Wednesday, August 28, 2013

Los Roques

Está ubicado a apenas 150 km al norte de Caracas. Siempre había escuchado sobre sus maravillosos paisajes pero nunca había encontrado el momento para ir.
Hasta que llegó el momento deseado. Y nos encontramos con esta belleza.


El Parque Nacional de Los Roques tiene la gama más amplia de azules y verdes del mar que mis ojos han visto. Un archipiélago formado por más de 42 islas, en el que nadie sabe cuál es la más bella de todas.
Apenas estuvimos tres días, los cuales fueron suficientes para conocer seis de las islas.


Aterrizamos en El Gran Roque, que es donde está el mayor asentamiento humano. Allí están todas las posadas para quedarse a dormir. Y de allí salen los botes a recorrer el archipiélago.

Ya desde el aire se advierte la exuberancia que nos espera abajo, los tonos de verde y azul, la blanquísima arena de coral. Todo pasa como en una película por la ventanilla del avión mientras estás en el aire. Una vez que pones pies en la tierra comienza el sueño.
Y digo sueño porque no te puedes creer lo bonito del paisaje. Te pellizcas mil veces a ver si despiertas de una vez, pero no, es real.


Enmudeces mientras observas los colores que van desde la blanca arena hasta el azul oscuro del mar en el horizonte.
Arrecifes de coral crean una especie de laguna interior que es el lienzo que contiene toda la vasta gama de colores que el mar puede ofrecer.


Estuve tres días en trance, con el rumor del oleaje como fondo, observando el horizonte desde diversos ángulos, interrumpido apenas por los graznidos de las aves pescadoras que están en todas partes.

Te pierdes en la frontera de lo real con lo onírico. No puedes creer lo que estás viendo. La enorme, descomunal belleza del paisaje marino. La magia de colores aderezados con la luz del sol.


Para el que quiera vivir la experiencia, está a apenas 30 minutos del Aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía. Deben llevar protector solar fuerte porque el sol es inclemente, sobre todo de 11 am a 4 pm. Traje de baño y sombrero. No se necesita de más. Todo está allí. En Los Roques.

Monday, August 12, 2013

Isla Saona


Caminar a pies descalzos por la suave arena que, en concesión, te permite hundir tus huellas y elevar el espíritu.

Levantar la vista al horizonte y perderte en turquesas, azules, verdes y plateados hasta el infinito.

Pellizcarte y darte cuenta que nada de lo que sientes, de lo que ves, de lo que escuchas pertenece a un sueño.

Existe, es el paraíso en la Tierra.

Sales de la arena y entras en el agua que, mirada así en vertical, muestra una total transparencia. Allí tus pies, allí los peces que se acercan curiosos y se alejan al menor movimiento. Allí una enorme estrella de mar que pinta de rojo el fondo arenoso.

Levantas la vista y es un cielo despejado, muy azul, salpicado de nubes blancas como algodón. Y el sol que pone la claridad. Y el viento que te sacude.

Te sumerges y el ruido del oleaje se suprime. El ocre del fondo y el verde alrededor. El sol penetra sin pedir permiso y lo alumbra todo.

Los sentidos en éxtasis. Asomas la cabeza en la superficie y contemplas la franja infinita de palmeras, los pájaros que emprenden vuelo, el hombre que corta un coco para ofrecérselo a una bella mujer.


Das gracias a la vida por todo lo que te da, y por permitirte estar allí, en la Isla Saona…

Wednesday, July 24, 2013

La química



Hay gente con la que uno se entiende mejor que con otra. No tiene nada que ver con la edad o con el sexo de la otra persona. Bastan pocas palabras para saberlo.

Si la relación con esa persona con quien la química fluye se mantiene en el tiempo, las formas de comunicación mejoran asombrosamente. Para ello basta una mirada, un guiñar de ojos, un roce, un codazo, una pisada, un aclarar de la garganta, un movimiento brusco. Todo empieza a tener un significado.

