Wednesday, January 23, 2019

Sosa



Si abres un mapa de Venezuela, nunca encontrarás a Sosa. Salvo que hagas una búsqueda minuciosa. Sosa queda cerca de El Sombrero, aunque hay gente de El Sombrero que no sabe cómo llegar.

Fui, invitado por mi prima Maritza, que es agricultora y tenía unos sembradíos de maíz en las cercanías. Para regar, tomaban el agua del río Guárico. Quise ver el río y me dijo que no era nada llamativo. Fuimos a ver, y si, pasa como si no quisiera que lo vieran, todo quietud, aguas oscuras, serpenteante entre las cañadas, un siseo.

Maritza vive en Altagracia de Orituco, a 140 kilómetros de Sosa. Yo pensaba que era más cerca. Para ir tomamos la carretera troncal 11 hacia el oeste, pasamos por el pueblito de Taguay y un poquito antes de llegar a El Paso del Cura (así se llama el lugar, y es tan pequeño que no parece que fuera un pueblo), dejamos la carretera y cruzamos hacia el sur. De allí fue rodar y rodar entre sabanas y sembradíos. Pasamos San Francisco de Cara y Barbacoas, el pueblo de Simón Díaz, autor de “Caballo Viejo”, hasta encontrarnos con la Troncal 13, que va a El Sombrero.

Luego de pasar El Sombrero, aparece del lado izquierdo la carreterita que va hasta Sosa. Es angosta, de dos canales. En el trayecto se pasa por casas que están en la orilla, eso cuando la vista no es sino sabanas o sembradíos. Los vecinos ponen muchos reductores de velocidad en el pavimento (los llaman policías acostados). Ellos lo justifican diciendo que han atropellado a varias personas, conductores ebrios o conduciendo a exceso de velocidad. Entonces no se puede correr mucho. 

Un día lo olvidé y le pasé por encima a uno. La camioneta voló por los aires y al caer se apagó. Me quedé varado cerca de unas casitas funerarias que ponen a los lados de la vía. Mi prima fue a refugiarse en una casa cercana al tiempo que yo revisaba. Mientras pensaba lo que iba a hacer, me detuve a ver el nombre del fallecido, inscrito en la casita funeraria. Me pregunté cómo alguien podía haber muerto en una carretera tan desolada como esa. Y me reí. Pensé que había que estar bien salado para que la muerte te viniera a buscar hasta allí, mucha mala suerte, y seguí riéndome al borde de la carretera. De repente un ruido. Un crepitar de hojas, un polvero levantado, y un carro viniendo hacia mi. Pensé que era el fin. El carro salió de la nada, y con el polvero detrás se me venía encima. Intenté correr pero las piernas no obedecieron. Me aferré a la casita del muerto. Y el carro en última instancia recuperó la carretera y siguió, dejándome sumido en una nube de polvo. Prometí no volver a burlarme del difunto. Ni de ese ni de ningún otro. La muerte llega a donde uno menos piensa.

Con el salto al chocar con el reductor, mi camioneta se apagó. Revisé y eran unas mangueras sueltas. Conecté una. La otra se rompió y la tuve que reparar en sitio. Luego seguimos el camino, esta vez con más cuidado.

Cuando llegamos a la casa de la finca de mi prima, nos recibió su suegra. Había hecho el almuerzo. Una sopa de arvejas con carne, y bastante comino. Nos sentamos en la mesa grande, con otros primos que habían llegado antes. Me gustó mucho la sopita. Y me cayó muy bien la señora. Llanera por todo lo alto. Era la época de cosechar maíz. Alguien había recogido unas cuantas mazorcas que reposaban sobre otra mesa. Mi prima dijo que eran para hacer unas cachapas. Había que quitar las hojas a las mazorcas y sacar los granos. Todos los que estábamos allí nos dedicamos a eso, después de comer. A cada uno le dieron un cuchillo. La suegra de mi prima explicó cómo hacerlo a los que no sabían. Las hojas no se botan. Se usan para cubrir el maíz, una vez amasado, para hacer bollos. Para las cachapas no hacen falta las hojas. Me gustan los bollos y las cachapas. Con queso blanco son una delicia. Nos pusimos a trabajar.

