Sunday, August 16, 2015

Aquí y ahora


Carpe Diem, quam mínimum credula postero (aprovecha el día presente, no confíes en el mañana).

Nunca olvido al profesor John Keating (Robin Williams) en la cinta “La sociedad de los poetas muertos” (Peter Weir, 1989), especialmente en esta parte:

“El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante, lo que no significa alocadamente; sino mimando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro; y examinándote de la asignatura fundamental: el amor. Para que un día no lamentes haber malgastado de forma egoísta tu capacidad de amar y dar vida.” 

Y es que volvemos, con mucha ilusión, a lugares que solíamos frecuentar y encontramos, físicamente, las mismas paredes (quizás de otro color), las mismas señales y detalles que hacen propio el lugar, pero no a la misma gente con la que acudías o que encontrabas en el lugar. Esa gente ya pasó. Ya se fue. Y aún si te topas con alguien que permanece (o vegeta en el lugar), poco tiempo tendrás para darte cuenta que ya cambió, que no es el mismo, que no te mira igual, que casi no te recuerda o no le importas en absoluto.

Cuando vamos a revivir esos paisajes, antes de llegar nos inundan los recuerdos de momentos vividos. Y la fantasía de que los volveremos a encontrar. Y no. Ya no están. Ya no pertenecen.

El lugar puede llamarse escuela, club deportivo, academia, parada de autobús, ministerio, bar, supermercado, plaza, parque. A la vez puede encontrarse en cualquier ciudad. Dentro del país o fuera de él. Incluso puede ser un sitio virtual, como un foro o un blog, por decir algo. Si te vas por mucho tiempo, no intentes volver. Porque inevitablemente chocarás con los aires del tiempo y del olvido. Serás polvo cósmico.

Es la danza de la vida. Ella, con humildad, se empeña en mostrarnos que todo cambia, segundo a segundo todo cambia. Y nos empeñamos en pensar que todo permanece. No. La gente viene, se va y no vuelve. Y si vuelve ya no es el mismo. Ya mutó. Ya le pasaron cosas. Ya evolucionó (o involucionó). Ya no te siente el mismo. Y tú tampoco lo sientes a él.

El mensaje es claro. Prepárate para vivir el momento. Disfruta al máximo de las situaciones cotidianas. Sácales el jugo. Y llena tu memoria de recuerdos bonitos. De cómo saliste de aquel aprieto. De cómo te enamoraste. De cómo el amigo logró, con la palabra clave, salvarte en aquel examen pendiente. Del gol que anotaste y la persona que te dio el pase. De los paseos por el campo en bicicleta, mientras conversaban intentando cambiar el mundo. De la mano salvadora y sanadora de la mujer que te sacó de la playa cuando la corriente te llevaba. De la sonrisa inapreciable e inabarcable de un bebé. Del compañero que te enseñó un arte que no está en los libros. De aquel día en que diste el batazo para ganar el juego y tu enamorada (que rara vez venía) te estaba mirando en la grada. Llena tu mente de esos recuerdos que irán contigo hasta el final de tu estadía terrenal.


Eso sí, no regreses a terminar lo que no terminaste en su momento. No regreses a pedir lo que no te dieron. A abrazar lo que no abrazaste. A buscar la boca que no besaste. Porque ya nada será igual. Y si pasa (porque las cosas pueden pasar) no sabrá igual. A pesar de tus quejas y pataletas el mundo seguirá girando, buscando otras emociones en otras personas que viven su momento con intensidad. El tuyo (para ti que regresas a buscar lo que no encontraste o no supiste buscar) ya pasó.
*Imagen: wradio.com.ec

Monday, August 03, 2015

Rayuela y otras lecturas


Aaaah. Por fin la paz que dan unas vacaciones. Una pausa grande en el trabajo. Y a leer. Sí. Vacaciones para la lectura. Que está atrasada. Tantas veces postergada por las tareas técnicas pendientes. Una pausa. Ha llegado.

¿Qué tengo pendiente? Revelaré lo que estoy leyendo. No lo que he leído ya este año. Por primera vez “Rayuela” de Cortázar. Incluyeron retazos en la temporada de julio del Club de Lectura y me propuse, por fin, leerla de cabo a rabo. Como lo indica el segundo modo, es decir, comenzando en el Capítulo 73.

Leyendo así esta obra, y tal como estoy acostumbrado a leer, en realidad nunca se cuánto del libro he leído. Voy por el Capítulo 28 y podría ser que fuese por la mitad. Podría ser, tratándose de que el primer modo de leerla son los primeros 56 Capítulos. Quizás.

Ayer estaba en una librería y una mujer suspiraba por “Rayuela”. Decía que la buscaba con vehemencia. En la librería le dijeron que ayer anduvo un ejemplar por los anaqueles. Pero fue descubierto y adiós. Era la edición de Biblioteca Ayacucho.

Yo tengo la de Alfaguara, la conmemorativa del 50 aniversario. La compré en 2013 y en la librería habían muchas. Ahora no hay ninguna, en ninguna librería de Caracas. Probablemente del país, ¿quién sabe? La crisis ha pegado hasta en las librerías. Hay poca oferta y muchísima demanda de algunos títulos (hablo de ficción, no de best sellers).

Y “Rayuela” es una novela que ya cumplió 50 años y la gente la sigue buscando, la sigue leyendo, la sigue comentando, la sigue criticando, para bien o para mal. Yo no se si Cortázar se imaginó que esto iba a suceder tanto tiempo después.

