Sunday, July 20, 2014

Una estela en el cielo


Un avión surca el cielo dejando una estela blanca y larga, muy larga, que permanece mucho tiempo sin deformarse.

La raya blanca contrasta con el iluminado azul del cielo de la tarde caraqueña y nos pone reflexivos.

Hay quienes no atinan a saber que es un avión volando alto, muy alto en el cielo y se preguntan sobre el origen de la raya blanca que, sin difuminarse, permanece en las alturas.

“Debe ser un avión”, dice un padre sin convencerse mucho.  “¡Mira!” gritan otros niños al verla. La inmensa mayoría calla y observa. Entre ellos estoy yo.

El cielo azul iluminado con la raya blanca contrastando recuerda un enorme cuaderno que espera por mí para escribir, de forma coherente, en esa línea, las palabras que se arremolinan en mi mente desde hace días, buscando una salida.

Miro al cielo y empiezo a imaginar las palabras saltando de mi mente al infinito y posándose sobre la línea blanca en el orden que ellas creen que les corresponde, y a mí corrigiendo ese orden, intentando dejar plasmado un texto antes que se difumine la raya del cuaderno.

Pero, ¿qué texto es ése que quiere escribirse allá en lo alto, donde todos puedan verlo?

Mientras las palabras van subiendo e intentan buscar su lugar en la larga línea, yo pienso en el orden y en lo que van queriendo decir. 

Al tiempo voy impregnando el cielo de masas de aire que mueven las palabras de lugar, unas más allá, otras más acá, y voy soltando otras, las necesarias para dar sentido a la idea que quiero dejar plasmada, al menos en lo que dure la blanca raya sin borrarse.

Palabras que solo yo veo, ráfagas de viento que solo yo percibo y ordeno a mi antojo, y palabras en movimiento. El lugar que van tomando va dando sentido al mensaje que se va gestando, ráfagas sí, ráfagas no, y nuevas palabras se insertan en los vacíos que van quedando.

Al final leo el mensaje y sonrío pensando en los miles que están leyendo al mismo tiempo, y en los más que ahora no solo tienen la duda de quién creó la raya blanca en el cielo sino de donde surgieron esas palabras que de a poco se fueron armando en el cielo.

Ahora sí, todos callan, menos los niños que aún no saben leer y que preguntan a sus padres por el mensaje. “Pá, ¿qué dice allí?” preguntan unos, y lo piensan todos.

En el cielo caraqueño de esta tarde hay un mensaje de Nelson Mandela: Después de escalar una gran colina, uno se encuentra sólo con que hay muchas más colinas que escalar”.


A partir de ahora solo quedan las conversaciones con los hijos para tratar de explicar el sentido y la profundidad del texto escrito.

Sunday, June 29, 2014

Vida de motel


Acabo de terminar un libro hermoso. Se llama “Vida de motel”, de Willy Vlautin (La otra orilla, 2007).

Es un libro extraordinario, a mi parecer, porque trata de la cotidianidad, contada de una forma que enaltece al escritor porque, sin ocultar nada de lo malo que nos pasa en esta vida, logra bordar una tela saturada de belleza expresada en la forma de sentimientos que afloran a cada tanto y que te dejan pensando mucho.

El amor de madre, la solidaridad, la amistad verdadera, el enamoramiento de una chica, el dolor de una pérdida, todas esas pinceladas que no se ven a la primera leída, pero que nos marcan de forma indeleble.

Recordé, mientras lo leía, a “En la carretera” de Jack Kerouac, a “Kitchen” de Banana Yoshimoto, a “El guardián en el centeno” de J.D. Salinger, a “Vivir” de Yu Hua, a “Triste vida” de Chi Li, a “Cartero” de Bukowski…

Hay una magia en esos escritores que hace que, a partir de acontecimientos que sumen en la tristeza a cualquier ser humano, contados desde la óptica de lo vivido, entretejer una prosa ecuánime, bien hilada, que nos identifica como seres humanos ante la adversidad.

Narrado en primera persona, el protagonista Frank Flannigan nos cuenta su vida a través de una serie de situaciones que rodean el accidente fatal de un adolescente, causado por su hermano Jerry Lee. El sentimiento de culpa de Jerry Lee, la fraternidad, la ausencia de la madre, que murió cuando apenas eran adolescentes de 14 y 16 años, el padre irresponsable que huyó de casa acosado por las deudas en apuestas, dejándolos sumidos en la pobreza, el amor a una chica (Annie James, que también sufre una vida patética), la amistad, afloran como sentimientos humanos en una narración que vives, gozas y sufres como tuya.


