo. Y por demás no me cree. Piensa que exagero. Que la prensa es amarillista. No puedo convencerlo de que es la realidad en que vivimos.

Así nos vamos. Montamos las cosas en el carro y tomamos la autopista. Bajando. Mucha cola. De todas partes hay unos ojos que nos ven. No nos quitan la mirada. Tampoco puedo explicarlos. Finjo ignorarlos. Noto que él los ve. Tampoco pregunta. Están en todas partes. En los muros. En los edificios y las casas. Los mismos ojos. El mismo personaje.

Al fin avistamos el mar azul. Dice que estos azules y esta claridad no se ven en España. “Que aquí hay mucha luz” piensa él. Es el sol del mediodía. “Y oscuridad también hay” pienso yo. Podemos ir al este o al oeste al final de la autopista. Creo que es mejor al este. No lo pienso más. Vamos al este. Unas playas que no visito desde hace años. En 1999 hubo un deslave. La forma del litoral cambió. Rodamos sobre un cementerio. Abajo, en el subsuelo, hay gente enterrada. No lo menciono ni por azar. Solo vamos a la playa. No sé a cual, pero a la playa. Rodamos. “Aquella se ve buena”. “Más adelante” respondo yo, pero sin saber cuánto más adelante.

Nos detenemos un instante en el legendario Bar “Miami”. El español está eufórico. Compramos la guarapita de guanábana. Es mundial. Salimos sonrientes y reanudamos la marcha luego de las fotos. “Esto no lo hay en España.” dice. Lo sé. Es sólo allí. Durante un siglo. Rodamos. La costa y sus azules haciendo lo suyo al lado izquierdo. Es un paisaje tras otro.

Paro en un lugar donde hubo un restaurant muy famoso, con un enorme pescado rojo en la puerta. El pescado sigue allí tras el deslave. Pero no es el mismo lugar que conocí y guardo en la memoria. Aun quedan ruinas. El quiere ir a ver la playa y sigue de largo hacia la arena. Yo me detengo en el restaurant. Pregunto por el pescado. Ha habido buena pesca y hay de todo. Elijo una sopa con un cangrejo rojo de corona, que había visto en otra mesa. Pregunto de una vez sobre una playa segura. “Ninguna” dice el mesero. “Hace poco robaron en Osma. Aquí cerquita. Llegaron en motos. Con armas. Todo el mundo al agua, hombres, mujeres y niños. Estos últimos sin comprender. Amenazaron con matar al que saliera del agua. Robaron libremente, desde bolsos hasta carros, cuyas llaves encontraron. Aquí no hay nada seguro.”

Después de caminar por la playa, mi amigo español ha regresado. Dice que no tiene hambre. No me preocupa porque llevamos sandwichs en la cava. Pregunta que adonde iremos. Le explico que hay que rodar mucho más adelante. No se queja. Los paisajes lo deslumbran. Foto aquí, foto allá. Rodamos. Más adelante veo un letrero de posada y una playa pequeña. Entramos. Hay un custodio. Le indico que vamos sólo a la playa y dice que está bien.

Sacamos las cosas del carro y abrimos los parasoles. De la cava tomamos un par de cervezas. El ruido del oleaje nos relaja. Somos los únicos en la playa. Una ensenada pequeñita. Se oye un chapoteo de agua desde la posada. Intuyo que hay una piscina. La gente la prefiere al mar. Yo discrepo. Por fin el amigo enfila hacia el mar. Va como con ansias. Corre hacia él y pronto se sumerge. Parece un niño jugando con las olas. Saco un libro. El sol está muy fuerte a esta hora. A él no le importa. Juega con el oleaje. Nada para acá y para allá. Se hunde y aparece por otro lado. Me hace señas para que vaya y finjo no verlo. A esa hora no quiero.

Una voz me despierta. Me he quedado dormido con el libro en la cara. No sé por cuánto tiempo.

El español está rojo como un camarón. Consecuencia del solazo vertical. Pero sonríe. Se come un sándwich. Dice que el agua está buena. Que me zambulla. Que esto no se ve en España. “Y dale la burra al trigo” pienso yo que dirían ellos. Y voy al agua. Está tibia. Se siente bien. Nado un rato. Ahora es él el que lee. Veo la posada tras la cerca. Oigo las voces en la piscina. Nadie sale. Debe estar muy bueno. Yo digo que mejor que no salgan. Así el mar es para mí solito. No sé porqué en ese momento pienso en un tiburón. Y me doy vuelta. Pero no veo nada. Me quedo quieto observando la superficie, perturbada solo por las olas. ¿Qué secretos esconde este mar? Me olvido del tiburón y nado, de espaldas, de pecho. Ahora soy yo el niño. Miro a los parasoles y veo a mi amigo boca abajo en la arena. Se ha quedado rendido. Me pregunto cuántas páginas habrá alcanzado a leer antes de caer. La sombra del parasol lo protege. Menos mal. Ya estaba suficientemente rojo.

Cae la tarde y regresamos. Se nos hizo muy tarde viendo el crepúsculo y tomando fotografías de esta tierra de gracia. Pongo la radio y hay cadena. El Presidente habla de sus logros en seguridad. No soporto y cambio a la música. Suena Billy Joel. “Innocent man”. Cantamos en la cola de regreso. Pasan motorizados ebrios que casi nos dan en la oscuridad. Finjo demencia y canto más duro: “Oh, Yes I am, an innocent man!

Más adelante los túneles. No tienen luces. El tráfico está muy lento. Y hay mucho alcohol en las venas alrededor. Es como sumergirse en la nada. Solo las luces de los autos como cocuyos. El no dice una palabra. Busca la tranquilidad en mis ojos que lo evaden. Ambos tenemos miedo. Motos como abejas nos pasan por los lados. Hombres ebrios las tripulan como pueden. La cola se detiene y si avanzamos es con lentitud. Es en esa cueva oscura y en un lento andar cuando reparo en la música. Goodnight Saigon: “And it was dark. So dark at night. And we held on to each other, like brother to brother. We promised our mothers we´d write. And we would all go down together. Yes we would all go down together”.

 * Imagen: www.clementinaramos.com