La novela es una historia loca de amor. Pero a la vez es muchas otras cosas. Cada quien le encuentra un filón del cual sacarle material. A mí hay días que me gusta mucho. Hay otros que no la quiero ver porque me aburre. La dejo descansar y luego voy corriendo a buscarla porque hay cosas que me hacen falta. Y pensando que voy por la mitad ya la empiezo a extrañar porque no quisiera que terminara. Quisiera tenerla allí, a mi alcance, por mucho tiempo. Y aburrirme de ella, y volverla a buscar. Así son las buenas lecturas.

Aparte de “Rayuela” he comenzado, que no terminado, unas cuantas novelas. Tantas como nunca antes en mi vida. Las hay que han adelantado y las he terminado. A esas no me voy a referir. Sino a las que van a la par, adelante y atrás de “Rayuela”. Son diferentes, y al ser diferentes hacen que no me pierda en las tramas.
Es una cantidad tal que alcanza para copar todo este año de lecturas. Lo que no es seguro es que sean esas las que termine leyendo, porque sigo yendo a librerías, y encontrando cosas que me enamoran, y que terminan adelantándose a las de la fila.

De ficción están los cuentos de Augusto Monterroso, de Haruki Murakami, de Horacio Quiroga, los “Diez cuentos” de Guillermo Meneses, “Sobre la belleza” de Zadie Smith (me encanta leerla por partes), “Los Subterráneos” de Jack Kerouac, “Diario de un emigrante” de Miguel Delibes, “El gran Gatsby” de Francis Scott Fitzgerald, “Contigo en la distancia” de Eduardo Liendo.

Una antología de cuentistas canadienses (25) que incluye, entre otros autores, a Alice Munro, Alistair McLeod, Bárbara Gowdy, Austin Clarke, Margaret Atwood… Muy buenos los que he leído. Un gusto de lectura esta compilación.

Hay una novela grande, del autor chino Ma Jian, que se llama “Pekin en coma”. Es larga, más de 600 páginas, y esa sí creo que hay que leerla solita, porque la trama se presta para ello. Un estudiante chino que manifestaba en la plaza de Tiananmen y es herido de bala en la cabeza, dejándolo en coma. A partir de allí, el joven se hace prisionero de su cuerpo inmóvil, más sus recuerdos permanecen, y él los revive: las mujeres que amó, su padre, los libros que despertaron su pasión literaria. Ya ven que no es para interrumpirla.

Y si me doy una vuelta por la biblioteca voy a ir encontrando unos cuantos libros sin leer que darían para un año más.

Así transcurren mis días. La literatura es una pasión que nunca termina. Y nos enseña tantas cosas a la vez. Un abrazo a los que aún permanecen por estos lares de Dios.

Saturday, July 11, 2015

Encuentro casual


Entro al bar. Fuera lloviznaba. El aire acondicionado enfría aún más las gotas que tengo prendidas en la ropa y en el cabello. Me sacudo mientras camino hacia la barra. Muchas risas alrededor. Conversas de alto volumen por doquier. Veo caras que no reconozco en la penumbra. No se alcanza a entender a nadie porque ante tanto ruido y bajo la influencia alcohólica todos gritan al unísono. Fragorosa la escena en el momento de mi entrada.

Atravieso las mesas y por fin llego a la barra de madera, pasando entre las piernas de cerdo que cuelgan por todas partes. Hay un rincón donde estos jamones hacen las veces de barrera contra el ruido. Es en una esquina donde apenas hay dos bancos en la barra. Fui hacia allá con la mera intención de evadir tanto ruido y la esperanza de sentarme en alguno. Los dos bancos estaban vacíos a esa hora, cosa extraña. Unas copas a medio beber, una de ellas con pintura de labios, unas servilletas y una factura olvidada me indicaron que dos acababan de irse a otro sitio menos estruendoso. Quizá más íntimo.

Me siento y pido una cerveza. A esa hora ya no la sirven, me indica el barman. Me dice que pida otra cosa y no se me ocurre sino un whisky. Parece que ya es tarde.

Me quedo desde ahí mirando al barman y sus frenéticos movimientos mientras prepara con la rapidez del caso todo tipo de bebidas para la concurrencia que está en su momento más álgido. Las risas y los gritos lo certifican. Yo escucho un ruido uniforme gracias a la barrera de jamones colgantes. No logran amainar toda la bulla pero se agradece un poco.

Tengo ya rato sentado en la barra. Desde mi bunker contemplo lo que sucede en las mesas más cercanas a ese lado de la barra. Típicas escenas producto de la ingesta de alcohol. Corbatas ladeadas y a media altura, manchas de rouge en las hasta hace poco blancas camisas. Muchas risas y manos sueltas aquí y allá. El barman pasa a revisar como anda mi trago e intercambia algunas palabras, genéricas, como es de esperarse cuando se trata de alguien que no es habitual en el lugar. Que si la lluvia y la situación del país. Luego se marcha a seguir su trajín con las bebidas.

