Sunday, September 14, 2014

El duelo


Ya hacen dos semanas que papá se fue. El luto se va viviendo poco a poco. Va cambiando lentamente con el tiempo. Escenas infinitas que no paran.
Al principio revives mucho el final. Es como una película que se repite una y otra vez. Agonía. Angustia. Lloras mucho. Te haces preguntas. Acusas. Caes en cuenta. Reflexionas. Vuelves a acusar. Te calmas. Hasta que llega el momento en que ya no quieres (o no puedes) revivir más esos momentos.
Entonces, sin que te des cuenta, el luto transmuta. Como cuando sales de ver una película y entras en otra diferente. En ésta, las escenas recrean momentos a lo largo de la vida juntos. Los buenos. Los malos. Los neutros. Las escenas se suceden una tras otra. Algunas se repiten. Como en el cine continuado de mi adolescencia. Pasan los días y las escenas allí.
He salido para distraerme. Quise ver montañas. Fui a verlas. Disfruté el verde y el azul del cielo. Las escenas no se han ido. Van y vienen. Entre montañas. Entre riachuelos. Están allí.
No sé cuantas etapas me faltan por vivir de este luto. Las cosas van pasando y voy aprendiendo de todo. Porque en verdad es todo un aprendizaje. Muchas cosas salen a la luz. Muchas caras se muestran. Todo se ve con total diafanidad. Y el tiempo no se detiene.
Conocí muchas personas que han vivido el luto. Creía saber muchas cosas. Pero es muy distinto vivirlo en primera persona. Es otra cosa.
Sé que tengo que dejar ser. Dejar pasar. En mi mente se escuchan fuertes las palabras del Maestro Budista Ajahn Chah: “Si dejas ir un poco, tendrás un poco de paz. Si dejas ir mucho, tendrás mucha paz. Si dejas ir completamente, tendrás la paz completa”.
Me voy ahora, meditando mucho la profundidad de este poema:
Aún más que la vista
de las hojas carmesí
volando a merced del viento,
en realidad es la vida
la que pasa efímera.


Oe no Chisato

Monday, September 01, 2014

Se ha ido mi padre


El martes murió mi padre.

Ya no lo volveré a ver en vida. Me quedan solo los recuerdos.

Nuestros últimos años fueron los mejores de nuestra relación, caracterizada por episodios contrastantes en cuanto a puntos de vista y opiniones. Lo que para mí era blanco para él era azul y ambos estábamos convencidos de tener la verdad en las manos. Esto fue motivo de discusiones y disputas. Muchas.

Desde que me casé por primera vez en 1990, él cambió conmigo. Se hizo más comprensivo y yo también cambié. Empecé a entenderlo como persona. A recordar lo que me contó de su infancia pobre. Los trabajos que realizó. La vida que tuvo. Y cómo eso influyó en su personalidad, en el hombre que terminó siendo.

Su infancia lo marcó. Desde que, siendo un niño tuvo que salir a vender dulces de coco que preparaba su mamá para ayudar a mantener el hogar. El no quería vender los dulces porque prefería estar jugando con los otros niños. Pero su mamá se lo exigía porque necesitaban el dinero. Su padre había muerto y no había entrada de dinero a la casa.

Caminaba por todo el pueblo de El Callao vendiendo los dulces porque sabía que no podía regresar con la cesta llena a casa. Y fue conociendo gente, sus clientes. Y esa misma gente lo fue conociendo a él.

A veces descuidaba su oficio para montar la bicicleta de sus amigos y dejaba pasar el tiempo hasta que se acordaba de los dulces y era ya tarde para venderlos. Aunque no lo había visto, mi abuela sabía que se había distraído, y lo castigaba. Pero igual la escena volvía a repetirse. Así era él. Nunca cambió.

Los ojos se le iluminaban cuando hablaba de su familia pequeña. De su padre Reginald Ifill, oriundo de Barbados. De su madre Beatriz. De sus hermanos, que eran seis. Cinco murieron cuando él era muy joven. De ellos, recordaba con muchísimo cariño a su hermana Silvina, la mayor, y que murió de una enfermedad desconocida en la adolescencia. Eran muy unidos como hermanos y eso lo golpeó.

Su hermano Frederick, el Ingeniero, que falleció hace 22 años, me dijo una vez que pensaba que mi papá tenía más talento para la ingeniería que él. Pero no logró convencerlo de venirse a Caracas a estudiar. Yo eso no lo pongo en duda, después de muchas conversaciones con papá, donde veía cómo entendía fenómenos de cierta complejidad.