Todo el mundo contaba anécdotas y chistes mientras deshojábamos el maíz. Alguien gritó: “¡Un alacrán!”. Yo solté el maíz y me levanté de la silla. La mayoría permaneció sentado, como si hubiesen visto una hormiga. Pero no, era un alacrán negro, del tamaño de mi mano, caminando sobre las mazorcas, buscando donde esconderse. Vino mi prima y con una paleta lo lanzó al piso y le puso una bota encima. El bicho crujió. Y no se movió más. Mi prima veía mi cara de asombro. Me dijo: “Y eso que no has entrado a la siembra. Allá hay bastantes”. Yo le pregunté cómo hacía para cosechar y evitar las picadas. Me dijo que no le ponía mucha atención. Si alguno la picaba, con matarlo, triturarlo y pasárselo por la picada como antídoto era suficiente. De inmediato supe que no iría por nada del mundo a la siembra. Pregunté si había visto culebras en la siembra. Dijo que sí. Como si le hubiese preguntado si había visto hormigas. Es que mi prima creció en el campo. Muchas cosas que a mi me asustan le parecen naturales.

Unas mujeres de la finca molieron el maíz e hicieron cachapas y bollos para todos. Les quedaron deliciosas. Hacía calor, pero también había mucha brisa, que mitigaba. Todo alrededor eran plantaciones de maíz. Las matas eran más altas que yo, organizadas en hileras por donde yo no habría de pasar. Las rubias espigas coronaban, como estrellas en el firmamento.

Entró un olor a café, desde la cocina. Al rato teníamos la taza humeante en las manos. No sé porqué es tan sabroso el café negro en el llano. Lo endulzan con papelón. Y la taza de arcilla. Huele divina la mezcla de la arcilla, el papelón y el café.

Aquí fue cuando le propuse ir a ver el río Guárico. Ya se sabe que no me impresionó. Aguas muy quietas y oscuras.

Al caer la tarde regresamos a Altagracia en caravana. Algunos primos se quedaron en Sosa. Compraron unas cervezas. Intentaron seducirme con una fría pero no quise quedarme. El haber visto alacranes no me dejaría dormir allí. Ni siquiera en hamaca.

Llegar a Altagracia fue como volver a la civilización. La TV encendida. El aire acondicionado. El jardín bien cuidado. Allí si acepté la cerveza. Mientras me la tomaba, pensaba en Sosa. En todo lo que viví. La sopita de arvejas con comino. Los bollitos deliciosos y las cachapas. El papelón con limón que bebimos. Las mazorcas. El alacrán. La casita funeraria en la carretera, con el nombre del difunto en el frente y la fecha de su muerte. El susto que pasé por estar con la burla de su mala suerte. Y me convencí de que si, que la muerte no se pierde, y llega a esos caminos donde hasta el viento se devuelve.

Imagen: www.tripmondo.com

Sunday, December 30, 2018

Mi 2018 en síntesis.



Se nos va el año dentro de poco. El año más raro de mi vida. Se veía tormentoso desde un inicio. Y así fue, en lo político, en lo económico, en lo social y en lo personal.

En otros tiempos, los años permitían hacer de diciembre un mes para la reflexión, para trazar calmadamente las metas y objetivos del año entrante. Este no. Nos ha mantenido todo el tiempo intentando capear el vendaval de tantas cosas que se nos vienen encima. El otrora existente margen de maniobra ha desaparecido y en su lugar lo que hay es una emergencia permanente en todos los ámbitos de la vida.

Muchos amigos se han ido del país, dicen que provisionalmente pero el plazo está abierto. Otros han decidido quedarse, no importa lo que pase. Respeto cada posición porque son decisiones de índole personal. Lo que lamento, yo que aún estoy aquí, es que cuando los necesito, o me hace falta su presencia, no están. Para eso no sirven las redes. No los sustituyen. En muchos casos es insalvable el abismo (cambios de horario, ocupaciones, etcétera). En otros se puede palear la ausencia. Pero no ha vuelto a ser igual.

