Sunday, October 08, 2017

Doce años escribiendo...


La lectura y la escritura son dos actividades que el cerebro maneja de forma diferente. No implican lo mismo. Sin embargo, y muy particular en el caso de la ficción literaria, mientras más cosas interesantes lees, más se activa algo dentro de ti que te impulsa hacia el hábito de la escritura. Unas veces te empiezas a creer capaz de escribir algo mejor de lo que le has leído a un autor consagrado; en otras, la lectura te impulsa a tratar de describir situaciones similares a las que has leído, vistas desde otro ángulo, tal vez de otra índole. Después de todo, el hecho es que al final terminas escribiendo.

Al principio todo lo que dejas plasmado queda confinado a la categoría del texto simple. Texto con el que no quedas conforme cuando lo relees. Te planteas hacerlo mejor la siguiente vez. Y así empieza el gusanito de la escritura. Así empiezas a caer en sus redes.

Y llega el momento en que tienes doce años en el plan. Que sueñas con ver tus escritos plasmados en un libro que sostiene un lector desconocido. Que despiertas en ese lector emociones indescriptibles.

Dicen los que saben que el mejor profesor para la escritura es leer a los que escriben bien. Eso lo comparto. Y también a los que están aprendiendo. Eso hago. Y a los que te mueven con sus narraciones. Aprendo de unos y de otros. De los noveles, el desenfado. De los grandes, la técnica.

De todos ellos intento quedarme con algo, a la vez que creo mi propia mezcla y le doy un acento, un estilo.

Hubo un tiempo en que escribir en un blog era lo máximo. Venía mucha gente a dejar huella. Sin embargo, recibía muy poca crítica. Había mucha gente en lo mismo. La fiebre se mantuvo un tiempo hasta que llegaron otras formas de intercambiar en redes, más novedosas e interesantes. Y con ellas se fue la mayoría. Y en este mar de la escritura creativa quedamos muy pocos. Y, ahora sí, siguieron viniendo los que se identifican con mi estilo. Con mi forma de tratar los temas. Se percibe más lo que se siente cuando lee alguien un libro de tu autoría. Aunque nunca sepas quién lo está leyendo ni qué emociones le estás causando. Quizás los que están en la cumbre perciban algo del buzz. Los que ganan los premios y asisten a ferias con frecuencia. Queda un camino por recorrer. Y una experiencia mayor de lectura. Un aprendizaje. Una huella… Hacia allá vamos.


Gracias miles a los que aún vienen a leer.

*La fotografía es de Naky Soto en Octubre de 2007. 

Friday, September 29, 2017

El oficinista


Estoy leyendo “El oficinista” de Guillermo Saccomanno, y voy percibiendo que Guillermo ha diseccionado a un personaje que tiene mucho de los personajes con los que me he topado en más de treinta años trabajando en ambientes de oficinas.

He visto de todo. Recuerdo uno que era muy conversador. Sobre todo del tema del futbol. Y a pesar de su apariencia de concentración, bastaba que te le aproximaras para que se le activara el radar y soltara la pluma para preguntarte a quemarropa: “¿Cómo están los goles?”. Era el inicio de una larga perorata que incluía partidos, equipos, ligas y más. Un día le pregunté si era casado. Me dijo que sí. Como era muy solitario, yo insistí: ¿Vive contigo tu esposa? No, está en Madrid. ¿De vacaciones? No, vive en Madrid. Pero, ¿está casada contigo? Si, pero vive en Madrid. ¿Y cuando la ves? Haciendo un gesto de impaciencia, y volviendo lentamente a sus labores, remataba: “Nosotros nos entendemos.” Poniendo con esto punto final a la conversación.