Estaba distraído con las marcas de las botellas de vino cuando sentí un roce, un delicado aroma perfumado y un ruido a mi lado. Se había sentado una dama. El barman voló a nuestro lado y se saludaron con confianza. El ya venía con lo que parecía una margarita. Hizo un gesto como de aprobación y ante un movimiento de cabeza de la dama se la sirvió, manteniéndole un tanto la mirada. 
Me hice el distraído observando el hielo de mi whisky pero no funcionó. Una vez que el barman se hubo marchado la dama continuó la conversa como si yo hubiese sido el interlocutor inicial.
¿Los temas? Los de siempre. Que la situación. Que cómo llegamos a esto. Que si habrá salida, ¿Qué opina usted? Así comenzamos un diálogo tibio, como corresponde a dos seres que no se conocen previamente. Hasta llegar a ese momento donde el nivel de alcohol en la sangre es capaz de derribar cualquier barrera. Y vaya que la derribó.

“Usted me da mucha confianza. Algo me lo dice.” Yo dije “gracias”. Y entonces no tardó el “tengo que confesarle algo…” seguido de una frase que me secó la garganta de un tirón: “Tengo una hija presa”. “¿?”

Tuve que atravesar un largo trago de whisky antes de soltar un “¿Cómo así?”. La historia fue larga y dura, contada entre lágrimas (algunas mías), retoques de maquillaje, ofrecer un pañuelo que no tenía, pedir servilletas que se agotaron en el lugar y en el país, whiskies que van y margaritas que vienen. La dama se fue liberando de algo que tenía atravesado por dentro, muy apretado. Un dolor inmenso. Muchas lágrimas de por medio. Como las que ahora brotaban con algunos intervalos de conversación. “¿Puedo tomar su mano” me pidió con respeto. “Es que necesito agarrarme de algo mientras le cuento”. Las manos que me sostenían y se sostenían eran suaves y firmes al mismo tiempo. Ahora, mientras hablaba, se percibían las vibraciones, la fuerza de los sentimientos.

Su hija protestaba pacíficamente cuando la detuvieron. Dentro de poco cumple un año tras las rejas. “Yo también estoy presa” dice la madre. Vengo y bebo para olvidar, para dejar correr la pena, pero mi corazón está allá, con ella, desde el día en que se la llevaron. Desde allí mi vida gira en torno a abogados, tribunales, documentos, visitas en su celda, compras de las cosas que necesita, preparación de la comida, procura del agua, elección de los libros que leerá.

“He oído y visto tantas cosas que alcanzaría para escribir un libro. En la calle, en el edificio donde vivo, en el tribunal de la causa, en la radio y la televisión, en la Universidad donde estudia mi hija, en la celda. Todos hablan. Todos dicen. Muchos callan. Amenazas (veladas y solapadas). Nadie sabe cuándo saldrá mi hija en libertad. Nadie me lo ha podido decir con certeza.”

Le digo que están soltando a muchos detenidos en estos días. Que tenga fe. Que todo tiene un final. Que cuando menos lo espere ya estará con su hija en la casa. “Dios te oiga” dice mientras me aprieta la mano. Apura su margarita y llama al barman para pedir la cuenta. Le digo que yo me encargo y lo agradece.

Se para y antes de irse me abraza fuerte. Escuché (o creí escuchar) algo así como un sollozo pero muy leve. Me dijo que nunca había entrado a ese bar antes de lo de su hija. El despacho del abogado que le lleva el caso está cerca y por eso ha venido varias veces a tomar sus margaritas. Que nuestro encuentro no fue casual. Que le transmití mucha paz. Yo la abracé más fuerte. Nos miramos a la cara, me dijo: “Bueno, adiós, me tengo que ir ya” y se marchó.


Fue muy emocional el encuentro. Tanto que no le pregunté su nombre. Ni el de su hija. Ahora estoy pendiente de las muchachas que liberan. Rezo por ellas. Me entero por twitter de las noticias. Y ruego a Dios porque se haya reencontrado con su hija en libertad. 

La vida sigue.

*Imagen: bebedoresmagazine.wordpress.com

Saturday, June 20, 2015

Lecturas actuales


Estoy bajo los efectos de una tormenta de libros. Formo parte de un grupo muy especial de lectura con el que nos paseamos por un autor al mes.

Comenzamos hace dos meses por Federico Vegas, que me sorprendió gratamente con sus cuentos y muy especialmente con su novela “Falke”, una historia basada en un hecho real de unos jóvenes venezolanos que se propusieron asaltar las costas venezolanas e iniciar un movimiento armado dedicado a sacar del poder al dictador de turno, Juan Vicente Gómez.

En el grupo leemos pasajes de la novela y los cuentos, lo discutimos entre todos, generándose un ambiente muy bonito, donde la literatura es lo que priva.

Pasamos luego a Jorge Luis Borges, a quien no había leído previamente y fue todo un descubrimiento.

Al mismo tiempo, y mientras cumplo con las actividades pautadas en el club, leo mis propios libros de cuentos, de autores como Horacio Quiroga, Guillermo Meneses, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, un libro de compilación de cuentos de autores canadienses que incluye, entre otros a Alice Munro.

Los cuentos son algo muy bonito y cuando se hacen bien, como diría Cortázar, quedan redondos, esféricos. Como los de Quiroga y de Cortázar.

Cuando me vuelque a escribir, quisiera hacerlo en este género tan fascinante y difícil. Antes debo leer muchísimo, que es la mejor manera de aprender a redondearlos. Leer y releer. Luego escribir y corregir. Ahí está la clave.

“Hombres sin mujeres” es el nombre del libro de Haruki Murakami que ha editado Tusquets en español. Son 7 historias que narran con maestría las emociones humanas, los sentimientos, la soledad, como sólo el Maestro puede hacerlo. Voy leyendo poco a poco, que es la mejor manera de degustar estos libros, y los buenos vinos. Ya llevo dos, “Drive my car” y “Yesterday”. El libro promete.