El autor, Willy Vlautin, es cantante de un grupo de rock llamado “Richmond Fontaine”. Se apasionó (afortunadamente para nosotros) por la escritura y ya lleva cuatro libros editados en Estados Unidos. 

Es una recomendación que me permito hacerles hoy, último domingo de junio, cuando todos tienen la mente en el fútbol, ¿no es así? Si lo ven en el anaquel, por favor, no lo dejen.

Sunday, June 15, 2014

La abeja y el gordo.


La vida está llena de anécdotas. Cada cual más divertida. Hoy es día del padre, y como puedo hacer lo que me plazca, les voy a contar esta:

Voy con mi esposa a un espectáculo de jazz. En la antesala del teatro hay un evento de una importante marca de cervezas. ¿Resultado? Cervezas gratis para todos. La barra era una especie de escenario, decorado con la marca de la cerveza y dos modelos (una chica y un chico) que servían. Me acerco a la barra y pido dos, para mi esposa y para mí. En la barra estábamos dos en lo mismo. Las mujeres en la mesa esperando, pero muy atentas a nosotros. ¿La razón? Reformulemos la pregunta: ¿Las razones? La chica modelo de la cervecera era una mujer rubia, deslumbrante, con unas tetas inmensas cubiertas trabajosamente por una pieza que aquí llaman strapless, y que no se traduce en otra cosa que no sea un escote maravilloso. Nosotros, los esposos, en la barra, muy circunspectos, pedíamos nuestras cervezas cuando sucede lo inesperado.

Frente a la barra, y para mantenerla bien iluminada, yo había contado unas siete lámparas, alrededor de las cuales habían insectos volando (cosa común en escenarios nocturnos al aire libre). Uno de ellos, una abeja para más señas, se separó del grupo, y lentamente voló hacia el seno de la modelo, incrustándose en la cavidad, ante la mirada atónita de los presentes.

Y digo ´de los presentes´ porque en ese momento me di cuenta que no éramos ya dos, sino que había llegado un tercero, un gordo que no disimulaba la atracción que ejercían sobre él (y sobre todos, claro está) los inmensos pechos.

La chica comenzó a decir (eran como gritos, pero en baja intensidad, para prevenir el escándalo): “¡Ayúdenme!”, “¡Soy alérgicaaaa!”, “¡Dios mío, muévanse, hagan algo por favoooor!”. El señor de al lado y yo, detrás de la barra, nos miramos, a ver quién ayudaba, y al mismo tiempo miramos atrás, a las mesas donde nuestras mujeres nos esperaban y miraban curiosas, preguntándose por la tardanza. 

Volvimos a mirarnos, sin movernos del sitio, y miramos a la chica, que se había inclinado un poco, para no ser vista por los asistentes, y nos miraba suplicante, gimiendo, y repitiendo: “¡Es que soy alérgica y no quiero que me pique!”, “¡Ayúdenme, por favoooor!”.

Cuando decidimos enfrentar el suceso y colaborar en la urgencia del caso, vimos como, con un salto felino, el gordo recién llegado se apoderaba de la escena, atraía la chica hacia sí y alargaba el tope de la malla que cubría los inmensos pechos hacia él, metía la mano, lenta y valientemente, para, al cabo de unos largos segundos, extraer la intrusa, y luego reponer con sumo cuidado la malla en su sitio original.

La chica respiro, gimoteó unos segundos, y se incorporó con su sonrisa radiante como si nada hubiese ocurrido.

El señor de al lado y yo vimos los dientes del gordo brillar sobre nuestros ojos, en una sonrisa jactanciosa, mientras retirábamos las cervezas y volvíamos a las mesas donde nuestras esposas (bien enteradas de que algo había acontecido) esperaban por la anécdota.


Desde la mesa, y mientras contaba a mi esposa lo sucedido, veía como la sonrisa iluminada del gordo, desde su mesa próxima a la barra, sustituía en intensidad a las lámparas desde las que había partido la abeja entremetida.

Tuesday, June 03, 2014

Despegue


La tarde cae serenamente. No así los recuerdos que me invaden en cascada. Nunca había visto el aeropuerto de forma tan detallada como ahora. Las obras no parecen haber terminado luego de tanto tiempo desde que comenzaron las ampliaciones.

El estacionamiento da la impresión de ser un depósito de vehículos de gente que ya no va a regresar, que se ha marchado en vuelos sin retorno.

Adentro hay una fila inmensa para buscar el pase de abordar. Nadie dice cual es la fila de cada aerolínea. No hay avisos ni señales. La gente enmudecida mientras espera su turno. Algunos no quieren mirar a nadie mientras pasean su mirada por las rendijas de las baldosas del piso. No me atrevo a interrumpir ninguno de esos silencios y me dirijo a la taquilla para informarme.