Otro personaje infundía miedo con su mirada perdida y sus intempestivas paradas a “pensar” en medio de los pasillos. Parecía irse con sus pensamientos mientras permanecía largo rato divagando solitario en pleno corredor, sin importarle quien pasaba y quién no. A veces se acercaba hasta mi puesto, con una medio sonrisa en la cara. Yo no le tenía miedo, aunque a veces me traicionaban los pensamientos y lo hacía protagonista de una de esas carnicerías típicas que han ocurrido en Estados Unidos, donde un empleado inconforme con algo llega una mañana, armado, y antes de que lo detengan acaba con la mitad del personal a punta de balas. “Hola”, saludaba con su mitad de sonrisa pintada en la cara. “Hola” le respondía yo, e iniciaba una conversación normal entre dos compañeros de oficina, con cualquier tema, el tráfico, la política, el béisbol, cosas que el replicaba muy bien, y agradecía el gesto de sacarle conversación. Al final remataba siempre con el mismo discurso: “La gente cree que yo estoy loco. Y hasta me tratan como tal. Lo peor de todo es que ya me lo estoy empezando a creer…”

Dilbert, la famosa tira cómica norteamericana, también satiriza a los personajes y comportamientos típicos de oficina. Tanto que puedo pasar horas leyendo y recordando esas mismas situaciones con otros personajes de carne y hueso. Dilbert concentra su artillería en situaciones tales como las consabidas reuniones laborales y sus vicisitudes.

En esas reuniones los personajes hacen gala de su “oficinismo” agudo o crónico mediante gestos y acciones que los identifican, y que no dejan de repetir en cada evento subsiguiente. Está el que lleva su taza inmensa de café negro, que se va tomando de a sorbo, y que, bien sea que la reunión dure 30 minutos o dos horas (se sabe cuando se entra pero no cuando se sale), el siempre dará su último sorbo cuando escuche las típicas palabras de cierre (“¿Lo dejamos hasta aquí?”, “Manos a la obra”, “A trabajar”. “¿Ya son las doce?”). El que lleva su agenda y anota hasta los ruidos del ambiente, en una escritura interminable, a veces suspendida mediante una leve mirada al panel, como si le hiciera falta anotar el gesto que acompaña a unas palabras. Demás está decir que este mismo individuo es el primero en negarse a llevar por escrito la “minuta” o las conclusiones de dicha reunión. Lo de él es la escritura libre de ataduras. Está el que lleva un cuaderno y comienza a dibujar flores, un sol en el firmamento, hojas de todo tipo, letras gigantes en 3D y todo tipo de manifestación artística, de tal modo que se pierde de la reunión estando allí, y hay que darle un toquecito para que vuelva en sí, y responda adecuadamente a la pregunta que hace rato le están haciendo. Está el que se duerme plácidamente, incluso en posiciones acrobáticas y el que está pendiente del que siempre se duerme para avisarle a sus compañeros e iniciar las chanzas hacia el personaje durmiente. El que entra con su celular inteligente y se conecta en redes con sus amigos y está en todas partes menos en el lugar de la reunión, pero apenas ve que se aproxima el final de la misma, desata su artillería de preguntas, muchas de las cuales ya fueron realizadas y resueltas durante la reunión.

Los personajes de las oficinas no tienen fin. Desde el alto y autoritario jefe, cuya disciplina solo se ve reblandecida cuando habla con la señorita de buen cuerpo y bonitas facciones que apenas tiene tres meses trabajando, y a la cual pareciera conocer desde la eternidad, hasta el vigilante confianzudo, que a pesar de que se le advirtió, el día que comenzó sus labores, cuál era su lugar y sus funciones en la empresa, a la semana ya departe con el resto de los empleados en sus oficinas cuando no está sentado en el comedor viendo el noticiero desde el televisor colgado en la pared.


Es amplia la gama de personajes y la variedad de situaciones que se suceden a diario en los ambientes de oficina. Podría pasar la tarde escribiendo pero ya está terminando la reunión y tendré que salir de la sala.