Le gustaba mucho la cultura. Leía bastante lo que cayera en sus manos. Los periódicos los examinaba de principio a fin y luego le gustaba debatir los artículos que consideraba más interesantes. Compraba revistas científicas que luego devoraba y compartía con nosotros. Nos obligaba a escuchar todos los sábados en la mañana un concierto completo de música académica en la Radio Nacional de Venezuela y difícilmente nos permitía ver otro canal que no fuera la desaparecida Televisora Venezolana Nacional Canal Cinco (TVN-5). No dejaré de agradecérselo jamás.

Se casó con mi madre en Enero de 1960 y estuvo con ella hasta el final de su vida. Tuvo cuatro hijos y deja cinco nietos.

Aprendió mirando a otros la mecánica automotriz, y ese fue su oficio de vida. Apenas una pequeña variante fue que al instalarse en Caracas aprendió la mecánica de maquinaria pesada (retroexcavadoras y tractores), y de ella se hizo el mejor.

Ahora que no está se me agolpan en mi mente todas sus anécdotas. El las repetía mucho, como para que nos fueran quedando grabadas en la memoria. Y las que vivimos. No podré olvidar jamás verlo compartiendo con su hermano Frederick una copa de Pernod en Navidad, contando anécdotas suyas o comunes a ambos. Revivo los domingos en que nos llevaba a conocer los parques de Caracas. Y los Museos, las Iglesias, los Monumentos.


Era ese mi padre, del que estoy muy orgulloso, y que está desde hace tiempo sembrado en mi corazón. No sé dónde estará en este momento, sólo sé que lo extraño muchísimo.

Sunday, August 17, 2014

Con los peces en el mar...


Hay conductas que se apoderan de nosotros de una forma muy sutil, a veces tanto que no nos damos cuenta cuando ya son habituales en nosotros.

Vivo en una ciudad que se considera violenta por el alto número de crímenes que ocurren a sus ciudadanos. Para nadie es un secreto ya la violencia de Caracas. Y los que en ella vivimos hemos tenido que aprender a protegernos. Poco a poco vamos heredando conductas destinadas a evitar caer en trampas, a estar alertas, a desconfiar de todo y de todos. 

De esa conducta nos apropiamos a tal punto que podemos fácilmente pasar por paranoicos cuando nos encontramos en un ambiente geográfico donde no exista o sea raro encontrar ese estado de violencia.

Cuando estamos de vacaciones en una playa de otro lugar, lejos de Venezuela, es cuando nos damos cuenta de lo que sufrimos y que pasa desapercibido mientras estamos sumergidos en el ambiente cotidiano.

Al principio no nos atrevemos a dejar las cosas solas en un sitio por temor a ser robados mientras estemos alejados del sitio donde las dejamos. No nos ayuda ni siquiera el hecho de que otros, a nuestro lado, lo hagan, dejen allí sus cosas sin temor alguno y mentalmente los tildamos de descuidados. Hasta que nos vamos dando cuenta que somos nosotros los del problema, y empezamos a experimentar un cambio, aunque sea de manera temporal.

La mente descansa mucho cuando no tememos al prójimo, cuando no esperamos un asalto en cualquier esquina. No sabemos cuánto hasta que lo vivimos.

Al estar en el agua, nadando en el ancho mar, vemos peces que se nos acercan. La anécdota es curiosa porque debido a que son pequeños los primeros peces que se aproximan (muchacho no ve el peligro decían las abuelas), los vemos como algo curioso pero insignificante, hasta que empiezan a acercarse los más grandes, del tamaño de los que vemos en la pescadería. Si al principio es curioso verlos nadar tan cercanos, pronto obra sobre nosotros la desconfianza y empezamos a apartarlos por temor a que nos piquen. Ellos insisten porque no tienen malicia y en nosotros comienzan a aparecer imágenes donde somos picados en masa o devorados por los peces sin que nadie pueda llegar a socorrernos.

Es terrible saber que allí, donde nos acostumbramos a dejar solas las pertenencias al no existir el peligro de robo, no terminan nuestros temores a ser agredidos, a que los demás, sea cual sea su naturaleza, actúen de mala fe. Duele saber que el miedo sigue estando allí.

Luego no queda otra opción que dejarlos hacer, dejar que se acerquen y compartan con nosotros. Y nos percatamos que, aún los grandes, lo que quieren es jugar, tocarnos con su cuerpo, atreverse con lo desconocido (porque los invasores en el agua somos nosotros y no ellos).

Nadan con nosotros, aquí y allá, nos rodean y nos miran, nos olfatean, nos tocan, nos rozan con sus escamas frías, sobre todo en las piernas y en el abdomen, como los bebés cuando se encuentran ante un objeto o situación novedosa.