Estuve hace unos meses en una librería, y entre todo lo que había me llamó la atención un libro de James Salter llamado “Todo lo que hay” (Anagrama). Lo tomé del anaquel y comencé a leer su primer capítulo. Me gustó mucho pero no lo compré por no tener dinero suficiente. Decidí esperar. Dos semanas tal vez. Cuando regresé, decidido a comprarlo, ya no estaba. Hablé con el librero y me dijo: ese libro se lo llevó Oscar Marcano (notable escritor venezolano). 

Me había imaginado que iba a pasar alguien y se iba a fijar en él. En el ínterin, pasé un día a saludar y vi a Rodrigo Blanco Calderón (otro escritor muy bueno) adentro. Pensé que se lo iba a llevar y yo aún no podía comprarlo. Regresé al día siguiente y el libro seguía allí, como el dinosaurio de Monterroso. Y me confié. Ahora no se si alguien lo tenga en oferta en Caracas. A veces pasa. James Salter, por cierto, murió hace cinco días.


La lectura, como ven, no para nunca. A pesar de tener que invertir tiempo en mi trabajo, me encargo de que la literatura no quede nunca en segundo plano. Porque para mí es una tabla de salvación ante la realidad que nos agobia. Y no se sabe dónde está la frontera entre lo que lees y lo que vives. Como el hombre aquel que al despertar no sabía si era una mariposa soñando que era un hombre o un hombre que había soñado ser una mariposa.

Sunday, May 24, 2015

La señora de la guadaña


La tristeza me toca de cerca cuando me entero esta semana de dos amigos que se han ido, hecho que me recuerda que si algo tenemos bien cerca, aunque no queramos mirarla, es la muerte.

La señora de la guadaña también se ha llevado la misma semana a un médico oncólogo infantil en un hecho trágico, atribuido en principio a la delincuencia. Cuánto daño hacen cuando se llevan a personas valiosas, que luego hacen falta a tanta gente que las necesita para, y como en este caso, lidiar con la enfermedad. Eso pasó con el galeno y con uno de mis amigos, que entre otras tareas, tenía la de llevar a su esposa a la terapia donde se recupera de un accidente cerebro vascular. Ella vive sola, y así le tocará ir a la terapia. Los niños del hospital, que adoraban a su médico, ya no podrán verlo más. Seguro alguien les cambia la historia, para evitar el impacto emocional. Así las cosas, ellos nunca sabrán que se los han quitado para siempre. Ni porqué.

Hay otra historia que no es de muerte, que sí de separación. La de los amigos que se van del país. Cada vez son más. Y así nos vamos quedando sin generación de relevo. Ahorita mismo, los que quedamos hacemos malabares. Enseñamos a los más jóvenes. Pero ellos no están pendientes de hacer una carrera aquí. Hacen las diligencias administrativas y legales que son requeridas para cuando llegue el momento, la llamada, o el correo con la señal de partida, que los hará marcharse y separarse de la familia. Es preocupante cuando son tantos. Y saber lo difícil que será recuperarse si alguna vez las cosas llegasen a cambiar.

En estos días también llovió. Fueron dos los días. La lluvia mojó un poquito la tierra seca de tanto tiempo. Amainaron los incendios forestales. Un poquito de agua cayó del cielo para limpiar el aire denso del humo de los incendios. Y de una arena que, según dicen, vino del Sahara, a través de una tormenta que la subió, y del viento que la ayudó a cruzar el océano hacia estas tierras. La lluvia cayó y volvimos a ver El Ávila con transparencia. Algo que ya se extrañaba. Antes de eso, se veía como se ve a través de un vidrio sucio. La tierra aprovecho para mojarse. Las hojas de las plantas para reverdecer un poquito.

Hoy fui al cine. Había bastante gente allí. Se sigue confiando en el celuloide como entretenimiento. No había película de drama en exhibición. Tocó ver una de acción. Un tanto fantasiosa. A lo James Bond. Igual uno se divierte con el niño que aún le queda dentro. Curiosamente, el final de la película es una despedida a uno de los actores que murió durante el rodaje. De nuevo la muerte y sus afiladas garras, dejando huella. En la cinta hay muchos accidentes de auto donde nadie sale mal. Unas pocas magulladuras, la ropa rota y uno que otro raspón. Pero la realidad es otra, menos fantasiosa, y el protagonista muere en un accidente de auto. De aquel lado (el de la fantasía) pudo sobrevivir a aparatosos accidentes. De éste (el de la realidad) no pudo salvarse.


Tenía un amigo, ya fallecido, que cuando era pequeño sus padres lo dejaban mucho tiempo solo en casa, con la única compañía del televisor. Lo dejaban encendido en un canal donde pasaban su programa favorito de comics: Superman. Tanto le gustaba que un día sacó una toalla roja de la alacena, se la amarró al cuello y saltó por la ventana del apartamento. Por fortuna vivía en el primer piso. Igual, fue forzoso el aterrizaje. Resultado: ambulancia, hospital, médicos y diagnóstico. Se desprendió el bazo. Pudo salvarse. Esa tarde, la señora de la guadaña perdió una batalla. Al menos una.

Saturday, April 18, 2015

Aristas que se extravían


Como cuando pierdes un bolso y con el tiempo es que te vas dando cuenta que algunas pertenencias que ya no encuentras estaban dentro del mismo. Así me pasa con mi papá. Hay días que amanezco pensando en cosas que me gustaría conversar con él y tarda un tiempo para darme cuenta que ya se fue.

