Sunday, February 13, 2011

En la plaza


Me aproximo lentamente a la plaza. A medida que voy entrando en su perímetro sigo sin darme cuenta de a quién se la han dedicado. Al andar unos pasos, ya dentro de ella, puedo notar que es en honor a Bolívar, sólo que está en busto y es muy pequeño. Hay muchos árboles que dan sombra y frescura a las sendas internas. Tres abuelos conversan en un banco, dos de ellos riendo a carcajadas, recordando alguna travesura de sus años mozos en el pueblo. Los observo de lejos, pasan los 70. Hay uno de ellos que no ríe. Cuando habla, en tono fuerte, bien por su sordera o para ser escuchado, se le nota su origen italiano en el acento. Y no ríe –elucubro –porque en el momento de las travesuras de sus amigos venezolanos, el estaba sumido en una guerra, con todo lo que ello trae consigo. 70 y tantos años después la risa sigue ausente.

Más allá está sentada una mujer joven, que pasa todo el tiempo alimentando a unas palomas que la rodean y hacen ruido. Las palomas parecen sumidas en una danza ritual, van hacia adelante, hacia atrás, luego dan vueltas en círculo, y de nuevo, hacia adelante y atrás. La danza se ve interrumpida solamente cuando ella introduce lentamente su mano en una bolsa amarilla que reposa a su lado y deja caer los granos de maíz, como lluvia de oro, sobre las palomas. Aletazos y picotazos van y vienen en la disputa por los granos de maíz. La joven lleva lentes de sol por lo que no puedo escrutar su mirada. Hasta pudiera ser que me esté mirando y se haya dado cuenta de mi intención de ubicar su mirada, de mis intentos de explorarla toda.

En el centro de la plaza hay unos niños, con uniformes escolares ya sucios, que juegan y corren alrededor del busto, sin prestar la mínima atención a éste, concentrados en su juego, como solo los niños saben hacerlo. Su universo paralelo, sin tiempo, lo copa todo, tanto como sus risas.

Sigo de largo hacia un banco en una esquina, lejos del busto. Desde allí puedo ver, tanto la plaza como lo que acontece en esa esquina del pueblo. Hay gente conversando en las puertas de los negocios; más atrás viene un grupo de turistas que caminan sin rumbo aparente, mirando a todos lados, y un heladero. El heladero es el más cercano a mí, y suena su campana para tratar de llamar la atención a los niños que juegan cerca del busto; esfuerzo inútil, pues éstos siguen y seguirán ajenos a todo lo que sucede alrededor.

Veo los niños y lo veo a él con su inútil campaneo. Parece haitiano. Le digo: “Bonjour Monsieur!” y sólo sonríe. Repito el saludo en voz más alta: “Bonjour Monsieur!!” y el sonríe de nuevo sin contestar, mirándome como si de un extraterrestre se tratase. Vuelvo a la carga: “Parlez-vous français?”. Y en medio de una sonrisa, que no discierno si es timidez o vergüenza, me responde con un gesto, moviendo la cabeza en círculos, negando. “Êtes-vous haitien?” –prosigo. El me mira sonriente y contesta susurrante: “Oui, oui”. “Aaaah –le digo –vous parlez creole?”. Y fue allí cuando realmente pude escuchar su voz: “Oui, oui!!”.

Hasta allí llegó nuestro intento de comunicación. Le indiqué por señas que no hablo creole (mi francés incluso es muy pobre). “Anglais?” –insistí vanamente. El mismo movimiento de cabeza como respuesta. Fin del intento de diálogo. El parece entenderlo y continúa con su campanear ´atrae-niños´ mientras yo comienzo a divagar en medio de la más sabrosa cotidianidad, en una plaza de un pueblo que aún permanece a salvo de la agitación y el desmadre que, a esta misma hora, se vive en la gran ciudad.

4 comments:

Mariale divagando said...

Andas como yo estudiando a la gente que te rodea :-)

Oswaldo Aiffil said...

Hola Mariale! Jajajaja, más o menos. Me gusta observar el comportamiento de los seres humanos. Sorpresas te da la vida, jejeje. Un beso grande mi flaca bella!

Benedetto said...

Me gusta este post!




Abbraccio.

Oswaldo Aiffil said...

Guaglione! Gusto de verte recientemente. Pendiente reunión sabatina. Gracias por venir a leer. Un abrazo amicone!