Saturday, April 18, 2015

Aristas que se extravían


Como cuando pierdes un bolso y con el tiempo es que te vas dando cuenta que algunas pertenencias que ya no encuentras estaban dentro del mismo. Así me pasa con mi papá. Hay días que amanezco pensando en cosas que me gustaría conversar con él y tarda un tiempo para darme cuenta que ya se fue.

Cuando voy a visitar a mamá me vuelve a pasar. Estoy cerca de la puerta y lo siento abriéndome, hasta que caigo en cuenta que es mi hermana, y aún así espero que aparezca detrás de la puerta. No asimilo que ya vuela en paz por otros cielos. Eso cuesta un poco.

Extraño mucho el hecho de que él siempre tenía ese punto de vista en el que yo no había pensado en cualquier asunto de la vida. Esa otra arista no explorada.

Ahora busco otras alternativas cuando quiero indagar en ese punto negro que no puedo ver a simple vista.

Cuando tengo un problema que quiero ventilar para ver opciones, lo más interesante que se me ocurre es recurrir a las mujeres, porque ellas tienen un esquema mental distinto al de la mayoría de los hombres. Y siempre encuentran un lado no explorado que podría dejar una buena solución al problema planteado.

Es fácil deducirlo con un ejemplo. Te piden ellas que le busques unas llaves que tienen en la cartera. Metes la mano y encuentras todo menos las benditas llaves. Basta que ellas se medio acerquen y estiren la mano y suenan las llaves que, aunque te hayas convertido en pulpo, no podrías siquiera hacer sonar. Así son ellas. Cóncavo y convexo. Marte y Venus.

Siempre hay una arista que no se te presenta a primera vista. Una arista a la que le encanta esconderse, a sabiendas de que es ella, precisamente, la pieza que le falta al rompecabezas de la situación planteada.

Mi papá solía encontrarla. Parecía saber siempre dónde era que yo no había registrado. Bastaba con plantear la situación, y en pocas palabras, las interrogantes que te iba dejando, para que el fuese rellenando espacios y resolviendo el crucigrama. Eso cuando no iba directo al grano y de un plumazo te planteaba la escena con todos los detalles.


Creo que esa sapiencia viene con la experiencia, con los años, con lo vivido. Mientras, queda seguir aprendiendo a deducir, a remover alguna pieza que parecía encajar (a veces pasa), a mirar hacia ese ángulo desconocido que no se dibujó en las primeras de cambio. O a recurrir a palabras de sabio, que deambulan por todas partes, muchas veces sin ser advertidas por la mayoría.

Papá ya no está para preguntarle.

Sunday, March 22, 2015

Divagaciones en medio de la crisis

La época que vivimos en la actualidad de Venezuela podría ser catalogada como una crisis. Se sabe que se está en crisis cuando no sabes a ciencia cierta qué va a pasar al día siguiente con nada.

Hay cosas que sí se saben. Seguirá habiendo impunidad en el crimen. Los presos políticos seguirán presos. Los precios de la comida seguirán subiendo. Habrá escasez de algunos rubros básicos para la vida. Y así. Pero al mismo tiempo vives rodeado de una incertidumbre general que no se pasa.

En ese estado de las cosas, trato de seguir viviendo en una normalidad que ya tiene aspecto de nube. De sueño. En medio del frenesí, trato de despejar las incógnitas que se me presentan sin caer en el hastío ni el frenesí. Trato de seguir viviendo en un estado ideal de las cosas mientras pienso en el próximo paso, que muchas veces tarda más tiempo de lo que el entorno espera. A veces tanto, que ni yo mismo sé si me estoy quedando atrás. 

Veo gente correr, irse del país, cambiar de ramo de negocio, de partido político, es decir, veo gente desdoblarse de diferentes maneras, hacer millones de diligencias burocráticas que los preparen para un hecho eventual de sus vidas que no parecen tan seguros de ver con nitidez, mientras yo sigo pensando, y haciendo cosas muy pequeñas, quizás imperceptibles para la masa, dejando que la arena decante poco a poco para poder ver bien lo que muestra el camino.