Tuesday, August 01, 2017

La Ola


Llevo días sin escribir nada. Meses. Y no es que no tenga ganas de hacerlo. Sucede que la dinámica de los acontecimientos del país me absorbe completamente el pensamiento. Es difícil explicar lo que se siente cuando un pueblo se levanta contra una tiranía. Es un cúmulo.

Sólo lo había visto en documentales. Rumania. Bielorrusia. Por hablar de hechos recientes. De algún modo me eran ajenos. Puede que mostrara interés, pero eran sitios lejanos, con gente que no me era afín. Quizás por eso me duele tanto la indiferencia de la comunidad internacional ante lo que nos pasa. Porque recuerdo que yo estuve del otro lado.

La crisis, si bien tiene varios años desde su desencadenamiento, no había llegado al momento cumbre. Y a él se llega por la vía de la economía. Los precios comenzaron a subir y los productos a escasear. Al principio de forma leve. Luego se fue acentuando. Fue tocando poco a poco los diferentes productos. Hasta que llegó a escasear lo que nunca habíamos pensado que pasaría. El jabón. La pasta de dientes. El arroz. El azúcar. Las medicinas. Al punto de que hoy vas al supermercado a ver qué hay. Y dependiendo del precio, a decidir qué compras.

Junto a la escasez de productos comenzaron las limitaciones a los derechos políticos. La protesta se prohibió sin decreto. Por encima de lo que indica la Constitución. La propiedad privada. La libertad de desplazarse. La propia vida.

Fueron como hojas que se fueron desprendiendo del árbol de lo que había sido nuestra vida. Y no lo notamos hasta que el árbol se fue quedando sin hojas, dejando pasar la oscuridad. Fue allí cuando miramos a lo alto, al no sentir el siseo de las hojas. Y vimos las ramas descubiertas. Seguía oscuro. Entonces tuvimos miedo. O rabia. Rabia de no haber hecho nada cuando se podía. O miedo de saber qué hacer cuando ya no se puede hacer. No está permitido. No hay decreto, pero no se puede.

Llegado el momento, apareció la protesta. Las marchas. Al principio muy alegres, coloridas, bulliciosas, nutridas. Hasta que empezaron a incomodar. Y conocimos la represión. Y los heridos. Los muertos.

Las sonrisas en las marchas, que siguieron a pesar de la represión, se redujeron. No así el número de caras. Los muertos desataron la ira de la gente. Se pidió justicia, pero ésta no llegó. En su lugar creció la represión. La tortura. La saña. Pero no bajaron las marchas. Por el contrario, se empezó a marchar en sitios donde no era común hacerlo. Aparecieron los héroes. Los ángeles. Unos jóvenes que lo dieron todo por una sociedad que nunca vivieron. Que le contaron sus padres y abuelos, y hermanos mayores, y tíos. Y que querían para ellos.


Hoy la situación está en el punto de quiebre. Mucha represión. Muchos muertos y heridos. Mucha gente presa. Pero hay un deseo general de ver a Venezuela de otra forma. Una forma que no se parezca en nada a la que tiene hoy en día. Una Venezuela que haga comunión con los hermosos paisajes y con la gente buena. Es un deseo como una ola gigante. Imparable.

Thursday, April 13, 2017

La araña


Abrí la ventana para que la claridad invadiera la habitación. Al principio pensé que estaba nublado. Fue entonces cuando la vi. Una araña enorme, colgada en su telaraña con las patas tan abiertas como una flor, estaba frente a mis ojos.

La araña era grande y negra, con rayas amarillas. La telaraña parecía haber sido tejida con paciencia infinita durante toda la noche. Era armónica, una especie de mandala en blanco y negro. Cerré la cortina para borrar la horrible visión que me presentaba el día que recién nacía. Recogí mis cosas y me fui a la Universidad pensando en esa horrible araña, en cómo había llegado allí y en qué momento había pintado mi ventana con tan macabra imagen. Recuerdo haberme asomado a la ventana antes de acostarme a espiar, como hago siempre, a la vecina del frente, quien suele ir semidesnuda de un lado a otro en su cuarto, haciendo cosas, ordenando aquí y allá antes de irse a dormir. Esa noche, cosa rara, la luz de mi vecina estaba apagada y lo que me quedó fue mirar las estrellas en la noche oscura, hasta que se me empezaron a cerrar los ojos del cansancio del día y me fui a dormir.