Cuando voy a visitar a mamá me vuelve a pasar. Estoy cerca de la puerta y lo siento abriéndome, hasta que caigo en cuenta que es mi hermana, y aún así espero que aparezca detrás de la puerta. No asimilo que ya vuela en paz por otros cielos. Eso cuesta un poco.

Extraño mucho el hecho de que él siempre tenía ese punto de vista en el que yo no había pensado en cualquier asunto de la vida. Esa otra arista no explorada.

Ahora busco otras alternativas cuando quiero indagar en ese punto negro que no puedo ver a simple vista.

Cuando tengo un problema que quiero ventilar para ver opciones, lo más interesante que se me ocurre es recurrir a las mujeres, porque ellas tienen un esquema mental distinto al de la mayoría de los hombres. Y siempre encuentran un lado no explorado que podría dejar una buena solución al problema planteado.

Es fácil deducirlo con un ejemplo. Te piden ellas que le busques unas llaves que tienen en la cartera. Metes la mano y encuentras todo menos las benditas llaves. Basta que ellas se medio acerquen y estiren la mano y suenan las llaves que, aunque te hayas convertido en pulpo, no podrías siquiera hacer sonar. Así son ellas. Cóncavo y convexo. Marte y Venus.

Siempre hay una arista que no se te presenta a primera vista. Una arista a la que le encanta esconderse, a sabiendas de que es ella, precisamente, la pieza que le falta al rompecabezas de la situación planteada.

Mi papá solía encontrarla. Parecía saber siempre dónde era que yo no había registrado. Bastaba con plantear la situación, y en pocas palabras, las interrogantes que te iba dejando, para que el fuese rellenando espacios y resolviendo el crucigrama. Eso cuando no iba directo al grano y de un plumazo te planteaba la escena con todos los detalles.


Creo que esa sapiencia viene con la experiencia, con los años, con lo vivido. Mientras, queda seguir aprendiendo a deducir, a remover alguna pieza que parecía encajar (a veces pasa), a mirar hacia ese ángulo desconocido que no se dibujó en las primeras de cambio. O a recurrir a palabras de sabio, que deambulan por todas partes, muchas veces sin ser advertidas por la mayoría.

Papá ya no está para preguntarle.

Sunday, March 22, 2015

Divagaciones en medio de la crisis

La época que vivimos en la actualidad de Venezuela podría ser catalogada como una crisis. Se sabe que se está en crisis cuando no sabes a ciencia cierta qué va a pasar al día siguiente con nada.

Hay cosas que sí se saben. Seguirá habiendo impunidad en el crimen. Los presos políticos seguirán presos. Los precios de la comida seguirán subiendo. Habrá escasez de algunos rubros básicos para la vida. Y así. Pero al mismo tiempo vives rodeado de una incertidumbre general que no se pasa.

En ese estado de las cosas, trato de seguir viviendo en una normalidad que ya tiene aspecto de nube. De sueño. En medio del frenesí, trato de despejar las incógnitas que se me presentan sin caer en el hastío ni el frenesí. Trato de seguir viviendo en un estado ideal de las cosas mientras pienso en el próximo paso, que muchas veces tarda más tiempo de lo que el entorno espera. A veces tanto, que ni yo mismo sé si me estoy quedando atrás. 

Veo gente correr, irse del país, cambiar de ramo de negocio, de partido político, es decir, veo gente desdoblarse de diferentes maneras, hacer millones de diligencias burocráticas que los preparen para un hecho eventual de sus vidas que no parecen tan seguros de ver con nitidez, mientras yo sigo pensando, y haciendo cosas muy pequeñas, quizás imperceptibles para la masa, dejando que la arena decante poco a poco para poder ver bien lo que muestra el camino.

Siento que voy bien. Algo me lo dice. Pero es algo que no se puede explicar fácilmente.

Mañana es lunes. Volveré a la rutina del trabajo. Cumpliré con mis propósitos a corto plazo. Mientras sigo pensando en lo que me depara el destino. A mí y a los que me rodean.

Estoy escribiendo poco. Mi otro yo Ingeniero es el que tiene la batuta, el dueño de la casa corporal y mental. El otro yo contempla agazapado. Sopesando ideas. Quitando un poco de peso aquí y allá, para que el deseo de escribir no se convierta en obligación. Escribiendo párrafos en el silencio, aún sabiendo que de no plasmarse pronto, correrán el triste destino de ser olvidados (de repente, quizá algún día recordados aguas abajo).

También leo. No importa lo que pase, no dejo de leer. Y de buscar material para que la llama de la lectura no se le ocurra agotarse en medio de la crisis. Afortunadamente hay material suficiente. Gente que se va y deja los libros en librerías de viejo por evitar el sobrepeso. Gente que vende libros que se han ido quedando en el estante a buenos precios. Novedades que, aunque poco, siguen llegando. Para cubrir lo anterior me obligo a visitar muchas librerías. Y en todas hay sorpresas. Eso está bien.


Un abrazo a los que aún se acercan a esta casa virtual que no se cierra nunca.

Saturday, February 28, 2015

Kluivert


Kluivert se llama aquel famoso ariete del Ajax, legendario club holandés. Aquel jugador que la tarde del 24 de mayo de 1995 marcó el único gol de la final Ajax-Milan de la Copa de Campeones de Europa (hoy llamada La Champions) con apenas 18 años de edad. 