Y esa parte es hermosa, tanto por lo que se siente al contacto y a la vista, como por el simple hecho de saber que nadie vino a agredirnos sino a compartir la vida. Y la mente descansa. Y es muy sabroso lo que se siente; el descanso y la relajación que percibimos.

De vez en cuando flota un pensamiento que nos vuelve a atemorizar: si estos peces tan grandes han podido llegar aquí y nadar tan cerca, ¿porqué no podría hacerlo un tiburón hambriento? La opción de volver nadando con vértigo a la orilla es nuestra.

Yo elegí quedarme a vivir el momento, ese silencio alterado apenas por las olas o el salto alegre de algún pez travieso fuera del agua, o de mi brazo al rozar la superficie. La paz que transmiten los peces es indescriptible. La confianza mutua, cuando se alcanza, es una manifestación maravillosa de la armonía del Universo, y aunque nos sea dada en pequeños sorbos, la disfrutamos al límite.


Al volver a la orilla, seguían allí nuestras cosas, y había una sensación de relax que no puede describirse fácilmente.

*Imagen: www.fondosya.com

Sunday, July 20, 2014

Una estela en el cielo


Un avión surca el cielo dejando una estela blanca y larga, muy larga, que permanece mucho tiempo sin deformarse.

La raya blanca contrasta con el iluminado azul del cielo de la tarde caraqueña y nos pone reflexivos.

Hay quienes no atinan a saber que es un avión volando alto, muy alto en el cielo y se preguntan sobre el origen de la raya blanca que, sin difuminarse, permanece en las alturas.

“Debe ser un avión”, dice un padre sin convencerse mucho.  “¡Mira!” gritan otros niños al verla. La inmensa mayoría calla y observa. Entre ellos estoy yo.

El cielo azul iluminado con la raya blanca contrastando recuerda un enorme cuaderno que espera por mí para escribir, de forma coherente, en esa línea, las palabras que se arremolinan en mi mente desde hace días, buscando una salida.

Miro al cielo y empiezo a imaginar las palabras saltando de mi mente al infinito y posándose sobre la línea blanca en el orden que ellas creen que les corresponde, y a mí corrigiendo ese orden, intentando dejar plasmado un texto antes que se difumine la raya del cuaderno.

Pero, ¿qué texto es ése que quiere escribirse allá en lo alto, donde todos puedan verlo?

Mientras las palabras van subiendo e intentan buscar su lugar en la larga línea, yo pienso en el orden y en lo que van queriendo decir. 

Al tiempo voy impregnando el cielo de masas de aire que mueven las palabras de lugar, unas más allá, otras más acá, y voy soltando otras, las necesarias para dar sentido a la idea que quiero dejar plasmada, al menos en lo que dure la blanca raya sin borrarse.

Palabras que solo yo veo, ráfagas de viento que solo yo percibo y ordeno a mi antojo, y palabras en movimiento. El lugar que van tomando va dando sentido al mensaje que se va gestando, ráfagas sí, ráfagas no, y nuevas palabras se insertan en los vacíos que van quedando.

Al final leo el mensaje y sonrío pensando en los miles que están leyendo al mismo tiempo, y en los más que ahora no solo tienen la duda de quién creó la raya blanca en el cielo sino de donde surgieron esas palabras que de a poco se fueron armando en el cielo.

Ahora sí, todos callan, menos los niños que aún no saben leer y que preguntan a sus padres por el mensaje. “Pá, ¿qué dice allí?” preguntan unos, y lo piensan todos.

En el cielo caraqueño de esta tarde hay un mensaje de Nelson Mandela: Después de escalar una gran colina, uno se encuentra sólo con que hay muchas más colinas que escalar”.


A partir de ahora solo quedan las conversaciones con los hijos para tratar de explicar el sentido y la profundidad del texto escrito.

Sunday, June 29, 2014

Vida de motel


Acabo de terminar un libro hermoso. Se llama “Vida de motel”, de Willy Vlautin (La otra orilla, 2007).

Es un libro extraordinario, a mi parecer, porque trata de la cotidianidad, contada de una forma que enaltece al escritor porque, sin ocultar nada de lo malo que nos pasa en esta vida, logra bordar una tela saturada de belleza expresada en la forma de sentimientos que afloran a cada tanto y que te dejan pensando mucho.

El amor de madre, la solidaridad, la amistad verdadera, el enamoramiento de una chica, el dolor de una pérdida, todas esas pinceladas que no se ven a la primera leída, pero que nos marcan de forma indeleble.