Antes de irse, muchos buscan asegurar sus círculos amistosos. Hacen reuniones de despedida, invaden las redes con mensajes de permanencia a pesar de la distancia, llaman con una frecuencia que no es normal. Basta que pisen el nuevo territorio para que esos vínculos reforzados a última hora desaparezcan como las hojas secas en otoño con la ventisca.

La nueva ubicación geográfica conlleva nuevos problemas, nuevos vecinos, amistades, idiomas, culturas, costumbres, formas de entretenerse, husos horarios, clima, trabajo. Todo es novedoso y exige mucho de la mente. Esa exigencia contrasta con el esfuerzo que se había hecho en mantener el círculo de amistades. En muchos casos se contrapone por diversas razones. Y ya nada vuelve a ser igual.

Hay choques de estados mentales. Los que se fueron, reunidos en sus nuevos círculos se preguntan cómo alguien ha decidido quedarse en ese “infierno”. Los que se quedan, una vez diluida su fe en la permanencia de los viejos vínculos, generan una rabia hacia los que se fueron. Se sienten abandonados. Menospreciados. Humillados hasta por una simple fotografía que sus viejas amistades, intentando seguir una vida normal, publican en las redes. Y se viene el break.

Cambios importantes en los hábitos de vida, aquí y allá, donde el distanciamiento es protagonista. Y algo se aprende en el ínterin. La presencia es importante. La ausencia implica cambios, dolorosos a veces.

En esta vorágine nos encontramos. La reinvención de la vida diaria. Desde cocinar a diario, hacer los deberes de la casa, estudiar cosas nuevas, cambiar las rutas de llegar al trabajo o a la casa, trabajar desde la red, actualizar conocimientos de todo tipo. Ahora se valora más el tiempo. Se piensan mucho las acciones antes de tomarlas y también después, según los resultados. Se adquiere el concepto de visión y el de misión personal. A dónde quieres ir con tu vida. Cómo quieres llegar. Qué estás haciendo para lograrlo. Todo va adquiriendo un valor. El riesgo. Las implicaciones.

Vuelvo de nuevo a la lista de propósitos para el nuevo año. A los planes. A escribir las metas y a ponerles un tiempo. A pensar que todo lo aprendido tiene un valor. A abrir la mente a nuevas experiencias y aprendizajes. Saber que no se debe perder el tiempo. Que cada día es diferente y lo que hagamos en él tiene sus consecuencias.

Volveré a escribir un post como éste dentro de un año. Y tengo la intención de plasmar un valor agregado. Desde ya estoy trabajando en ello. Voy con mucha fe, y la fe mueve montañas.


Saturday, November 17, 2018

Allí...



Allí, donde tú estás
Quiero ir a buscarte
Para decirte que te he extrañado
Que por mucho que he mirado, no te he encontrado
Porque estás lejos
Aunque hay un mar de por medio
Hay días que te siento más cercana
Quisiera saber qué nos une
Que hace que todos los días te piense
Que me levante con ganas de oír tu voz
De sentir tu calor
De toparme con tu mirada
Sigues sin estar, lo sé
Muevo mis brazos y no te toco
Busco alrededor y no logro verte
Dónde estás
A dónde has ido
¿Volverás?
Mientras todo esto pasa, yo te espero
Con una cerveza ahogo mi angustia, y te espero
Con mi pensamiento te acerco y te digo cuánto te quiero
Sigues lejos, dice la mente
Estás cerca, dice el corazón
Y yo te espero…

Imagen: www.gabitos.com

Sunday, October 14, 2018

Divagación de los trece años



Estudiar, estudiar, estudiar mucho. Así transcurren mis días en la actualidad. Estoy leyendo poca literatura, aunque ya me regañé y he retomado el hábito. La lectura, per se, no puede abandonarse. Sí he dejado de lado el Club de Lectura. Se me ha hecho difícil acudir. Cosas del trabajo.