En aquella época yo era fanático de un Ajax plagado de jugadores fantásticos que jugaban el futbol total de Louis Van Gaal y que luego brillarían en diferentes equipos europeos. Hablo de un equipo que tenía en sus filas a Kanu, Edgar Davids, Seedorf, Rijkaard, Van der Sar, Litmanen, Finidi George y Marc Overmars. Nunca vi otro club como ese y nunca olvido ese golazo de Kluivert.


Kluivert también se llamaba un niño, fanático del club de futbol Deportivo Táchira de San Cristóbal (Táchira, Venezuela). Un joven estudiante de 14 años de edad que fue asesinado vilmente por un policía durante una manifestación en San Cristóbal.

De acuerdo con los vecinos del lugar donde le dispararon, Kluivert, estudiante de segundo año de bachillerato y Boy Scout en su tiempo libre, ayudaba a una joven estudiante que había sido herida por perdigones. En ese momento llegó la policía disparando a los que se encontraban allí. Todos corrieron pero a él no le dio tiempo sino de esconderse debajo de un carro, donde fue descubierto y sacado por el agente que, pese a sus ruegos, le disparó a corta distancia, ocasionándole una herida mortal en la cabeza.



Kluivert fue asesinado por un policía que no estaba bien entrenado, porque a corta distancia los disparos de perdigones tienen efecto de balas. Un policía que actuó con saña y alevosía porque se trataba, a todas luces, de un adolescente desarmado. Una canallada.

Los jóvenes a los 14 años (y lo digo porque lo fui, porque tengo hijos y porque actualmente convivo con una) están llenos de sueños. Hablan de lo que quieren ser. De sus primeros amores. De sus relaciones. De sus descubrimientos de la vida. Preguntan mucho a la gente de confianza. Piensan mucho. Sueñan mucho.

Al Kluivert venezolano no le dieron tiempo de nada. Y no es como dicen algunas autoridades, que ahora hay dos víctimas, porque si eres policía se supone que tuviste un entrenamiento. Que sabes de balas y de armamento. Que sabes de control de manifestaciones. Que sabes diferenciar a un adulto de un niño. Por eso no hay dos víctimas. La víctima es Kluivert. Y los dolientes somos todos los padres conscientes del mundo. Porque Kluivert también es nuestro hijo. Y sentimos mucho el no haber estado allí para protegerlo del monstruo que lo atacó sin piedad. Un pobre ser que ya nunca tendrá paz.

De ahora en adelante cuando escuche decir Kluivert, van a ser dos los recuerdos: el del jugador holandés estrella que nos puso a soñar en 1995 y el del niño venezolano que nos quitaron vilmente, sin darle tiempo a soñar, en el 2015.

*Créditos de las imágenes: Patrick Kluivert por TNTN Photos (www.tntnphotos.com). Infografía: Runrunes Web (runrun.es). Joven protestando frente al pelotón: Caraota Digital (www.caraotadigital.net).

Sunday, February 08, 2015

Gota a gota


Los días pasan muy lentamente en una calma que nos remite al ojo del huracán. Sabemos que todo alrededor se mueve vertiginosamente. Que todos los días pasan cosas que marcan y que poco a poco le van dando forma a la situación del país.

Somos parte en la medida de que lo que hagamos contribuya a cambiar el statu quo. No parece probable que cualquier acción pueda cambiar la situación pero sí que se puede porque existen las reacciones en cadena.

En la medida que todos rememos en la misma dirección de bienestar, en esa medida las cosas van a ir cambiando. Y lo noto en el ambiente. Hay situaciones negativas que son muy difíciles de mantener por el mismo hecho de que son insostenibles en el tiempo. Los que tienen la sartén agarrada por el mango te hacen ver que están sólidos en sus posiciones pero los acontecimientos cambian y poco a poco te dejan ver sus pies de barro. Todo muta, lenta e inexorablemente, pero muta.

La señora va entrando a su condominio. Baja el vidrio para accionar el mecanismo de apertura de la barrera. Salta un maleante armado desde la oscuridad y la sorprende. “Dame el teléfono móvil” le indica en su jerga de calle. La dama, sorprendida, reacciona según su espíritu de guerrera: “¡No te lo voy a dar, anda a trabajar!” (Esos momentos no dejan mucho tiempo para pensar y reaccionamos casi exclusivamente con el instinto). El hampón desespera y se ofusca antes de responder como solo él sabe hacerlo: “¡Este es mi trabajo, maldita!”, seguido de un fogonazo y una detonación. Mata a la señora y desaparece en las mismas sombras de donde había surgido. Luego lo que sigue: alguien grita, alerta, se acercan a constatar. Y si. Lo que nos imaginamos. Lo que no debe pasar y sigue pasando. Lo que nadie parece poder impedir.

Otra escena. Autopista en hora pico. Calor. Desesperación por el tráfico. De repente un conductor se detiene. Abre la puerta y sale a la calzada. Pienso que hay un incendio en el motor por sus movimientos hacia la parte delantera del auto. Se agacha. Cuando se levanta tiene una enorme iguana en sus brazos. Muy grande. Yo no me hubiese atrevido a cargarla. Parece como recién salida de un Jurassic Park. Desde el borde de la autopista la deja caer con suavidad en la margen del río. Yo aplaudo desde mi carro. Muchos veían atónitos la escena. Hombres como éste son los que se necesitan en este momento.