Ahora sí llego a la fila que me corresponde, y después de un tiempo accedo a mi pase. Pago el impuesto (porque para salir de aquí hay que pagar también) y me voy a inmigración. Allí me encuentro de nuevo con algunos pasajeros cuyas caras, aunque esquivas, ya me son familiares por lo de las filas.

Descubro que sus miradas son ahora más tristes, como prediciendo el momento que se aproxima. Me advierte el guardia que debo quitarme los zapatos, el cinturón, el reloj, la cartera y hasta el teléfono, los cuales deben pasar por el scanner y comprobar que no soy un terrorista en potencia. Casi desnudo, paso por el detector de metales mientras mis pertenencias pasan en paralelo por otra vía.

Retomo las cosas, me pongo de nuevo las prendas y me acerco a la sala de espera de la puerta de embarque que me corresponde. De nuevo mis vecinos de fila, esta vez con las lágrimas impidiendo ver la pantalla que anuncia los vuelos por despegar. Confirmamos la hora y nos enteramos que, por suerte, la puerta no ha cambiado. Cerca de ella una empleada de la aerolínea parece jugar con su celular haciendo tiempo. Luego suena un teléfono cercano. La empleada atiende e inmediatamente se pone en guardia y llama a formar filas para embarcar.

Pararme de ese asiento me ha costado. Me incorporo y pongo el asa de mi bolso sobre mi hombro. Miro alrededor procurando quedarme con una fotografía instantánea de la escena de la sala, de los asientos que comienzan a quedar vacíos a medida que la fila crece.

Entramos al avión y ocupamos nuestros puestos. Me toca ventana. Desde allí veo a las aeronaves vecinas, como inmensos pájaros aletargados, esperando su turno para volar.

Abajo, en la pista, los empleados se afanan en dar los últimos toques mientras yo miro al horizonte. A lo lejos se ve el mar, la costa, la montaña llena de casas, el edificio del aeropuerto, la pista gris que se confunde con la línea azul del mar en el infinito. Y las lágrimas que comienzan a salir, nublando mi visión.

Me paso las manos por los ojos para dejarlas salir y que no me impidan ver lo que queda de mi país.

La azafata anuncia la partida. El pájaro de acero carretea por la pista con un ruido que semeja un silbido sin fin. Se aproxima el despegue definitivo.

Se escuchan tres campanadas en la cabina, y de inmediato tomamos velocidad y nos elevamos.

Yo miro por la ventana como último intento para retener paisajes, colores. Hay cosas que no veo por la ventana, pero que siguen cayendo en cascada por mi mente. Son risas familiares, llantos, abrazos, palmadas, miradas tristes, otras alegres, adioses.

Las lágrimas insisten en seguir su caída libre sobre mis mejillas hasta que, finalmente, retiro la mirada de la ventana cuando ya solo quedan nubes blancas y un cielo medio azul medio gris que lo cubre todo.

El pájaro de acero se estabiliza y vuelve a emitir su silbido infinito, mientras yo quedo con la mente en blanco, sabiendo que mi historia en el país quedó sellada en los breves segundos que duró el despegue.


Cierro los ojos para darme cuenta de que sí, que el país no se quedó en la pista como pensaba, no. El país sigue allí, conmigo en el avión, y no me abandonará nunca, aunque habite para siempre en tierras muy lejanas.

*Fotografía: www.minci.gob.ve

Saturday, May 17, 2014

Océano (Djavan)


Amaneció
Y desde lo alto del mar de la pasión
Podía ver desmoronarse el tiempo
¿Dónde estás? ¡Qué soledad!
¿Te olvidarás de mí?
En fin

De todo lo que existe en la tierra
No habrá nada en ningún lugar
Que pueda crecer mientras no llegues

Lejos de ti todo acabó
Nadie sabe cuánto sufrí

Amar es un desierto
Y sus temores
Vida que cabalgas en la montura de los dolores
Y no sabes volver
Dame tu calor

Ven a hacerme feliz
Porque te amo
Desaguas todo en mí
Y yo, siendo océano,
Olvido que amar
Es casi un dolor
Y que solo se vivir

Si es para ti



Sunday, May 04, 2014

La brevedad de un amor que no cesa


El día se me ha hecho largo hoy. He quedado para salir pero un malentendido ha hecho que la cita se haya ido al traste. Ha fallado la comunicación.

Y es que uno se abruma con tantas noticias que la perspectiva entre lo real y lo irreal se termina perdiendo.

Mi hija y yo conversamos hoy por teléfono. Ella está lejos. Sin embargo la línea nos acerca, luego de vencer más de un obstáculo. El amor lo puede todo.