Cuando ocurre un encuentro, basta ver a esa persona a la cara para descubrir un mensaje que para otros es transparente. Con solo unos segundos de fijar la vista te enteras si pasó una mala noche, si tuvo una discusión o altercado con alguien o si hay algo que está ocurriendo y la está molestando.

Solo una mirada basta. Y el lenguaje corporal que uno va aprendiendo a descifrar con el tiempo. Allí se revelan los aspectos más resaltantes.

Claro que también la conversación está presente. Uno conversa para confirmar que el mensaje que llegó antes en clave era cierto. Conversa para pulsar puntos de vista sobre alguna situación de uno de los dos o de ambos. Conversa para escuchar la voz de la otra persona, que se hace tan necesaria.

A veces nos equivocamos pero casi siempre cuando conocemos a una persona, a primera vista sabemos si entre los dos hay o no hay química. Y cuando la hay esbozamos una sonrisa de saber que justo en ese momento puede que haya nacido, dependiendo de las circunstancias, una gran amistad.

Creo que nacemos con una especie de sensor para detectar a estas personas, y el mismo funciona de forma impecable, aunque a veces no le hagamos caso. No importa si entre la persona y uno no hay un idioma común, no importa si no hay un país en común y el encuentro es casual. Muchas veces la dejas de ver por años, y en el próximo encuentro sientes que siempre hubo la conexión del inicio, que siempre estuviste pensando consciente o inconscientemente en esa persona, y ella (o él) en ti. Que son lazos que se crean y nunca se destruyen, no importa los años ni la distancia.

A ese sensor debemos hacerle mucho caso, y abrirnos cuando tengamos frente a nosotros a esas personas especiales que conviven con nosotros en este planeta y se presentan de vez en cuando ante nosotros.


Brindo por esas personas que llegaron y llegarán a mi vida.

*Imagen: www-hoyrevista.com

Friday, July 12, 2013

Cuentos de aeropuertos


Hace casi dos meses iba a volar a Cumaná y en el trayecto hacia el aeropuerto de Maiquetía hubo un accidente con un camión. La suficiente pérdida de tiempo como para que, al apenas llegar, 55 minutos antes del vuelo, me dijera el funcionario de la aerolínea: “¡El vuelo está cerrado!”. Es decir, los vuelos los cierran una hora antes del tiempo pautado para el despegue, sólo que ése último tiempo casi no se cumple, y el vuelo puede demorarse una y más horas antes de partir.

La semana pasada volvía a Cumaná y ocurrió otro cuento de la cripta: vuelo pautado para las 8:30pm. A las 9:30pm informan por los parlantes que mi vuelo saldría a las 11:30pm, así, sin una disculpa, sin la presencia de algún funcionario de la aerolínea. Lo peor de todo es que, por cosas de la tecnología, un pasajero se enteró que presuntamente nuestro avión había sido desviado a Maracaibo (otra ciudad) y que al regresar es que nos íbamos a embarcar para ir a Cumaná. El desastre. Lo gritó a viva voz y provocó la ira y el desplazamiento de los pasajeros hasta la puerta desde donde embarcaría el de Maracaibo. Resultado: amenaza de motín, y vuelo que no sale ni a Maracaibo ni a Cumaná. Presencia de la Guardia Nacional, ánimos caldeados. Decido ir a comer algo porque si algún día llegaba a Cumaná, ya los restaurantes estarían cerrados. Resultado: apenas me fui llegó un funcionario de la Aerolínea y bajo amenaza de multa habilitó un avión para volar a Cumaná. El vuelo no fue anunciado finalmente por parlantes y partieron dos aviones, uno a Cumaná y otro a Maracaibo. Los pasajeros que, como yo, se alejaron del área del motín nunca se enteraron del despegue y nos quedamos varados en Maiquetía.