Puedo jurar que la bendita araña no estaba allí.

Tenía un examen a primera hora, y luego dos clases seguidas antes de mediodía. Luego la tarde libre.

La visión de la araña se fue diluyendo en la medida en que me acercaba al edificio de aulas y pensaba en el contenido del examen. Hacía frio y por eso no había mucha gente en los pasillos externos. Me senté un rato a relajarme, a respirar, para no entrar al salón en estado de agitación.

Sentado en un banco azul que olía a pintura de aceite, me puse a crear figuras con los pequeños cuadraditos de un mural de cerámica que estaba en la pared del frente, y a imaginar una escalera e ir subiendo en ella para ver a donde me llevaba. A veces pasaba alguien e interrumpía la visual momentáneamente, por lo que tenía que reconstruir la figura imaginaria o volver a subir la escalera. Alguien me saludó. Era Máximo que entraba. Me levanté y me fui con él. Nunca lo veías antes del examen en los alrededores. No sé dónde se escondía pero aparecía siempre en el momento justo de entrar. Por eso no dudé en seguirlo.

El examen estuvo tenso, y largo para mis gustos. Creo que me fue bien. Pude resolver los ejercicios y apenas tengo dudas en unas respuestas que di a dos preguntas de selección. Ya Dios dirá cómo me fue.

Como me tardé bastante en entregar tuve que salir volando a otra clase que tenía a las 9. Y de allí a una práctica de laboratorio hasta las doce, desde donde salí hacia el Comedor.

La cola para entrar estaba larga. Tanto que salía de los predios del edificio y se internaba en el pasillo. A veces podías adelantar para saludar a un compañero y quedarte disimulado hablando con el hasta que entrabas y te ahorrabas el tramo de cola que te tocaba. Ese día no quise hacerlo. No quería hablar con nadie de nada. Me puse de último y esperé que la cola avanzara. Fue allí cuando la bendita araña volvió a mi pensamiento. No me gustó para nada esa imagen en mi ventana de aquella mañana. Y no quería que estuviese siempre allí, por lo que tenía que buscar la forma de sacarla. Precisamente yo, que le tengo fobia a los insectos. Entré a comer y el pensamiento se desvaneció. 

Sirvieron una carne horrible con un arroz espeso y pegajoso que redujo mi hambre a la mitad de una vez. Ni siquiera el olor ayudaba. Los compañeros bromeaban y comían con apetito sin importarles el aspecto del plato. Pensaba en mi madre, que me había acostumbrado al buen aspecto y el sabor de la comida. Pensaba en las madres de ellos y en las cosas que les habían enseñado para que esto les fuera indiferente. El hambre apremiaba, comí algo y me uní a las chanzas.

En la tarde nadaba una o dos horas. A veces coincidía con Carolina, una bella rubia de Economía, con la que nadaba en grupo las rutinas que imponía el entrenador. Nunca aceptó que cuadráramos una hora para vernos. “Si yo vengo y estás, nadamos. Igual yo siempre acudo y antes de empezar hago estiramientos. Si llegas, nadamos.” Para mí estaba bien. Me gustaba verla en traje de baño. Y con el cabello mojado. Era bella, simpática, pero algo distante a la hora de encarar una aproximación. No me dejaba preguntar la causa de ese misterioso distanciamiento. Al final me acostumbré a su método. Si estás, bien. Si no, también.