Recordé, mientras lo leía, a “En la carretera” de Jack Kerouac, a “Kitchen” de Banana Yoshimoto, a “El guardián en el centeno” de J.D. Salinger, a “Vivir” de Yu Hua, a “Triste vida” de Chi Li, a “Cartero” de Bukowski…

Hay una magia en esos escritores que hace que, a partir de acontecimientos que sumen en la tristeza a cualquier ser humano, contados desde la óptica de lo vivido, entretejer una prosa ecuánime, bien hilada, que nos identifica como seres humanos ante la adversidad.

Narrado en primera persona, el protagonista Frank Flannigan nos cuenta su vida a través de una serie de situaciones que rodean el accidente fatal de un adolescente, causado por su hermano Jerry Lee. El sentimiento de culpa de Jerry Lee, la fraternidad, la ausencia de la madre, que murió cuando apenas eran adolescentes de 14 y 16 años, el padre irresponsable que huyó de casa acosado por las deudas en apuestas, dejándolos sumidos en la pobreza, el amor a una chica (Annie James, que también sufre una vida patética), la amistad, afloran como sentimientos humanos en una narración que vives, gozas y sufres como tuya.


El autor, Willy Vlautin, es cantante de un grupo de rock llamado “Richmond Fontaine”. Se apasionó (afortunadamente para nosotros) por la escritura y ya lleva cuatro libros editados en Estados Unidos. 

Es una recomendación que me permito hacerles hoy, último domingo de junio, cuando todos tienen la mente en el fútbol, ¿no es así? Si lo ven en el anaquel, por favor, no lo dejen.

Sunday, June 15, 2014

La abeja y el gordo.


La vida está llena de anécdotas. Cada cual más divertida. Hoy es día del padre, y como puedo hacer lo que me plazca, les voy a contar esta:

Voy con mi esposa a un espectáculo de jazz. En la antesala del teatro hay un evento de una importante marca de cervezas. ¿Resultado? Cervezas gratis para todos. La barra era una especie de escenario, decorado con la marca de la cerveza y dos modelos (una chica y un chico) que servían. Me acerco a la barra y pido dos, para mi esposa y para mí. En la barra estábamos dos en lo mismo. Las mujeres en la mesa esperando, pero muy atentas a nosotros. ¿La razón? Reformulemos la pregunta: ¿Las razones? La chica modelo de la cervecera era una mujer rubia, deslumbrante, con unas tetas inmensas cubiertas trabajosamente por una pieza que aquí llaman strapless, y que no se traduce en otra cosa que no sea un escote maravilloso. Nosotros, los esposos, en la barra, muy circunspectos, pedíamos nuestras cervezas cuando sucede lo inesperado.

Frente a la barra, y para mantenerla bien iluminada, yo había contado unas siete lámparas, alrededor de las cuales habían insectos volando (cosa común en escenarios nocturnos al aire libre). Uno de ellos, una abeja para más señas, se separó del grupo, y lentamente voló hacia el seno de la modelo, incrustándose en la cavidad, ante la mirada atónita de los presentes.

Y digo ´de los presentes´ porque en ese momento me di cuenta que no éramos ya dos, sino que había llegado un tercero, un gordo que no disimulaba la atracción que ejercían sobre él (y sobre todos, claro está) los inmensos pechos.

La chica comenzó a decir (eran como gritos, pero en baja intensidad, para prevenir el escándalo): “¡Ayúdenme!”, “¡Soy alérgicaaaa!”, “¡Dios mío, muévanse, hagan algo por favoooor!”. El señor de al lado y yo, detrás de la barra, nos miramos, a ver quién ayudaba, y al mismo tiempo miramos atrás, a las mesas donde nuestras mujeres nos esperaban y miraban curiosas, preguntándose por la tardanza. 

Volvimos a mirarnos, sin movernos del sitio, y miramos a la chica, que se había inclinado un poco, para no ser vista por los asistentes, y nos miraba suplicante, gimiendo, y repitiendo: “¡Es que soy alérgica y no quiero que me pique!”, “¡Ayúdenme, por favoooor!”.

Cuando decidimos enfrentar el suceso y colaborar en la urgencia del caso, vimos como, con un salto felino, el gordo recién llegado se apoderaba de la escena, atraía la chica hacia sí y alargaba el tope de la malla que cubría los inmensos pechos hacia él, metía la mano, lenta y valientemente, para, al cabo de unos largos segundos, extraer la intrusa, y luego reponer con sumo cuidado la malla en su sitio original.

La chica respiro, gimoteó unos segundos, y se incorporó con su sonrisa radiante como si nada hubiese ocurrido.