Siento que voy bien. Algo me lo dice. Pero es algo que no se puede explicar fácilmente.

Mañana es lunes. Volveré a la rutina del trabajo. Cumpliré con mis propósitos a corto plazo. Mientras sigo pensando en lo que me depara el destino. A mí y a los que me rodean.

Estoy escribiendo poco. Mi otro yo Ingeniero es el que tiene la batuta, el dueño de la casa corporal y mental. El otro yo contempla agazapado. Sopesando ideas. Quitando un poco de peso aquí y allá, para que el deseo de escribir no se convierta en obligación. Escribiendo párrafos en el silencio, aún sabiendo que de no plasmarse pronto, correrán el triste destino de ser olvidados (de repente, quizá algún día recordados aguas abajo).

También leo. No importa lo que pase, no dejo de leer. Y de buscar material para que la llama de la lectura no se le ocurra agotarse en medio de la crisis. Afortunadamente hay material suficiente. Gente que se va y deja los libros en librerías de viejo por evitar el sobrepeso. Gente que vende libros que se han ido quedando en el estante a buenos precios. Novedades que, aunque poco, siguen llegando. Para cubrir lo anterior me obligo a visitar muchas librerías. Y en todas hay sorpresas. Eso está bien.


Un abrazo a los que aún se acercan a esta casa virtual que no se cierra nunca.

Saturday, February 28, 2015

Kluivert


Kluivert se llama aquel famoso ariete del Ajax, legendario club holandés. Aquel jugador que la tarde del 24 de mayo de 1995 marcó el único gol de la final Ajax-Milan de la Copa de Campeones de Europa (hoy llamada La Champions) con apenas 18 años de edad. 

En aquella época yo era fanático de un Ajax plagado de jugadores fantásticos que jugaban el futbol total de Louis Van Gaal y que luego brillarían en diferentes equipos europeos. Hablo de un equipo que tenía en sus filas a Kanu, Edgar Davids, Seedorf, Rijkaard, Van der Sar, Litmanen, Finidi George y Marc Overmars. Nunca vi otro club como ese y nunca olvido ese golazo de Kluivert.


Kluivert también se llamaba un niño, fanático del club de futbol Deportivo Táchira de San Cristóbal (Táchira, Venezuela). Un joven estudiante de 14 años de edad que fue asesinado vilmente por un policía durante una manifestación en San Cristóbal.

De acuerdo con los vecinos del lugar donde le dispararon, Kluivert, estudiante de segundo año de bachillerato y Boy Scout en su tiempo libre, ayudaba a una joven estudiante que había sido herida por perdigones. En ese momento llegó la policía disparando a los que se encontraban allí. Todos corrieron pero a él no le dio tiempo sino de esconderse debajo de un carro, donde fue descubierto y sacado por el agente que, pese a sus ruegos, le disparó a corta distancia, ocasionándole una herida mortal en la cabeza.



Kluivert fue asesinado por un policía que no estaba bien entrenado, porque a corta distancia los disparos de perdigones tienen efecto de balas. Un policía que actuó con saña y alevosía porque se trataba, a todas luces, de un adolescente desarmado. Una canallada.

Los jóvenes a los 14 años (y lo digo porque lo fui, porque tengo hijos y porque actualmente convivo con una) están llenos de sueños. Hablan de lo que quieren ser. De sus primeros amores. De sus relaciones. De sus descubrimientos de la vida. Preguntan mucho a la gente de confianza. Piensan mucho. Sueñan mucho.

Al Kluivert venezolano no le dieron tiempo de nada. Y no es como dicen algunas autoridades, que ahora hay dos víctimas, porque si eres policía se supone que tuviste un entrenamiento. Que sabes de balas y de armamento. Que sabes de control de manifestaciones. Que sabes diferenciar a un adulto de un niño. Por eso no hay dos víctimas. La víctima es Kluivert. Y los dolientes somos todos los padres conscientes del mundo. Porque Kluivert también es nuestro hijo. Y sentimos mucho el no haber estado allí para protegerlo del monstruo que lo atacó sin piedad. Un pobre ser que ya nunca tendrá paz.