Resulta curioso que, luego de tantos años de experiencia, aun tenga que estudiar tanto. Esto se debe a varias causas. Una de ellas es que me acostumbré a hacerlo siempre. Hay una curiosidad permanente por el saber. Y no se pierde con el tiempo. Creo que estará conmigo siempre. La otra razón es que hay una actualización permanente en todos los campos del saber. Los libros, las ciencias, las materias, los programas informáticos, todo cambia, todo se mueve. Si hay cosas que no mutan. Pero el conjunto es muy dinámico y no para de actualizarse. Entonces debo correr para mantenerme al día, más cuando dependo de mi profesión para cubrir mis gastos de vida.

Todo ello explica en parte la falta de escrituras en mi blog. Ya cumplí 13 años al frente de mi bitácora, y sigo aquí, dejando muestras y testimonios de mi paso por la vida, de mi amor por la literatura.

Me ha dolido mucho encontrar muchas de mis librerías favoritas cerradas. En estos momentos no es el mejor negocio en Venezuela. Hay restricciones de importación y además, los precios se han ido a la estratósfera, reduciendo enormemente la cantidad de clientes. Mis libreros favoritos, o han cerrado la librería o se han ido del país, buscando un respiro en otros aires. Entonces mis hábitos de visitar librerías han cambiado también. Porque ello incluía la tertulia necesaria, el intercambio de palabras, de libros, de comentarios. Internet ha cubierto una parte de ese espacio tan valioso de intercambio, pero nunca nada será igual.

Pienso mucho en cómo sería mi vida en otro lugar, a esta edad, conociendo a otras personas, de otras costumbres. ¿Cómo me desenvolvería? ¿Quiénes pasarían a ocupar el lugar de mis libreros?
¿Qué libros me recomendarían? ¿Cambiarían mis hábitos de lectura? ¿Volvería a usar la bicicleta? ¿Recorrería bosques en la búsqueda de spots de fotografía? ¿Tendría una cámara nueva? ¿Iría de nuevo a la Universidad? ¿Qué estudiaría? ¿Me gustaría el lugar o me mudaría de nuevo? ¿Encontraría allí a mis viejas amistades? ¿Cómo los vería ahora? ¿Cómo me recibiría el amor de mi vida? Y la lluvia, ¿Cómo me recibiría la lluvia? ¿Habrá nieve en invierno?

De algo sí estoy seguro. Seguiré escribiendo en esta casa, que me ha cobijado junto a mis letras por trece años. Bienvenidos sean todos. ¿Un café?

Imagen de www.kaboompics.com


Wednesday, September 26, 2018

Muñeca



Ya estaba allí cuando llegué. Apenas se hizo notar. De color negro azabache. Echada en la acera, como agazapada. Una presencia nueva en el vecindario.

—¿De quién es? —pregunté al vigilante.
—No lo sé, llegó esta mañana y se sentó allí, desde entonces no se ha movido.
Estaba sentada al borde de la acera, cabeza erguida, atenta a todo. La miré bien. Ojos tristes.
—La han abandonado —le dije al vigilante. Se le ve en los ojos.

Al día siguiente me vine más temprano de la oficina, con la curiosidad a millón. Y si, estaba aún allí, sentada. Los mismos ojos tristes. Me estacioné y me bajé. Quise acercarme.
Ella me vio aproximar, sin hacer gesto alguno. Le dije que era bella, muy bella, que lo sentía, que entendía su situación.
El vigilante me dijo que le habían dado comida a hurtadillas, porque la asociación de vecinos no estaba de acuerdo con su presencia.
—Déjenla quieta allí, suficiente con que la hayan botado de su casa —dije.

En la calle donde vivo hay unos seis edificios. Y vive mucha gente que ama a los perros. Imagino que cada uno fue pasando, y preguntando, y colaborando.
Poco a poco fui notando los cambios. Un día la vi más limpia. Como recién bañadita. Luego me dijeron que la habían llevado al veterinario. Después un espectacular collar rojo. La confianza con los vecinos no tardó en aparecer. Vi que le gustaban los niños. Quizás en su casa previa convivía con niños. Se notaba la inclinación hacia ellos. —¿La van a echar? —pregunté al vigilante. 