Dos sucesos, dos reacciones, dos marcas, una negativa y otra positiva, sobre la misma tierra.


Me dicen que a pesar de convivir en el mismo pedazo de tierra no somos iguales. Y si, es verdad, pero se puede convivir socialmente, con sus normas. No es difícil. Está probado. Debemos seguir remando en la dirección correcta. Cada día van a seguir pasando cosas que cambiarán la situación. ¿Lento? Sí, pero seguro.
*Imagen: vaticano en www.panoramio.com

Saturday, January 24, 2015

Leer en la librería


Leer en la librería es un verdadero placer dentro del placer que ya es el mero acto de leer. Es como comerse la jugosa cereza que adorna en el tope a la exquisita limonada frappé.

Es una costumbre que adquirí en las extintas librerías “Borders” en Estados Unidos. En ellas había plenitud de sillas y sofás donde podías sentarte y leer todo el día hasta la hora del cierre si era tu gusto, con música de fondo y sin obligarte a comprar ningún libro.

Sabido es que el que entra a leer en una librería y se engancha con algún texto, no va a permitir que el placer termine cuando sea la hora de cierre del lugar, y hará todo lo posible con hacerse del ejemplar que tiene en la mano. Dicho esto así confieso que muchos de mis fines de semana en Houston se circunscribían a pasar el día en “Borders” inmerso en alguna buena lectura aderezada de un café y uno que otro muffin de banana.

Cuando te sientas en el sofá y te zambulles en la lectura, son muchas las cosas que te ocurren: yo leo poniendo voces tanto a los personajes como al narrador si fuese el caso. Entre esas voces del universo paralelo a veces se entremezclan las de los asiduos a la librería, que hacen comentarios que a veces son muy interesantes, tanto que te sacan de la atmósfera de lectura y terminas entablando un diálogo sobre un autor o un libro que complementa lo que ya sabías del mismo. Esas tertulias no tienen precio y cuando ya retornas al libro, como venido de un intermedio, la aventura de retomar la lectura es mucho más bonita. Eso cuando retornas porque a veces la tertulia se extiende y se alimenta de otros actores que se unen a la misma y la enriquecen, y aprenden, y aprendes mucho de las percepciones de otros sobre un mismo libro, lo cual más de una vez te lleva a la relectura.

Por esas y otras razones adoraba pasar el día en “Borders” y lamenté bastante su partida. Aquí en Venezuela la aventura es diferente. Claro que me sigue gustando leer en las librerías pero siento que no es tan permisivo como en Houston. Hay librerías donde simplemente no puedes entrar con un libro tuyo, ni siquiera cuando se sabe que el mismo no se encuentra exhibido en los anaqueles de la misma o ni siquiera ha llegado al país.

A veces aplico el truco de continuar la lectura del libro decomisado en la puerta con otro ejemplar del mismo tenor que sé que se halla en los anaqueles, y al salir de la librería lo que hago es cambiar el “marcalibro” de página. A veces es mucho lo que avanzo y otras veces es poco, dependiendo del interés por el libro, de la existencia o no de lugares para sentarse (no siempre los hay) o de un insistente “¿lo puedo ayudar en algo?” del empleado que persigue el objetivo de que te decidas a comprar la lectura y no a aprovecharte de leerlo sin pagar.

Hay librerías donde sí son bienvenidos los que entran a leer, bien sea trayendo su propio libro (que sí lo dejan pasar) o que lo tomes del anaquel. No hace ninguna diferencia que leas el tuyo o el de ellos que muchas veces termina siendo tuyo porque te niegas a separarte. Ellos parecen saberlo y han introducido hasta la máquina de café espresso como en “Borders” lo cual merece un caluroso aplauso (Librería LC). 

Hay una librería que tiene un sofá pequeño y muy acogedor, pero juraría que está encantado, porque apenas te sientas traspasas el agujero negro espacio-tiempo (como en la película Interestelar) y caes en un sopor del que no te recuperas sin un sueño muy placentero mientras el librero se ríe de saber que has caído una vez más en él. Cuando despiertas no quieres sino seguir leyendo hasta traspasar de nuevo la frontera invisible del sueño. Eso pasa en la “Noctua”.

Y así, cada librería tiene su encanto, llámese librero, la excelente música de fondo, el público asiduo y amante de los libros, la ventana a un jardín hermoso que evoca otros lugares, la atmósfera de biblioteca pública, los sofás, el café espresso en taza de porcelana o la mayoría de público femenino (o masculino). Usted decide lo que le gusta más para acompañar su lectura.


Yo por mi parte ya siento que es un vicio ir a leer dentro de sus recintos, que es algo que me gusta mucho y me separa de esta dura realidad que a veces nos ahoga y no nos deja respirar. Y ya usted sabe que donde le permitan leer sin acoso, es allí donde debe ubicarse y engancharse en la lectura de su libro favorito.

*Imagen: http://stormberry.blogspot.com/

Saturday, December 27, 2014

Mis lecturas del 2014


De nuevo escribo este post donde reseño los títulos que pude leer en el 2014 que ya finaliza.

La elección de cada uno obedeció a causas diversas pero al final creo que me he nutrido bastante con esas páginas que los autores han plasmado con la esperanza de que sean leídas por nosotros en algún momento.

Este año pude leer 41 libros, hermosos en su mayoría. Estos libros me llamaron desde los anaqueles de diferentes librerías de Caracas y Bogotá. Gracias enormes a los libreros amigos que no escatimaron el tiempo para conversar conmigo sobre los contenidos y los autores. La verdad es que uno se enriquece con esas valiosas conversaciones con ellos en las que termina creciendo el amor por los libros y por el acto en sí de leerlos.