El señor de al lado y yo vimos los dientes del gordo brillar sobre nuestros ojos, en una sonrisa jactanciosa, mientras retirábamos las cervezas y volvíamos a las mesas donde nuestras esposas (bien enteradas de que algo había acontecido) esperaban por la anécdota.


Desde la mesa, y mientras contaba a mi esposa lo sucedido, veía como la sonrisa iluminada del gordo, desde su mesa próxima a la barra, sustituía en intensidad a las lámparas desde las que había partido la abeja entremetida.

Tuesday, June 03, 2014

Despegue


La tarde cae serenamente. No así los recuerdos que me invaden en cascada. Nunca había visto el aeropuerto de forma tan detallada como ahora. Las obras no parecen haber terminado luego de tanto tiempo desde que comenzaron las ampliaciones.

El estacionamiento da la impresión de ser un depósito de vehículos de gente que ya no va a regresar, que se ha marchado en vuelos sin retorno.

Adentro hay una fila inmensa para buscar el pase de abordar. Nadie dice cual es la fila de cada aerolínea. No hay avisos ni señales. La gente enmudecida mientras espera su turno. Algunos no quieren mirar a nadie mientras pasean su mirada por las rendijas de las baldosas del piso. No me atrevo a interrumpir ninguno de esos silencios y me dirijo a la taquilla para informarme.

Ahora sí llego a la fila que me corresponde, y después de un tiempo accedo a mi pase. Pago el impuesto (porque para salir de aquí hay que pagar también) y me voy a inmigración. Allí me encuentro de nuevo con algunos pasajeros cuyas caras, aunque esquivas, ya me son familiares por lo de las filas.

Descubro que sus miradas son ahora más tristes, como prediciendo el momento que se aproxima. Me advierte el guardia que debo quitarme los zapatos, el cinturón, el reloj, la cartera y hasta el teléfono, los cuales deben pasar por el scanner y comprobar que no soy un terrorista en potencia. Casi desnudo, paso por el detector de metales mientras mis pertenencias pasan en paralelo por otra vía.

Retomo las cosas, me pongo de nuevo las prendas y me acerco a la sala de espera de la puerta de embarque que me corresponde. De nuevo mis vecinos de fila, esta vez con las lágrimas impidiendo ver la pantalla que anuncia los vuelos por despegar. Confirmamos la hora y nos enteramos que, por suerte, la puerta no ha cambiado. Cerca de ella una empleada de la aerolínea parece jugar con su celular haciendo tiempo. Luego suena un teléfono cercano. La empleada atiende e inmediatamente se pone en guardia y llama a formar filas para embarcar.

Pararme de ese asiento me ha costado. Me incorporo y pongo el asa de mi bolso sobre mi hombro. Miro alrededor procurando quedarme con una fotografía instantánea de la escena de la sala, de los asientos que comienzan a quedar vacíos a medida que la fila crece.

Entramos al avión y ocupamos nuestros puestos. Me toca ventana. Desde allí veo a las aeronaves vecinas, como inmensos pájaros aletargados, esperando su turno para volar.

Abajo, en la pista, los empleados se afanan en dar los últimos toques mientras yo miro al horizonte. A lo lejos se ve el mar, la costa, la montaña llena de casas, el edificio del aeropuerto, la pista gris que se confunde con la línea azul del mar en el infinito. Y las lágrimas que comienzan a salir, nublando mi visión.

Me paso las manos por los ojos para dejarlas salir y que no me impidan ver lo que queda de mi país.

La azafata anuncia la partida. El pájaro de acero carretea por la pista con un ruido que semeja un silbido sin fin. Se aproxima el despegue definitivo.

Se escuchan tres campanadas en la cabina, y de inmediato tomamos velocidad y nos elevamos.

Yo miro por la ventana como último intento para retener paisajes, colores. Hay cosas que no veo por la ventana, pero que siguen cayendo en cascada por mi mente. Son risas familiares, llantos, abrazos, palmadas, miradas tristes, otras alegres, adioses.

Las lágrimas insisten en seguir su caída libre sobre mis mejillas hasta que, finalmente, retiro la mirada de la ventana cuando ya solo quedan nubes blancas y un cielo medio azul medio gris que lo cubre todo.

El pájaro de acero se estabiliza y vuelve a emitir su silbido infinito, mientras yo quedo con la mente en blanco, sabiendo que mi historia en el país quedó sellada en los breves segundos que duró el despegue.


Cierro los ojos para darme cuenta de que sí, que el país no se quedó en la pista como pensaba, no. El país sigue allí, conmigo en el avión, y no me abandonará nunca, aunque habite para siempre en tierras muy lejanas.

*Fotografía: www.minci.gob.ve