— No, como que se queda. No han venido más.

Y así fue como mi Muñeca encontró un nuevo hogar. Después del abandono de una familia, sus primeros amores, que tal vez ya no estaban en el país.

Luego vi que le pusieron un nombre. Jackie. Para todos, Jackie. Menos para mi. No me gustó ese nombre. La bauticé Muñeca. Lo siento, pero es lo que viene a mi mente cuando la veo.

Había dos vigilantes en la garita. Uno joven y uno viejo. Y, como suele suceder, con uno de ellos tenía más empatía que con el otro. Es cuestión de química. Con el joven se entendía más. Cuando uno estaba de guardia, el otro no estaba en la garita. Y la cara de Muñeca cambiaba. Le gustaba más el joven. Aunque el viejo la trataba bien. Pero es cuestión de entendimiento entre dos seres.

Conmigo fue especial después del primer día, en el cual solo nos miramos, y tratamos de comprendernos sin acercarnos mucho, sin tocarnos, solo con la mirada. Funcionó.

La segunda vez que vine se acercó espontáneamente. Allí si hubo caricias. Y una buena conversa. Le dije que ellos se habían ido, la habían dejado sola, y si no hubiese sido así, ella no habría aterrizado aquí y no estuviéramos conversando. Solo me miraba. Como asintiendo.

Un año pasó rápido. En ese período fue esterilizada, se repuso bastante, la mirada triste cambió poco a poco a una miradita alegre, de perra bien tratada y consentida. Pude ver que salía de la garita con vecinos, que se la llevaban por ratos a sus casas. Luego volvía. Caminaba a sus anchas por la calle, y entraba y salía de los edificios de manera natural. Hizo de la calle su nueva casa.

Un día me enteré que el vigilante joven se marchó. Dejó el trabajo. Reapareció en Muñeca su semblante triste. Conversé con el vigilante viejo acerca de las pérdidas. De cómo la afectaban, recordando a la familia que la abandonó.
Imagino que el vigilante joven quería llevársela. Pero hay que tener recursos para mantener a una mascota. Tal vez no los tenía. Quizá lloró en su despedida. Los perros tienen un sexto sentido para saber cuándo alguien se va y no volverá. Tal vez lloraron ambos. No se supo.

El vigilante viejo hizo esfuerzos por recuperarla de la segunda pérdida. Tuvo éxito a medias. Yo también ayudé. Decidí bajarme todas las tardes y acariciarla un rato. Ella se volteaba para que acariciara su vientre. Es el lenguaje del amor entre dos que se comprenden. No me importaba pasar media hora allí, sentado en el piso, acariciando y conversando.

Un día pasé y no estaba. Pregunté y me dijo el vigilante que se había ido con un vecino a su casa, que más tarde volvería. Y así fue, porque luego volví a verla en la garita. Y vi vecinos visitándola allí. Pendientes de ella. Le traían comida.
Volvió a estar bien luego de dos pérdidas familiares. La carita triste recuperó la alegría.
De vez en cuando me bajaba a acariciarla. Sé que ella lo necesita. Y yo también.

Esta semana, me dieron la noticia de que habían cambiado la compañía de vigilancia de la garita de la entrada. Un frío me recorrió el cuerpo. Quise pensar que, aunque la compañía había cambiado, mantendría al vigilante viejo en su puesto de vigía. Pero no. Pasé y vi a un vigilante joven, con otro uniforme. Le pregunté por Muñeca y me la señaló, acostada sobre su manta, dentro de la garita. La llamé, y sin moverse, apenas me miró a través de unos ojos tristes que ya me eran familiares. Estaba muy deprimida.

Ahora paso y me bajo cada vez que puedo. Ella viene hacia mi para que la acaricie un rato y le diga cosas. Cosas que quizás no tienen sentido para ella. Porque igual ya sabe que los humanos son seres que vienen y van. Sin apego. Seres que rompen corazones, a veces hasta sin proponérselo.