De ahora en adelante cuando escuche decir Kluivert, van a ser dos los recuerdos: el del jugador holandés estrella que nos puso a soñar en 1995 y el del niño venezolano que nos quitaron vilmente, sin darle tiempo a soñar, en el 2015.

*Créditos de las imágenes: Patrick Kluivert por TNTN Photos (www.tntnphotos.com). Infografía: Runrunes Web (runrun.es). Joven protestando frente al pelotón: Caraota Digital (www.caraotadigital.net).

Sunday, February 08, 2015

Gota a gota


Los días pasan muy lentamente en una calma que nos remite al ojo del huracán. Sabemos que todo alrededor se mueve vertiginosamente. Que todos los días pasan cosas que marcan y que poco a poco le van dando forma a la situación del país.

Somos parte en la medida de que lo que hagamos contribuya a cambiar el statu quo. No parece probable que cualquier acción pueda cambiar la situación pero sí que se puede porque existen las reacciones en cadena.

En la medida que todos rememos en la misma dirección de bienestar, en esa medida las cosas van a ir cambiando. Y lo noto en el ambiente. Hay situaciones negativas que son muy difíciles de mantener por el mismo hecho de que son insostenibles en el tiempo. Los que tienen la sartén agarrada por el mango te hacen ver que están sólidos en sus posiciones pero los acontecimientos cambian y poco a poco te dejan ver sus pies de barro. Todo muta, lenta e inexorablemente, pero muta.

La señora va entrando a su condominio. Baja el vidrio para accionar el mecanismo de apertura de la barrera. Salta un maleante armado desde la oscuridad y la sorprende. “Dame el teléfono móvil” le indica en su jerga de calle. La dama, sorprendida, reacciona según su espíritu de guerrera: “¡No te lo voy a dar, anda a trabajar!” (Esos momentos no dejan mucho tiempo para pensar y reaccionamos casi exclusivamente con el instinto). El hampón desespera y se ofusca antes de responder como solo él sabe hacerlo: “¡Este es mi trabajo, maldita!”, seguido de un fogonazo y una detonación. Mata a la señora y desaparece en las mismas sombras de donde había surgido. Luego lo que sigue: alguien grita, alerta, se acercan a constatar. Y si. Lo que nos imaginamos. Lo que no debe pasar y sigue pasando. Lo que nadie parece poder impedir.

Otra escena. Autopista en hora pico. Calor. Desesperación por el tráfico. De repente un conductor se detiene. Abre la puerta y sale a la calzada. Pienso que hay un incendio en el motor por sus movimientos hacia la parte delantera del auto. Se agacha. Cuando se levanta tiene una enorme iguana en sus brazos. Muy grande. Yo no me hubiese atrevido a cargarla. Parece como recién salida de un Jurassic Park. Desde el borde de la autopista la deja caer con suavidad en la margen del río. Yo aplaudo desde mi carro. Muchos veían atónitos la escena. Hombres como éste son los que se necesitan en este momento.

Dos sucesos, dos reacciones, dos marcas, una negativa y otra positiva, sobre la misma tierra.


Me dicen que a pesar de convivir en el mismo pedazo de tierra no somos iguales. Y si, es verdad, pero se puede convivir socialmente, con sus normas. No es difícil. Está probado. Debemos seguir remando en la dirección correcta. Cada día van a seguir pasando cosas que cambiarán la situación. ¿Lento? Sí, pero seguro.
*Imagen: vaticano en www.panoramio.com

Saturday, January 24, 2015

Leer en la librería


Leer en la librería es un verdadero placer dentro del placer que ya es el mero acto de leer. Es como comerse la jugosa cereza que adorna en el tope a la exquisita limonada frappé.