Estamos todos tristes porque un angelito que llegó a nuestras vidas se nos fue esta semana. 

Se llamaba Tequila, un yorkshire terrier hermosísimo por fuera y por dentro. Nuestro último encuentro ocurrió hace apenas dos semanas porque luego del divorcio ella fue de los que se quedaron en la otra casa…

Hace algún tiempo hice un ejercicio literario sobre un perro. No sé de donde me salió porque nunca había tenido uno en casa y teníamos la regla de no tenerlo porque consideramos que para un perro no es el ambiente adecuado tenerlo en un apartamento. Pero igual me gustó y quizás correspondió a un deseo oculto que no sabía cómo manejar (pueden leerlo aquí, si gustan).

Menos de un año después de haber hecho el ejercicio llegó mi hija una noche a casa con un perro debajo del brazo (la historia, también si gustan, la pueden leer aquí). Viviría con nosotros. Temporalmente, porque en mi caso (previo al divorcio) ya se había acordado que me iría a vivir a otra parte. Mejor dicho, ya me lo habían pedido. Y con el tiempo en contra yo sabía de antemano que mi permanencia en esa casa no sería lo suficientemente larga como para disfrutar a la nueva vecina.

Demás está decir que fue amor a primera vista. Pero amor del bueno. Al día siguiente ya nos necesitábamos. Ya nos extrañábamos. Y se fue incrementando con el pasar de los días. Hasta llegar a lo que fue siempre, un amor que superó las distancias (cuando me mudé) y el tiempo de contacto (cuando nos veíamos teníamos que darnos un tiempo para el abrazo prolongado).

Todos los días pensaba en ella, en la próxima visita, en el próximo contacto, y a veces pasaban días, semanas sin poderla ver. Pero el amor permanecía intacto, por parte de los dos.

El sentimiento mutuo es una cosa en la que no bastan las palabras para describirlo porque ya lo he intentado y nunca he podido hacerlo. Yo creo que a eso le llaman amor y es el único vínculo que nos unió desde siempre.

Y utilizo el verbo unir en pasado porque Tequila se ha ido. Ha muerto el 29 de abril, tres años después de haber venido a nuestras vidas.


Fue un tiempo muy breve, muy corto, pero que estuvo lleno de momentos inolvidables para mí. Todos, absolutamente todos los encuentros fueron momentos de extrema felicidad. Nunca los olvidaré y los llevaré conmigo adonde vaya. Porque Tequila, allá mismo donde estés, tienes un pedazo de mi corazón, como yo tengo uno del tuyo, para siempre…

Saturday, April 19, 2014

Breve pausa de librerías


Los acontecimientos que ocurren ahora en Caracas me han hecho estar más tiempo en la casa. Mi rutina de librerías no está ocurriendo como antes de las protestas, en gran parte porque mis librerías favoritas están ubicadas en sitios neurálgicos.

Pero soy con los libros como las hormigas. Esas que van recogiendo la comida cuando todo el mundo está entretenido en otras cosas, y cuando viene el invierno pueden guardarse por meses, que no les faltará alimento.

Así estoy yo, con una lista larga de lecturas pendientes que estoy aprovechando, ahora que no puedo ir con frecuencia a ver libros afuera. Y de la misma forma me descubro como una persona que, pese a saber que tiene una lista larga de pendientes, va a las librerías a buscar novedades, e insiste en comprar.

Donde quiera que vaya lo primero que hago es preguntar donde hay una buena librería y para allá voy. Soy adicto a ese olor de papel y tinta, a pasearme lentamente por los anaqueles, hojeando aquí y allá, comparando las lecturas que me provocan con las que tengo pendientes en la casa y, finalmente, antecediendo alguna nueva que llame mi atención.

A veces, la falta de novedades es mi salvación: no compro. Pero eso no ocurre siempre, porque a pesar de los problemas para traer libros actualmente a Venezuela, los libreros se las arreglan para poner siempre algo interesante frente a mis ojos.

En estos días vi una edición hermosísima de “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos, de Editorial Armitano, con unas preciosas ilustraciones del artista plástico Alirio Palacios, de colección, y de repente en mi mente se armó un plan de releer a Doña Bárbara. Salí con ella debajo del brazo.

Falleció Gabriel García Márquez y me entraron ganas de releer la que para mí es la obra perfecta: “Cien años de soledad”. Afortunadamente ya había comprado la edición del 40 aniversario.

Y así voy, pasando el tiempo entre lecturas, viajando a esos universos paralelos, producto de la creatividad de un escritor, que a veces se confunden con la realidad y nos dejan como a Chuang Tzu, sin saber si es un hombre soñando como una mariposa o viceversa…

*Imagen: www.impulsocreativo.com.ve