Antes de ayer volé de nuevo a Cumaná. Esta vez estuve dos horas antes del vuelo. No quería correr riesgos. Quince minutos antes de partir se me acerca una señora y me pregunta si por esa puerta sale el vuelo a Cumaná. Le digo que sí, que esa es y me pregunta si le dará tiempo de ir a comer algo. No sé qué responder. La señora igual se marcha a comer. En el ínterin, cambian la puerta de embarque, de la 10 a la 8. La señora no aparece. Nunca supe si llegó a enterarse del cambio.

Ayer regresé. Nos tocó un Boeing 737. Seis asientos por cada fila, tres a cada lado. Quedo en el medio de los tres de mi lado. Una joven muy simpática, de Maracaibo y un señor que se quedó dormido apenas se sentó. Resultado: amena charla entre dos. De Maracaibo, de las vicisitudes en los vuelos, de la vida. La vida. Me dice que está triste. Se acaba de separar de su pareja. Infidelidad. Todos los días él se pierde. Llega tarde y de mal humor. Nada de amor. No aguantó más mentiras. Abandonó el hogar. Le pregunto si se llegaron a casar. Me dice que no. Que ella ya estuvo casada. Y enviudó. “¿Y eso?”, le pregunto. “A mi marido lo mató su hermano”. “¿Cómo así?”. “Bueno, el hermano cayó en las drogas. Él trató de salvarlo. Primero por las buenas. Después por las malas. Pelearon un día. Afloró un cuchillo. Él llevó la peor parte. Fue asesinado por su propio hermano. Me dejó con tres niños. Ellos ya están grandes. El hermano está libre. Salió a los dos años de la cárcel. Ya no albergo odios. Tengo mis hijos y mi misión es velar por ellos.”


En ese mismo vuelo ocurrió otra historia. No todo es tan malo. Sobreventa de pasajes. Sobra un pasajero. Verificación por las azafatas. Si, falta un puesto. O sobra un pasaje. Deliberaciones. Solución genial por parte del Capitán. “Si algún niño quiere viajar en cabina…” (Muerto: ¿Quieres misa?). Aparece un candidato. Presto. Sin pedir autorización a su mamá, que también quedó fría con la decisión del chaval. Al final, ella acepta (ni más remedio). Chaval feliz a la cabina del piloto. No creo que haya algo que pueda hacer más feliz a un niño que viajar en cabina. Y a más de un adulto también le gustaría. Como yo, que siempre he querido y nunca he podido. El niño va hacia cabina dando saltos de alegría. La madre preocupada. Parte el vuelo. Hay muchas turbulencias por inestabilidad atmosférica. Maniobras del piloto. Extiende los flaps. Cambia de altura. Hace giros. Me imagino al chaval disfrutando. Al final del vuelo, cuando salgo del avión me encuentro al niño. Tengo que hacerme a un lado. La cara de felicidad no cabe en el avión. Son cosas que jamás se olvidan. Quizás allí nació un piloto de aviones.
*Imagen: Boeing.com

Saturday, June 29, 2013

Las penas



Hay seres humanos tan, pero tan frágiles que se protegen con una gran coraza. Y esa misma coraza puede hacerlos ver como seres insufribles, complicados, irascibles, amargados.

Ocurre que siempre hay algo que ha quedado, que viene de muy atrás, que los ha golpeado de manera tal que les ha sido imposible sobreponerse, levantarse con todas las de la ley para seguir su camino.

A veces no llega a saberse el pasado, sobre todo cuando el individuo es cerrado y se ha trasplantado a un lugar muy lejano a donde sucedió el hecho cumbre. Otras, el pasado se va reconstruyendo poco a poco, a partir de algunos gestos, de pequeñas muestras que van dejando a su paso. Porque si algo queda claro es que por más lejos que te muevas, los problemas van a ir allá contigo, y aunque no quieras ellos van a ir tratando de flotar, de formar parte de tu superficie.

Un gesto, una palabra, imágenes que salen y quedan, como tinta indeleble. Un tono de voz, un movimiento brusco. Hay cosas que nos delatan.