Es una costumbre que adquirí en las extintas librerías “Borders” en Estados Unidos. En ellas había plenitud de sillas y sofás donde podías sentarte y leer todo el día hasta la hora del cierre si era tu gusto, con música de fondo y sin obligarte a comprar ningún libro.

Sabido es que el que entra a leer en una librería y se engancha con algún texto, no va a permitir que el placer termine cuando sea la hora de cierre del lugar, y hará todo lo posible con hacerse del ejemplar que tiene en la mano. Dicho esto así confieso que muchos de mis fines de semana en Houston se circunscribían a pasar el día en “Borders” inmerso en alguna buena lectura aderezada de un café y uno que otro muffin de banana.

Cuando te sientas en el sofá y te zambulles en la lectura, son muchas las cosas que te ocurren: yo leo poniendo voces tanto a los personajes como al narrador si fuese el caso. Entre esas voces del universo paralelo a veces se entremezclan las de los asiduos a la librería, que hacen comentarios que a veces son muy interesantes, tanto que te sacan de la atmósfera de lectura y terminas entablando un diálogo sobre un autor o un libro que complementa lo que ya sabías del mismo. Esas tertulias no tienen precio y cuando ya retornas al libro, como venido de un intermedio, la aventura de retomar la lectura es mucho más bonita. Eso cuando retornas porque a veces la tertulia se extiende y se alimenta de otros actores que se unen a la misma y la enriquecen, y aprenden, y aprendes mucho de las percepciones de otros sobre un mismo libro, lo cual más de una vez te lleva a la relectura.

Por esas y otras razones adoraba pasar el día en “Borders” y lamenté bastante su partida. Aquí en Venezuela la aventura es diferente. Claro que me sigue gustando leer en las librerías pero siento que no es tan permisivo como en Houston. Hay librerías donde simplemente no puedes entrar con un libro tuyo, ni siquiera cuando se sabe que el mismo no se encuentra exhibido en los anaqueles de la misma o ni siquiera ha llegado al país.

A veces aplico el truco de continuar la lectura del libro decomisado en la puerta con otro ejemplar del mismo tenor que sé que se halla en los anaqueles, y al salir de la librería lo que hago es cambiar el “marcalibro” de página. A veces es mucho lo que avanzo y otras veces es poco, dependiendo del interés por el libro, de la existencia o no de lugares para sentarse (no siempre los hay) o de un insistente “¿lo puedo ayudar en algo?” del empleado que persigue el objetivo de que te decidas a comprar la lectura y no a aprovecharte de leerlo sin pagar.

Hay librerías donde sí son bienvenidos los que entran a leer, bien sea trayendo su propio libro (que sí lo dejan pasar) o que lo tomes del anaquel. No hace ninguna diferencia que leas el tuyo o el de ellos que muchas veces termina siendo tuyo porque te niegas a separarte. Ellos parecen saberlo y han introducido hasta la máquina de café espresso como en “Borders” lo cual merece un caluroso aplauso (Librería LC). 

Hay una librería que tiene un sofá pequeño y muy acogedor, pero juraría que está encantado, porque apenas te sientas traspasas el agujero negro espacio-tiempo (como en la película Interestelar) y caes en un sopor del que no te recuperas sin un sueño muy placentero mientras el librero se ríe de saber que has caído una vez más en él. Cuando despiertas no quieres sino seguir leyendo hasta traspasar de nuevo la frontera invisible del sueño. Eso pasa en la “Noctua”.

Y así, cada librería tiene su encanto, llámese librero, la excelente música de fondo, el público asiduo y amante de los libros, la ventana a un jardín hermoso que evoca otros lugares, la atmósfera de biblioteca pública, los sofás, el café espresso en taza de porcelana o la mayoría de público femenino (o masculino). Usted decide lo que le gusta más para acompañar su lectura.


Yo por mi parte ya siento que es un vicio ir a leer dentro de sus recintos, que es algo que me gusta mucho y me separa de esta dura realidad que a veces nos ahoga y no nos deja respirar. Y ya usted sabe que donde le permitan leer sin acoso, es allí donde debe ubicarse y engancharse en la lectura de su libro favorito.