Noto ahora un cierto cambio en su mirada. Como más seria, diría yo. Más seca. Yo la acaricio y le digo que la amo. Y pienso que yo podría en algún momento ingresar a la lista de los que estuvieron y ya no están. De los que aparentaron amarla, que sí la amo, pero luego se fueron sin dejar huella. Y esa visión me pone triste.

Saturday, May 19, 2018

Forastera



"En esta escuela del mundo ni siendo malos alumnos repetiremos un año, un invierno, un verano. No es el mismo ningún día, no hay dos noches parecidas, igual mirada en los ojos, dos besos que se repitan". Wislawa Szymborska

La vi por primera vez en esa ventana en la que antes solo había sombra. Fue como una luz cuando se asomó. Nunca había visto a nadie abrir la persiana.

Por la forma como miraba alrededor también supe que no era de aquí. Era una mirada ingenua, como la de una muchacha del interior. Vi también que con ella había un niño. No lo vi sino que escuché su llanto, y vi la baranda de la cuna, cerca del borde inferior de la ventana.

Así fue por varios días donde con cierta intermitencia representaba la misma escena. El niño a veces en brazos, a veces en la cuna. Se movía alrededor del cuarto, como buscando cosas, u ordenando, no podía saberlo porque el pequeño espacio de visión que me daba la ventana no lo permitía.

A veces estaba en la cocina y escuchaba el llanto del bebé. Se movía frenética, hasta que lo calmaba. Luego apagaba la luz y ya no había más ruido. Hasta la noche siguiente, donde, siguiendo la intermitencia, repetía la misma escena, o una parecida.

Un bebé en brazos, movimientos frenéticos a un lado, o al otro. Luego la calma. El silencio. La luz apagada. La noche.

Yo me preguntaba de dónde habrá venido, con qué objetivo habrá recalado en esa habitación. No podía saberlo. Ni la distancia lo hubiese permitido.

Muchos días pasaron. Escenas que se repetían. Un día me vio. O eso creo. Cuando me di cuenta había cerrado la persiana. Quizá pensó que la estaba espiando. Pero no era así. Era una escena que se repetía cada noche hasta hacerse cotidiana. Solo que esa vez nuestras miradas se encontraron. Sólo eso.

La persiana permaneció cerrada varias noches. Aunque podía ver la luz detrás. Sabía que estaba allí, aun cuando no podía verla.

A la luz retenida por la persiana se agregaron unos colores, y más ruido, como el de un televisor. Ya no volví a escuchar el llanto del bebé. Solo voces en estéreo, algunas conocidas, jingles comerciales. La TV se adueñó del espacio. Puso colores, y voces, y canciones. La persiana siguió cerrada.

Un día me fijé que una hoja de la persiana estaba doblada. Como cuando alguien trata de mirar sin ser visto. Una hoja alta. Cual si se hubiese subido a una silla.

Noté la hoja doblada a la luz del día. La persiana no se había vuelto a abrir. Esa noche observé que no había luz detrás de la persiana. Y no la hubo después. La luz no se volvió a encender por las noches. Ya no estaba allí.

Ha podido mudarse de cuarto, era una posibilidad.  Pero algo me dijo que ya no estaba allí. Una sensación de vacío. De no haber nadie en el apartamento. Nunca más un llanto de bebé. Ni colores de la TV.

Hoy, desde afuera, la ventana luce llena de polvo. Y a pesar de ello puede verse la persiana cerrada, con la hoja doblada. Quizá la silla, donde se subía a escondidas para mirar al exterior, esté aún por allí cerca, esperando a que se vuelva a subir. Solo que ya no está. ¿A dónde habrá ido?


Friday, March 09, 2018

No llores más nube de agua...



“No llores más nube de agua,
silencia tanta amargura.
Que toda leche da queso
Y toda pena se cura…”

Trato de consolarme pensando en esa tonada. Canto de ordeño que es tan profundo. Se nubla un poco mi vista y aspiro hasta que el aire lo inunda todo. Cierro los ojos y voy dejando salir ese aire que me consuela, poco a poco.