Cuando llegué ya estaba nadando. No me esperó. Eso me desanimó un poco, por lo que subí a la grada y me puse a verla nadar desde allí. Nadaba lento, sin ninguna prisa. Muchas veces me fui molesto por su indiferencia. Sin contar las veces en que pasaba días sin venir. Me devanaba los sesos pensando qué le habría pasado. Cuando creía que no volvería a verla aparecía, con el aspecto normal de quien nunca había faltado. Ni una explicación. Nada.

Entré a nadar mucho después. Como ya estaba nadando, apenas nos saludamos. El entrenador habló largo rato conmigo acerca de la modificación de mi rutina de entrenamiento. Para cuando terminó y salté al agua ya Carolina no estaba. Se había ido. Eso me desmotivaba un poco pero igual tenía que seguir. Total, no éramos nada. Yo no tenía novia. De ella no sabía nada.

Cuando salí de la piscina caminé un poco sin rumbo por los pasillos de la Universidad. Era presa de mis pensamientos. Carolina, los estudios, mi futuro, la vida con mis padres. Tantas cosas pasaban por mi mente mientras caminaba por pasillos rodeados a veces de jardines, a veces de edificios, a veces de bancos con o sin estudiantes, a los que igual no prestaba atención, inmerso como estaba en mis pensamientos.

Volví a la Facultad y vi a mi amigo Iván. Siempre me esperaba en el salón de lectura o en la biblioteca para pedirme los cuadernos y copiar las clases de la mañana. Él trabajaba medio turno por necesidad. Yo tenía una beca y no había esa necesidad. Conversaba conmigo mientras copiaba las clases. Preguntaba cosas de lo que anotaba. Me dijo que había sido invitado a una fiesta en Guarenas, como a una hora de Caracas. Le dije que teníamos clase al día siguiente y dijo que no estaríamos mucho tiempo. Lo suficiente para unos tragos y bailar un rato con unas chicas que conocía. Nos fuimos.

Costó llegar a la casa de la fiesta. La encontramos más bien por el ruido que por las indicaciones que nos dieron. Era una casa vieja. Con zaguán a la entrada y cerámica de arabescos en el piso. Luego atravesamos un salón con un sofá grande y una mesa de comedor. Al final había una puerta que daba a un jardín interno, donde estaban los invitados sentados conversando. 

Iván saludó a las chicas y me las presentó. No hubo interés de parte y parte. No me gustaron y no les gusté. Mi amigo si tenía interés en una de ellas. De una vez salieron a bailar en un salón aledaño al jardín desde donde salía la música. De lejos vi otras parejas. Miré a mi alrededor y no vi nada que robara mi atención. Me senté un rato y luego me paré a servirme un trago. Por la mirada de mi amigo ya no estaba tan seguro de lo corto de la estadía. El aburrimiento fue cayendo sobre mi como un largo velo.

Gente iba y venía a mi alrededor. Unos reían y se gastaban bromas. Un grupo de damas miraban un álbum de fotos e intercambiaban comentarios. Yo no me veía haciendo migas con nadie allí. De vez en cuando Iván aparecía con su amiga, que ya no tenía los labios pintados y, como él, sudaba. Me conminaban a bailar, más por extender su encuentro que por mi aburrimiento. Me traían más bebida. Y yo allí sentado ya de todas las formas posibles, por la incomodidad del asiento, luchando contra un sueño que crecía a grandes pasos, muy a pesar de mis tragos, cada vez más fuertes en un intento de Iván por animarme.

Me dieron ganas de orinar y no tenía a quién preguntar dónde quedaba el baño. Me paré y caminé hacia donde estaba el comedor, a ver si lo veía o encontraba a alguien de la casa que me indicara su ubicación. Lo vi por una puerta a medio abrir cuya luz interior estaba encendida. Entré casi corriendo, cerré la puerta y apenas dio tiempo de levantar la tapa. Tuve que interrumpir el chorro y sentarme porque estaba mareado y de seguir en pie era posible que cayera. Cuando me senté me puse peor y vomité en la cesta de basura que logré asir con desespero. Después no supe de mí y no sé cuánto tiempo estuve allí sentado, como desmayado. 