*Imagen: http://stormberry.blogspot.com/

Saturday, December 27, 2014

Mis lecturas del 2014


De nuevo escribo este post donde reseño los títulos que pude leer en el 2014 que ya finaliza.

La elección de cada uno obedeció a causas diversas pero al final creo que me he nutrido bastante con esas páginas que los autores han plasmado con la esperanza de que sean leídas por nosotros en algún momento.

Este año pude leer 41 libros, hermosos en su mayoría. Estos libros me llamaron desde los anaqueles de diferentes librerías de Caracas y Bogotá. Gracias enormes a los libreros amigos que no escatimaron el tiempo para conversar conmigo sobre los contenidos y los autores. La verdad es que uno se enriquece con esas valiosas conversaciones con ellos en las que termina creciendo el amor por los libros y por el acto en sí de leerlos.

¿Cuál fue el que más me gustó este año? Escogerlo es difícil, pero siempre doy preferencia a aquellos relatos que me hicieron vibrar más, con una narrativa inteligente que terminó involucrándome en las tramas y en los sucesos. Eso es lo que más me gusta de un libro y la elección no tiene nada que ver con el prestigio del autor o del libro en sí.

No pude escoger un solo ganador este año, quedándome con tres, que son: “Némesis” de Philip Roth (Mondadori, 2011), “Vida de Motel” de Willy Vlautin (La otra orilla, 2007) y “Realidades de humo” de María Zaragoza (Belacqva, 2007). Tres libros verdaderamente extraordinarios, que lograron su cometido de hacerme desaparecer de la realidad entre sus líneas y me hicieron involucrar profundamente en otras vidas de ese universo paralelo en que deviene la literatura.

Mención especial es para los dos libros de Herta Muller que leí, “En tierras bajas” (Siruela, 2009) y “El hombre es un gran faisán en el mundo” por su prosa poética, que cautiva, y por la valentía de la autora para contar de una forma delicada lo que vivió en carne propia en la Rumanía de Nicolae Ceausescu.
                                       
¿La lista (de los que terminé de leer)?

“La ley del cuerno”. Juan Villoro et all. Punto Cero, 2011.

“La tormenta”. Germán Castro Caycedo. Planeta, 2013.

“Los peces no cierran los ojos”. Erri de Luca. Seix Barral, 2012.

“Operación Pablo Escobar”. Germán Castro Caycedo. Planeta, 2012.

“Simonovis. El prisionero rojo”. Iván Simonovis. Cyngular, 2013.

“Matrimonio por interés y otros relatos”. Mijail Zoschenko. Acantilado, 2005.

“Así es como la pierdes”. Junot Díaz. Vintage, 2013.

“Caracas muerde”. Héctor Torres. Punto Cero, 2012.

“Realidades de humo”. María Zaragoza. Belacqva, 2007.

“Octubre en Pekín”. Santiago Gamboa. RandomHouse Mondadori, 2001.

“Pasaje de ida. 15 escritores venezolanos en el exterior”. Silda Cordoliani (compiladora). Editorial Alfa, 2013.

“Un fantasma portugués”. Miguel Gomes. Otero Ediciones, 2004.

“La herencia de la tribu”. Ana Teresa Torres. Editorial Alfa, 2010.

“La verdad sobre el caso de Harry Quebert”. Joel Dicker. Alfaguara, 2013.

“Pedro Páramo”. Juan Rulfo. R. M. Verlag, 2013.

“Los maletines”. Juan Carlos Méndez Guédez. Siruela, 2014.

“El lobo estepario”. Herman Hesse. Alianza, 2010.

“Ensayo sobre la ceguera”. José Saramago. Santillana, 2013.

“Vida de motel”. Willy Vlautin. La otra orilla, 2007.

“Morir para contarlo”. Julio Fuentes. La esfera de los libros, 2002.

“Sexygirl”. Mario González Restrepo. Editorial Norma, 2007.