Lo mejor es siempre dejar que esos problemas que de alguna forma nos marcaron en un momento dado fluyan, salgan a la superficie. Y allí afuera, asumirlos, airearlos, dejarlos ir lentamente. Porque su hábitat no es precisamente la superficie. No soportan que se los asuma. El contacto con el rocío los reduce a su mínima expresión, a polvo cósmico. Y es entonces cuando salen a buscar otro rostro, otro cuerpo que los albergue, que los esconda, que los muestre disfrazados, que no los suelte ni los exponga.

Allí crecen nuevamente y son felices. Escondidos como están, limitados a salir, se expanden, toman otras formas, se encrespan, se disfrazan cuando salen al exterior accidentalmente.

Son como la ropa que no se seca bien hasta cuando decides tenderla al sol, exponerla a las miradas, sin miedo, sin penas, sin dolor.

Cuando se van de nosotros dejan el anuncio, somos y nos sentimos más libres, más seguros. 

Lo que antes nos hacía sufrir y llorar a escondidas ahora hasta nos hace reír al pensar lo tonto que fuimos resguardando y manteniendo por tantos años esa pena.

Y el viento se hace presente, las atrapa, se las lleva lejos, muy lejos…

*Imagen:www.lapizarradeyuri.com

Sunday, June 16, 2013

Los inicios en la lectura


Reconozco como mis inicios en la lectura, no aquellos cuando aprendí a leer sílabas y luego unirlas en palabras, no.
Esos fueron los primeros pasos. Después vino la etapa de leer todos los avisos que veía en la calle y así.

Pero el verdadero comienzo fue cuando dejé de mirar con recelo una serie de libros que había comprado mi padre en 1972, y decidí abrir uno de ellos a ver cómo me iba.  Era mi primer encuentro con la literatura de ficción.

En principio los libros se veían poco atractivos, sin imágenes (algo grave para un niño de diez años) y muchas páginas escritas. No soy el típico caso del padre que lee y guía a su hijo en el rito de iniciación. Mi papá leía, pero no ficción sino más bien libros técnicos, de geografía, historia, mitología, biografías. Libros cuya característica principal era que tenían muchas ilustraciones (mapas, retratos, esquemas) y que en cierta forma indicaban un aprendizaje.

La ficción era otra cosa. Era internarse en otros mundos, parecidos al nuestro o diferentes según el caso. Convivir con personajes como uno, o muy diferentes, darles vida, imaginarlos, ponerles una voz, una pose, un cabello, una creación que iba de la mano con la descripción del autor.

Y luego sufrir con los personajes, reír, llorar, saltar de alegría y vivir una historia que estaba siendo contada en paralelo.

El primero que abrí fue una bendición: “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain. Las aventuras de un joven como yo quería ser, amante de la libertad y en busca de aventuras. Fue amor a primera vista.

Luego vinieron, uno a uno, los otros: “Viajes de Gulliver” de Jonathan Swift, “Viajes de Marco Polo” de Olive Price, “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, “Moby Dick” de Herman Melville, “Ivanhoe” de Walter Scott, “La isla misteriosa” de Julio Verne y “Los cuentos de Andersen”, una recopilación de Hans Christian Andersen.

El décimo libro de la colección, “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas no lo leí. Mejor dicho, lo empecé a leer pero nunca me enganchó y al final lo dejé (y hasta el sol de hoy no he vuelto a él).

Me ha pasado con algunos libros que, una vez comenzados, no logran engancharme y decido dejarlos porque no hay química entre el libro y yo.

Haber vivido esos libros me convirtió en el lector que soy ahora. Puedo decir que entré a la ficción de la mano de Tom Sawyer. Hoy voy con Tengo Kawana y Aomame, de “1Q84”. Entre ellos ha pasado un sinfín de personajes, a veces interesantísimos como Holden Caulfield (El guardián entre el centeno), Sal Paradise (Jack Kerouac en La Carretera) o el Capitán Ahab de Moby Dick.