Tiempo sin escribir. Ocupo la mente en tantas cosas. En mi hija, una flor que ya está lejos. Luchando. haciendo su papel de extranjera. Algo que no definen las palabras, pero se siente muy adentro.

Leo, si, leo mucho. Escapo a esta realidad asfixiante. Y estudio. Porque dentro de mi hay dos. Un escritor y un ingeniero. Y cada uno reclama su tiempo. Y al templo, que es el cuerpo, no le queda más remedio que compartir, dar a ambos de la misma agua. Un tiempo para uno, otro tiempo para el otro, y a convivir, no queda otra.

“Aguacero, aguacero, aguacero
aguántate aguacero
mira que estoy ordeñando
a la vaquita Lucero…”

Ya no es el Cruz-Diez que adorna el piso del aeropuerto. No. A éste no lo dejan ver las lágrimas. Y como esos amores que ya no son, y se dejan por otro, hay un nuevo símbolo de despedida. La Esfera de Caracas, del Maestro Jesús Soto. Marejadas de jóvenes van a diario a despedirse de su país. Los veo de lejos y trato de no fijarme en sus caras, no vaya a ser que reconozca a algunos y me roben unas lágrimas. Pronto estarán navegando hacia otras tierras. Unos con más y otros con menos suerte. Multiplicando las historias de la huida. De la diáspora. Los avatares del camino. Las penas del alma, las propias y las ajenas.

“Lucero de la mañana
Préstame tu claridad,
Para alumbrarle los pasos
A mi amante que se va.
Caridad, Caridad, Caridad..."

Y poco a poco se va inundando todo de historias. Te lo cuentan las señoras cuyos hijos solo ven por Skype. Cuyos nietos nunca han cargado. Los que han perdido a sus padres sin acudir a sus entierros. Las reuniones familiares de los que se quedan. Y en otras tierras las de los que no están. Las lágrimas de aquí y las de allá. Los que ya se sienten de otras partes y los otros que tienen al país atragantado, y cuando intentan sacarlo lo que hacen es llorar. Los que sienten los ruidos de los fogones mientras caminan soñando despiertos, y los olores, y los sabores que allá no encuentran. Los que besan otras bocas imaginando las que dejaron, aprendiendo que no sabrán nunca a lo mismo. Los que se quedan y los que se van, como canta Horacio Blanco.

“El que bebe agua en tapara
y se casa en tierra ajena,
No sabe si el agua es clara,
Ni si la mujer es buena.
Yerba Buena, Yerba Buena…”

El joven no se reconoce ya en estas ruinas. Dice que se va. Que esto no es vida. Y te mira a los ojos, buscando una respuesta que no está en ti. Nada tienes que agregar. Sabes que el día vendrá. Lo acompañarás al aeropuerto. Y más lagrimas brotarán. Se harán promesas. Unas verán la luz y otras nadie sabe. La última imagen será la del morral atravesando la puerta de inmigración. Y volverás con la sensación amarga del desprendimiento. De que ya no estás completo.

“Nube de agua Lucerito
Ya viene la mañanita
cayendo sobre el palmar. 
Y el cabestrero prosigue
con su doliente cantar…
Ajáaaa…”

Y todo suponiendo que tú mismo no te adelantes. Que el morral no sea tuyo. Un morral donde no cabe tu vida. Que va más lleno de recuerdos que de otra cosa. Que pesa más que lo que registra la balanza. Y no tendrás paz hasta que el joven te siga. Hasta que puedas volver a abrazarlo en otras tierras. Extranjeros ambos. Como el cometa cuyo hilo se ha roto y ahora vuela más allá del mar.

“Mañana cuando me vaya
quien se acordará de mi
solamente la tinaja…
Por el agua que le bebí
Lucerito, nube de agua…”

Imagen: www.mapio.net: "Esfera de Caracas", Jesús Soto.