“Hot Sur”. Laura Restrepo. Planeta, 2012.

“Mamá”. Joyce Carol Oates. Alfaguara, 2010.

“Hacerse el muerto”. Andrés Neuman. Páginas de Espuma, 2011.

“En tierras bajas”. Herta Muller. Siruela, 2009.

“Perdidos en Frog”. Jesús Miguel Soto. Lugar Común, 2012.

“Ruedalibre. Crónicas Inoxidables”. Salvador Fleján. CEC S.A., 2014.

“Ojalá Octubre”. Juan Cruz Ruíz. Alfaguara, 2007.

“Espejo retrovisor”. Juan Villoro. Seix Barral, 2013.

“Mientras cenan con nosotros los amigos”. Avelino Hernández. Candaya, 2005.

“Dinero fácil”. Hensli Rahn. Libros del Fuego, 2014.

“El tiempo entre costuras”. María Dueñas. Planeta, 2009.

“Camino de Los Ángeles”. John Fante. Anagrama, 2002.

“Indignación”. Philip Roth. Random House Mondadori, 2009.

“En medio del blanco”. Kira Kariakin. Oscar Todtmann, 2014.

“Complicada bondad”. Miriam Toews. Anagrama, 2007.

“Contraespejismo”. Eduardo Liendo. Alfaguara, 2007.

“El juego de Ripper”. Isabel Allende. Penguin Random House, 2014.

“Némesis”. Philip Roth. Mondadori, 2011.

“El matrimonio de los peces rojos”. Guadalupe Nettel. Páginas de Espuma, 2013.

“El hombre es un gran faisán en el mundo”. Herta Muller. Siruela, 2009.

Libros muy interesantes, algunos clásicos de la literatura, un poemario, ficción, crónica, testimonios, anécdotas de viajes, thrillers, estuvieron en mi elección de este año.

Decidir sobre los ganadores, difícil como siempre, porque es complicado escoger entre muchos libros buenos.

La invitación es a seguir leyendo, en la medida de lo posible. Tengo mucha ilusión con los títulos que intentaré leer en el 2015. Ya les contaré en su momento. Un gran abrazo a todos y mucho éxito en sus propuestas para el 2015.

Anexo el link con los elegidos en el 2013.

Sunday, December 21, 2014

Los peces en el acuario


Transcurrían los años de mi adolescencia, y a mis amigos se les ocurrió que todos debíamos ponernos a criar peces, un pasatiempo muy interesante con unas mascotas que ni ruido hacen en casa.

Así las cosas, fuimos a una tienda de mascotas que quedaba cerca de la Plaza Tiuna, cuya especialidad eran los peces ornamentales. La tienda impresionaba por sus enormes acuarios que reproducían diversos ambientes submarinos, con piedras, algas, una especie de noria que generaba burbujas y oxigenaba el agua, facsímiles de barcos hundidos y otros pequeños objetos para que los peces se sintieran como en casa, eso decían.

Las atracciones principales eran los acuarios con peces cebra, con sus rayas blancas sobre fondo negro, o rayas grises, o plateadas, según les llegara la luz solar. Y las carpas doradas o “Goldfish”, unos peces color naranja con unas aletas grandes muy vistosas.

Antes de comprar los peces había que comprar el propio acuario, que era costoso para nosotros, y después los objetos que creaban el ambiente propicio para los peces tales como  el filtro del agua, la grava y la arena, las algas, el generador de oxígeno, el anti-cloro y la comida de los peces.

Una vez que está funcionando, el acuario se convierte en una fuente de relajación total en la casa. Todos los días, apenas llegar de la escuela o del trabajo, te puedes sumergir (en el sentido imaginario, claro está) con los peces, observar sus movimientos y reacciones, la convivencia entre ellos, el movimiento del agua con las burbujas de oxígeno y tantas otras cosas.