Me despertó una voz como del más allá que me llamaba. Era Iván que me buscaba. Le dije que estaba bien. Me paré dispuesto a lavar el desastre de la cesta de basura, pero no había agua. Entré en pánico. El olor era terrible. La volví a poner en su sitio. Abrí la puerta. Iván me miraba preocupado. Estoy mejor -le dije- pero dejé un desastre en el baño. Vomité y no hay agua. Mejor nos vamos ya, me contestó. Déjame despedirme. 

Lo esperé frente a una ventana que daba a la calle. Intenté ver dónde estábamos y al mover la cortina vi una enorme araña que colgaba en la parte externa, justo frente a mis ojos. Era grande, negra con rayas claras. No pude evitar recordar la de mi ventana. Un frío me recorrió de arriba abajo. Iván llegó y salimos. Justo antes de pasar al zaguán escuché a una mujer gritando por el desastre en el baño. Volamos hacia el Volkswagen de Iván y nos fuimos. Me quedé viendo la casa por última vez. Una mujer salió a la calle y miró a los lados cuando cruzábamos la esquina.

Era medianoche cuando Iván me dejó en la casa. Estuve durmiendo todo el viaje de regreso. Al principio no sabía dónde diablos había despertado. Nos despedimos y subí. Caí rendido en mi cama.

En la mañana sonó el despertador. Tenía clase temprano. Me paré y recordé la visión del arácnido el día anterior. Corrí la cortina y, sorpresa, no estaba. Ni rastro de la telaraña. Fue entonces cuando recordé la ventana de la casa de Guarenas, antes de partir. Tenía recuerdos vagos de esa noche y una tremenda resaca. Pero la imagen de la araña era nítida. 
*Imagen: Fotografía de Manuel Santos Sánchez.

Sunday, April 02, 2017

Leer, mientras tanto...


Estoy leyendo “El lugar del cuerpo”, de Rodrigo Hasbún, escritor boliviano. Un libro de esos que ves por allí tirado en un anaquel donde la mirada de los lectores pasa esquiva, por encima, como quien mira una piedra cualquiera sumergida a orilla de playa. Sólo tú te fijas, y aunque pase el tiempo no puedes borrar la imagen. Tiene un algo. Decides volver, y lo encuentras, esperando pacientemente con una sonrisa a que lo recojas.

Me pregunto cómo es que no pasó alguien y lo tomó antes de que yo volviera. Siendo tan concurrida la librería, es una posibilidad en miles. Pero era para mí. Y ya lo tengo. Y lo estoy leyendo.

Es de los libros que me gusta leer. Una sorpresa. Una narrativa que te atrapa. Alguien que sabe contar a través de imágenes. Y lo disfruto. Un descubrimiento.

También leo los Diarios de Alejandra Pizarnik, y los cuentos de Carver. El menú está completo. En las dosis adecuadas de literatura.

Dice Alejandra en uno de sus poemas del Diario (1956) que imagina que la lee un lector que no ha nacido, y que cuando lea su poema ella no estará. Me veo reflejado, porque soy yo a quien se refiere pues nací en 1962 y la estoy leyendo ahora. Qué premonitoria esa imagen. Me paraliza y hace que la relea muchas veces. E igual me sigo viendo reflejado. Como si lo escribió para mí. Para que lo leyera ahora, en este preciso momento de la vida.

Y de la vida salen los cuentos de Carver. Como extracciones quirúrgicas, bien cortadas, al extremo de no dejar huellas del sitio y el momento de donde fueron extraídas. A veces el escritor deja en tus manos el desenlace. Y aunque pueden ser muchos en tu mente revolotea un solo final. Sientes que el cuento fue escrito a la medida de tu imaginación y de tus vivencias. Hubo uno, “Parece una tontería”, que me paralizó, al punto que me costó volver a él y terminarlo. Así de maravillosos son los cuentos de este escritor.