Leer ficción ha sido como tomar cerveza. La primera te parece amarga y despreciable, pero poco a poco te va embrujando entre burbuja y burbuja hasta que la empiezas a apreciar y saborear.

Tuesday, June 11, 2013

Encuentros


La conocí en Araya. Antes de que todo sucediera tuve la intuición de que algo como eso iba a pasar. En el momento no sabes con quién, ni cómo, mucho menos cuándo, pero hay algo que precede al encuentro.

Yo había venido por segunda vez a esta playa hermosa, fascinado por la variedad del turquesa y el verde que pone ante mis ojos el mar; por lo bonita que se ven las aguas en el mar tranquilo de la tarde; por la arena blanca que contrasta en la orilla.

Estoy solo, bajo una sombrilla grande, sentado frente a una mesa con una cerveza y dos libros haciéndome compañía. 

Mientras el sol baja y la intensidad del calor hace lo mismo, yo leo a ratos mientras contemplo la escena natural para grabarla nítida en mi retína. Me había llevado “1Q84” de Murakami y “Los platos del diablo” de Eduardo Liendo. Leía un poco de uno y algo del otro cuando escuché su voz a mi espalda.

“¿Que lees?”, inquirió. Por el tono supe que era mujer, y, acto seguido volteé a mirarla. Contemporánea, pensé. No me miraba a mí sino a mis libros. Se acercó hasta la mesa y tomó uno de ellos, hojeándolo mientras indagaba sobre mi lectura.

Yo no miraba los libros sino a ella, y escuchaba su hermoso tono de voz, al tiempo que respondía sus inquietudes. Me contó que también había sido seducida por la lectura pero que allí, en Araya, no eran muchos los libros que llegaban a sus manos.

Tomó una silla y en confianza se sentó a escucharme. Yo comentaba mis impresiones de cada uno de los libros, de mi sorpresa por el libro de Liendo, de mi admiración por Murakami, y ella escuchaba con atención.

Luego la conversación se extendió a otros temas de la vida, al amor. Y no sé porqué me sentí en confianza para intercambiar con ella partes importantes de mi historia personal, igual que ella de la suya.

Supe que se casó a los 16, siendo apenas una niña, con un hombre mayor que ella. No tenía idea de lo que era amor y tampoco pudo llegar a saberlo en la unión. Conoció de lujos, de manicure, de pedicure, de salsas para pastas y de ossobuco, de panettone y tiramisú, pero no de amores.

Aislamiento fue la palabra más cercana mientras veía la vida transcurrir a escondidas, a través de la ventana. Veía pasar rebosantes de felicidad a las que fueron sus amigas de la escuela, con los amigos del pueblo, tras la cortina pues se moría de la pena de ser vista por ellos, convidada y no poder salir.

“Amor, hay fiesta en la plaza, ¿podemos ir?”, le decía al italiano en un vano intento por escuchar de cerca a sus amigas y ver el mundo desde un lugar distinto a la ventana furtiva. Un no como respuesta se hizo común, y cuando intentó alguna vez ir sola la paralizó un “Si sales por esa puerta no vuelves a entrar jamás”.

De lejos oía la fiesta, y las risas, y los imaginaba bailando y bebiendo, en una experiencia que nunca pudo compartir.
Estuvo nueve años prisionera y durante el confinamiento llegaron dos hijos que le alegraron en parte la vida pero no aliviaron la sensación de aislamiento.

Hasta que un día decidió extender sus alas y volar, con sus pensamientos claros en que nacemos para ser libres.

Antes de traspasar el umbral de la prisión había viajado, me contó, a través de los libros. Fueron ellos los que le enseñaron el valor de la libertad. A través de ellos, me dijo, “Conocí cada rue y cada caffé de Paris. Soy capaz de ir y decirte dónde están los más famosos, ya Hemingway me los mostró”. Yo escuchaba absorto, con el ruido del mar como fondo musical.