¿Cuál fue el que más me gustó este año? Escogerlo es difícil, pero siempre doy preferencia a aquellos relatos que me hicieron vibrar más, con una narrativa inteligente que terminó involucrándome en las tramas y en los sucesos. Eso es lo que más me gusta de un libro y la elección no tiene nada que ver con el prestigio del autor o del libro en sí.

No pude escoger un solo ganador este año, quedándome con tres, que son: “Némesis” de Philip Roth (Mondadori, 2011), “Vida de Motel” de Willy Vlautin (La otra orilla, 2007) y “Realidades de humo” de María Zaragoza (Belacqva, 2007). Tres libros verdaderamente extraordinarios, que lograron su cometido de hacerme desaparecer de la realidad entre sus líneas y me hicieron involucrar profundamente en otras vidas de ese universo paralelo en que deviene la literatura.

Mención especial es para los dos libros de Herta Muller que leí, “En tierras bajas” (Siruela, 2009) y “El hombre es un gran faisán en el mundo” por su prosa poética, que cautiva, y por la valentía de la autora para contar de una forma delicada lo que vivió en carne propia en la Rumanía de Nicolae Ceausescu.
                                       
¿La lista (de los que terminé de leer)?

“La ley del cuerno”. Juan Villoro et all. Punto Cero, 2011.

“La tormenta”. Germán Castro Caycedo. Planeta, 2013.

“Los peces no cierran los ojos”. Erri de Luca. Seix Barral, 2012.

“Operación Pablo Escobar”. Germán Castro Caycedo. Planeta, 2012.

“Simonovis. El prisionero rojo”. Iván Simonovis. Cyngular, 2013.

“Matrimonio por interés y otros relatos”. Mijail Zoschenko. Acantilado, 2005.

“Así es como la pierdes”. Junot Díaz. Vintage, 2013.

“Caracas muerde”. Héctor Torres. Punto Cero, 2012.

“Realidades de humo”. María Zaragoza. Belacqva, 2007.

“Octubre en Pekín”. Santiago Gamboa. RandomHouse Mondadori, 2001.

“Pasaje de ida. 15 escritores venezolanos en el exterior”. Silda Cordoliani (compiladora). Editorial Alfa, 2013.

“Un fantasma portugués”. Miguel Gomes. Otero Ediciones, 2004.

“La herencia de la tribu”. Ana Teresa Torres. Editorial Alfa, 2010.

“La verdad sobre el caso de Harry Quebert”. Joel Dicker. Alfaguara, 2013.

“Pedro Páramo”. Juan Rulfo. R. M. Verlag, 2013.

“Los maletines”. Juan Carlos Méndez Guédez. Siruela, 2014.

“El lobo estepario”. Herman Hesse. Alianza, 2010.

“Ensayo sobre la ceguera”. José Saramago. Santillana, 2013.

“Vida de motel”. Willy Vlautin. La otra orilla, 2007.

“Morir para contarlo”. Julio Fuentes. La esfera de los libros, 2002.

“Sexygirl”. Mario González Restrepo. Editorial Norma, 2007.

“Hot Sur”. Laura Restrepo. Planeta, 2012.

“Mamá”. Joyce Carol Oates. Alfaguara, 2010.

“Hacerse el muerto”. Andrés Neuman. Páginas de Espuma, 2011.

“En tierras bajas”. Herta Muller. Siruela, 2009.

“Perdidos en Frog”. Jesús Miguel Soto. Lugar Común, 2012.

“Ruedalibre. Crónicas Inoxidables”. Salvador Fleján. CEC S.A., 2014.

“Ojalá Octubre”. Juan Cruz Ruíz. Alfaguara, 2007.

“Espejo retrovisor”. Juan Villoro. Seix Barral, 2013.

“Mientras cenan con nosotros los amigos”. Avelino Hernández. Candaya, 2005.

“Dinero fácil”. Hensli Rahn. Libros del Fuego, 2014.

“El tiempo entre costuras”. María Dueñas. Planeta, 2009.

“Camino de Los Ángeles”. John Fante. Anagrama, 2002.

“Indignación”. Philip Roth. Random House Mondadori, 2009.

“En medio del blanco”. Kira Kariakin. Oscar Todtmann, 2014.

“Complicada bondad”. Miriam Toews. Anagrama, 2007.

“Contraespejismo”. Eduardo Liendo. Alfaguara, 2007.

“El juego de Ripper”. Isabel Allende. Penguin Random House, 2014.

“Némesis”. Philip Roth. Mondadori, 2011.

“El matrimonio de los peces rojos”. Guadalupe Nettel. Páginas de Espuma, 2013.

“El hombre es un gran faisán en el mundo”. Herta Muller. Siruela, 2009.

Libros muy interesantes, algunos clásicos de la literatura, un poemario, ficción, crónica, testimonios, anécdotas de viajes, thrillers, estuvieron en mi elección de este año.

Decidir sobre los ganadores, difícil como siempre, porque es complicado escoger entre muchos libros buenos.

La invitación es a seguir leyendo, en la medida de lo posible. Tengo mucha ilusión con los títulos que intentaré leer en el 2015. Ya les contaré en su momento. Un gran abrazo a todos y mucho éxito en sus propuestas para el 2015.

Anexo el link con los elegidos en el 2013.