Mi acuario fue poblado inicialmente con una pareja de peces cebra. Yo los veía iguales pero la señora del Acuario Tiuna los sabía diferenciar y me juró que se trataba de un macho y una hembra. Ya en casa, disfrutaba al verlos compartir sus días con tranquilidad, muy felices. Cuando les ponía la comida no se la disputaban, sino que uno de ellos esperaba que el otro comiera y luego se acercaba a hacer lo suyo. Una existencia en total armonía que me daba mucha paz.

Cada mes lavaba el acuario, y para ello sacaba a ambos peces con un colador y los introducía a un acuario más pequeño mientras limpiaba la grava, cambiaba el agua, restregaba las paredes y luego de llenarlo de agua, agregaba el anti-cloro hasta que, después de un tiempo prudencial, regresaba los peces a su ambiente original.

Un día decidí agregar un nuevo miembro a la comunidad conyugal y compré un goldfish, que aportó belleza al acuario con sus colores, a veces rojo, a veces naranja o dorado, según la incidencia de la luz. Aparte de la extrañeza que genera la llegada de un nuevo inquilino, que ocurre igual para los peces, hubo aceptación de parte de los cebras. El nuevo pez se acostumbró a convivir sin inconvenientes. La pareja en lo absoluto varió sus hábitos. Y no puedo negar que estaba pendiente de algún día ver a la hembra preñada y luego una nueva camada de pececitos cebra en el acuario.

Un día estaba haciendo la limpieza y mientras trasladaba a los peces al acuario pequeño, uno de los cebras cayó a través de las rejillas en el albañal. Como éste tiene un sello de agua, el pez estaba vivo, nadando en la incomodidad del sello mientras yo hacía esfuerzos inútiles por sacarlo sin hacerle daño. Vanos fueron mis intentos. Ningún colador cabía por la hendidura. No pude. Como no soportaba verlo allí, encerrado y desesperado, vertí una gran cantidad de agua en el albañal hasta que desapareció del pocito del fondo. En realidad no creo que haya sobrevivido en las cañerías mucho tiempo.

La tristeza mía se contagió rápidamente al pez cebra que quedó en el acuario. Ni siquiera volvió a nadar igual. Se volvió taciturno, quedando por largos ratos inmóvil, apenas moviendo las aletas para respirar, como en una eterna espera por su pareja. Mientras, el goldfish permaneció indiferente, ajeno a su nueva realidad, como si nada hubiese sucedido.
No volví a ver el acuario sin que la tristeza me perturbara. Igual seguía alimentando y cuidando a los peces pero el entusiasmo fue mermando.

Uno de mis amigos viajaba con frecuencia al oriente del país y se trajo a casa unos peces pequeños que capturó en un río. Los crió en un acuario y al tiempo comenzaron a reproducirse en gran medida. 

Eligió compartir con sus amigos algunos de las nuevas camadas porque su acuario estaba saturado. Yo los fui a ver y me gustó su aspecto, por lo que me traje tres para mi acuario.

Recuerdo que fue una noche cuando los coloqué junto al cebra y el goldfish. Al día siguiente, cuando fui a ponerles la comida encontré al goldfish flotando, malherido, y al cebra destrozado por completo.

Los nuevos peces eran agresivos y durante la noche atacaron a los viejos habitantes y los mataron. La agresividad no es algo que pueda ser visible para que yo vislumbrara lo que podía ocurrir, y como los puse de noche no pude evitar la tragedia. Cuando los vi en la mañana, ya no había mucho que hacer.

Devolví los peces asesinos a mi amigo, que también estaba asombrado por lo que pasó pues en su acuario no sucedió nada extraordinario. Claro, todos los peces eran de la misma especie asesina. "Tigre no come tigre", dice un refrán.

El acuario y la cría de los peces pasaron a ser una experiencia triste en mi vida. 

A veces veo los acuarios en los restaurantes chinos, cerca de la entrada y me detengo brevemente a ver los peces nadar apaciblemente, rodeados de algas, luces, norias oxigenantes, barcos hundidos y esbozo una media sonrisa antes de seguir hacia las mesas…