Conoció una buena parte de mi vida, que resumí como pude, sabiendo que el momento es ahora y no se sabe si pueda repetirse. Y preguntaba, se interesaba, reímos y lloramos juntos. Me contó que volvió a casarse, pero esta vez sí se sintió comprendida, libre, mujer. Conoció el orgasmo y también supo, tristemente, que muchas de sus amigas se iban a morir sin conocerlo. Su pareja es un artista plástico y es músico también.

En algún momento de la cháchara se acercó hasta nosotros y lo pude conocer. Creí ver en su rostro (¿ideas mías?) el desagrado que le causó el tiempo y el interés que su mujer me había dedicado. Luego se fueron. Ella se atrevió a preguntarme si volvería luego de regresar a Caracas. Cuando lo afirmé me dijo “Me traes un libro”.

Al día siguiente el cielo de Cumaná amaneció despejado augurando un día bonito, y regresé a Araya.

Estando en la playa pude verla de nuevo, a cierta distancia. La saludé con la mano y correspondió tímidamente al saludo, sin acercarse. Su expresión facial, aunque lejana, dijo mucho. 

No era idea mía la impresión que tuve cuando conocí a su pareja. Eran celos en su mirada. Momentos bonitos como ese quedan para siempre en la memoria de ambos. Allí, donde florecen los pensamientos, que es donde mejor se siente la libertad. 

Saturday, June 01, 2013

Araya


Ir a Araya fue un sueño que tuve durante mucho tiempo. La tierra me había sido esquiva hasta que un día me instalé en Cumaná y en las cálidas arenas de la Playa de San Luis la pude ver, cercana y misteriosa al mismo tiempo.

Decidí hacer el viaje de una buena vez. Me informaron de dos vías para lograrlo. La primera es navegando en un viejo ferry llamado “La Palita”, y la otra por intermedio de unas embarcaciones pequeñas, parecidas a un viejo autobús, los cuales son conocidos como los “Tapaítos”.


Preferí estos últimos porque la travesía es más corta (20 minutos versus dos horas en el ferry), aún cuando llegan a la población de Manicuare, quedando Araya a 10 minutos por vía terrestre.

El muelle desde donde salen los “Tapaítos” está un poco abandonado. Son viejas instalaciones bastante destartaladas, donde la gente se arremolina a esperar la llegada de las embarcaciones.


Abordarlas es lo más parecido a entrar en otra dimensión. Tiene asientos continuos en los laterales y otros transversales a cada tanto. La gente entra con lo que puede cargar: sacos de frutas, una torta gigantesca para un cumpleañero que esperaba en la península, hortalizas y maletas de viaje se alternaban con nosotros. Durante el viaje se hacen chistes, alguien canta y la gente lo acompaña, mientras que el resto disfruta del vaivén de las olas y la fuerte corriente del Golfo de Cariaco. El timonel va adelante, guiando el camino y en la parte posterior hay un maquinista encargado de poner a funcionar cuatro poderosos motores fuera de borda. Si miras alrededor parece una pequeña fiesta improvisada en altamar. 

Queda demostrado que se puede ser feliz con muy poco. En 20 minutos exactos ya estaba caminando por el pequeño muelle de Manicuare, pueblo de pescadores en la costa sur de la península.


Desde allí tomé un taxi hacia Araya. La carretera te hace sentir que has sido transportado directamente hasta Marte. La tierra árida y rojiza que la circunda lo confirma. Bien podría la NASA hacer las pruebas de los vehículos espaciales en esas praderas infestadas de plantas xerófilas y tierra roja y reseca por todas partes.

A poco de llegar encuentras las montañas de sal aun sin procesar en las famosas salinas y una enorme Laguna Madre, desde donde se extrae la sal. A no ser por las instalaciones, podría seguir pensando que estoy en las estepas de Marte.

De repente el turquesa hace su aparición, en diversas tonalidades. Es el Mar Caribe que besa la península en su lado oeste. Es una vista muy hermosa, que paraliza. A un lado están las ruinas del viejo fuerte de piedra, desde cuya altura se aprecia la costa oeste. El paisaje bien vale la pena. La vista se pierde en la inmensidad del mar.