Mientras esto pasa, en mi universo literario, en el mundo exterior pasan cosas fundamentales. La historia se está escribiendo. Se está aprendiendo mucho sobre lo que no debe suceder en el futuro. Sobre la forma en que debemos encarar ese futuro si no queremos volver a vivir este oprobio. Todos estamos aprendiendo. Para bien o para mal.


Y nuevamente es la literatura lo que nos permite desahogarnos, pensar la realidad con cabeza fría. Discernir. Buen verbo para este punto de la historia de mi país. Discernir. Y leer, por supuesto.

Saturday, March 04, 2017

Estampida


Viviendo en una época donde cada vez que tratas de localizar a alguien te estrellas contra un “se fue del país”, te vas dando cuenta rápido que tu círculo de amistades y conexiones profesionales se ha ido limitando y con ello tus capacidades de hacer propuestas o negocios se cierran bastante.

Es como un virus, que va atacando lentamente. Y así, sin que lo notes, te vas quedando en soledad. Hoy fui a dos librerías y no vi ninguna novedad. La historia se repite. No están tampoco los que te atendían en un negocio que frecuentas.  Ni el que barre la calle, ni el señor del kiosco.

En el supermercado no encuentras ese ingrediente que necesitas para hacer un plato. Cuesta ubicarlo, y cuando lo haces te advierten que es lo que queda en existencia, que no esperes verlo cuando regreses. Y así, poco a poco, nos vamos convirtiendo en el país del “no está” o del “no hay”.

En estos días intentamos hacer una reunión de amigos que estudiábamos en el mismo sitio durante nuestra época universitaria, sólo para darnos cuenta que íbamos a asistir únicamente los que aún quedamos en el país. Varios se habían ido. Algunos recientemente.

Al principio se decía que se iban los buenos, los imprescindibles. Resulta que ahora se van ellos y también los otros, incluidos los simpatizantes del partido de gobierno y aquellos de los que se decía que no iban a servir para nada. Pareciera que nadie quiere quedarse, ni siquiera a apagar la luz.

Cada uno de los que va partiendo, va consolando a los que se quedan, diciendo que estarán cerca a través de las redes sociales, lo cual termina siendo incierto, porque al llegar a sus nuevos países de acogida, cambian las costumbres, las maneras, los usos, las estaciones, la ruta del trabajo y hasta la manera de expresarse en un mismo idioma. Al final la persona termina absorbida en su nueva realidad y el contacto por las redes va quedando apenas para los familiares cercanos.

El librero con el que me gustaba conversar sobre cierto autor está en Medellín. El otro con el que contrastaba la opinión sobre un libro antes de comprarlo está en Argentina. El que le gustaba la literatura de los beatniks está en Chile. Y así van cambiando las costumbres y los usos en todos los ámbitos.

Los cuentos que se oyen son como de la cripta. Jóvenes que se arriesgan a viajar a Chile en autobús a través de una ruta que los lleva a Brasil, Bolivia y Chile solo porque el costo es menor que viajar a través de Colombia, Ecuador y Perú. Alguien de mi edad debe pasar dos días durmiendo al llegar, producto del enorme cansancio que genera la larga travesía.

Me cuenta una amiga que su hijo emigró a la isla de Malta, en el Mediterráneo. Allá se encontró en los tres días que siguieron a su llegada a tres amigos de la infancia que habían vivido en el mismo barrio de Caracas. Tal parece que donde quiera que vayas vas a encontrar a un venezolano que ha emigrado de su país.

Emigrar es tan común y cotidiano que ya ni se cuenta a las amistades. La gente se va y ya. No avisa. La cantidad no disminuye. A pesar de los cuentos de los que no han podido “hacer” el nuevo país. Nada los amilana. Ni siquiera el desconocimiento de la situación laboral en el país de destino. Lo llaman “irse al rompe”, es decir, con rumbo a lo desconocido. Hay páginas web de los que han hecho la travesía, advirtiendo a los recién llegados sobre los peligros e inconvenientes que le esperan y la manera de solventarlos. Todo un manual en constante desarrollo.

Muchos han logrado insertarse en sus nuevas sociedades como uno más. Otros están sufriendo en carne propia lo que significa ser extranjero. Y cada vez son menos los que no están dispuestos a vivir la experiencia. Hay mucha búsqueda de información relativa al vivir en el exterior. Los pros y los contras. Mucha gente midiendo los riesgos. Basta ir un día cualquiera al aeropuerto internacional para saber quién está ganando la partida.


Es como los elefantes, que antes estaban tranquilos en la pradera, como en una fotografía, y ahora van con todo, entre el ruido y el polvo, en una gran estampida…

Monday, February 13, 2017

Exploradores


En la acera solo hay un gato. Y una maceta gigante, mayormente utilizada como cenicero, pues la planta que antes reinaba ya es solo un ramaje seco.

De este lado los dueños de los negocios conversan entre sí ante la evidente falta de clientes. En la otra acera se ve un restaurant con el color característico de los manteles, muestra de que no hay mucha gente sentada a comer. El restaurante es bueno. Sirven comida italiana y lo hacen muy bien. Entonces cruzo.

Como me esperaba, no hay mucha clientela. Puedo escoger la mesa que desee, y lo hago en una cercana a la caja, donde el dueño lee un periódico italiano editado localmente. Baja el diario y me saluda. Acto seguido pega un grito y de la cocina sale un mesero urgido. Recoge el menú y se me acerca. Mientras yo leo el coloca sobre la mesa lo de costumbre: las servilletas, el agua, sal, pimienta y unos mantelitos en los que se sirve la comida.

Pido una pasta bologna de entrada y una pechuga de pollo con puré de principal. La cerveza no tengo que pedirla. Es costumbre servir los gustos a los clientes. El mesero sirve y conversa. Lo conozco desde hace tiempo. Es joven. No estudia. Mantiene a una familia que ha incrementado reciente con la llegada de un bebé. Las cosas no andan muy bien pero mantiene un buen semblante.

Es que a veces la crisis parece sobrepasarnos y no es mucho lo que podemos hacer para librarnos. Siempre me pregunta sobre lo que leo. Se asombra cuando no ve el libro en la mesa. Se interesa. Ha leído unas cuantas recomendaciones que le he dado. Y las hemos comentado. A pesar de que no tenemos gustos similares, a veces coincidimos. Como en John Grisham y Joyce Carol Oates. Le comenté de lo poco que leí y de allí partió. Y ahora es él quien recomienda sobre esos autores. Lo ha leído todo. Y eso es bueno. Murakami no le llama la atención. Ha intentado entrar pero no ha podido. Le surgen más preguntas que lo que avanza en la lectura. Se ha atascado y no ha insistido. A veces pasa con algunos autores. Es mejor dejarlos para otro momento o intentar con los que se nos dan mejor. A él con Grisham, Oates, Graham Greene y Alice Munro.

Con los autores no hay predicción posible. Con unos lectores se enganchan pero con otros son la perdición. A mí me gusta más bien variar porque pienso que me puedo estar perdiendo de algo bueno. Por eso ensayo a varios. Y he descubierto muchos buenos, y otros malos claro está.

Dice Kafka que los libros son como una llave que abre puertas de habitaciones inexploradas en nuestro propio castillo. Lo creo así. Si partimos del hecho que conocemos más del espacio exterior que del fondo de los mares, no tiene nada de particular que tengamos un sinfín de habitaciones sin conocer dentro de nuestra mente. Siendo así, los lectores somos como buzos, que se adentran en los confines del mar en búsqueda de algo que inicialmente no saben pero que están seguros de que está allí. Eso somos finalmente. Exploradores de nosotros mismos.