Camino entre las ruinas y me imagino la inmensa cantidad de episodios históricos que allí han sucedido. Los barcos piratas atacando frente a la bahía y el resonar de los cañones en la defensa del territorio.

La playa es encantadora, aguas transparentes, muy limpias, de un azul que hipnotiza en el horizonte.

Es Araya, en Venezuela. Valió la pena haber venido.

Friday, May 24, 2013

La picada de la araña



Transcurren las horas y no termino de convencerme de querer salir de casa a pasear librerías. No tengo la fe de encontrar sosiego en aquellos anaqueles que hoy lucen tristes y muestran lo mismo que hace tres meses.

Tampoco quisiera encontrarme con ese señor que acude con mucha frecuencia a la librería que más visito. Aquel que me espera como fiera al acecho para, cuando apenas entre, volar hacia mí y decirme que tal libro está en oferta en tal parte, o que leyó tal otro y no terminó de gustarle. Que si tal autor está escribiendo muy mal y un fastidioso y largo etcétera.

Es tan solo mirarlo y ver el aburrimiento reflejado en sus ojos. Es intuir que quizás lo han echado de casa, donde ya no lo soportan y se ha venido derechito a la librería a sentarse al acecho de los asiduos, de los que como yo no tardarán en caer en ese oasis en busca de una conversación gratificante con el librero, que es tan sabio y sereno.

Allí está, listo para verter sobre el ambiente sus anodinas palabras, y en el tono pétreo de su voz discernir su punto de vista sobre tal o cual literatura, o sobre éste o aquel autor.

Si, una vez caído en sus redes, por más que intente profundizar en lo que dice, no pasará mucho tiempo sin que perciba que lo que hago es sumirme aún más en esa espesa neblina que lo rodea, y que como tela de araña y sin ningún pudor suelta sobre mí.

El librero, conocedor ya del fenómeno, escapa sigilosamente, aprovechando la distracción del saludo, a tomarse un café al tiempo que soy devorado lentamente por el sujeto que minutos antes acechaba desde el sofá.

Allí yacía, agazapado por horas, esperando pacientemente a su víctima que sabía no tardaría en aparecer. Y no era otro que yo.

Y sin atisbo de inocencia, sabía que estaba dentro de las posibilidades la de encontrarlo y caer en sus garras. Pensar que el solo hecho de abandonar el recinto por días, quizás meses, deseando que el individuo olvidara mi cara, o los temas de la última conversa que había dañado y se fuera a esparcir su telaraña en otros lugares.

Durante mi ausencia, cada tarde volvía al sofá donde se situaba a la espera y comenzaba a tejer su gran red algodonada.

Mientras más tardaba en volver, más espesa encontraría la telaraña. Me tiene el tiempo tomado. La trampa consiste en la necesidad que tengo de sentarme a conversar con el sereno y sabio librero sobre los temas comunes a ambos, la política y la literatura oriental. Y el sujeto al acecho sabe que lo disfruto, y que en breve voy a volver a caer en su nívea red.

No importa que, a manera de precaución, me alce sobre la vitrina tratando de detectar su presencia desde afuera. Es menudo, difícil de advertir desde el exterior.

Como la araña en su tela, me espera pacientemente. 

Las cosas no siempre salen como me las imagino.

*Imagen de Carmela Lozzia en www.revistaohlala.com

Sunday, May 12, 2013

Mis lecturas de Murakami



Ayer leí en la red que por primera vez en 18 años Murakami se ha puesto cara a cara con sus lectores en Japón.

Quienes hemos seguido su trayectoria sabemos que no le gustan las entrevistas y poco se expone a la vida pública.

Aún así, cada vez tiene más seguidores de sus novelas. Cada día en alguna parte del mundo alguien se conecta con sus personajes para siempre.

En enero de 2006 leí por primera vez una obra suya, y hasta ahora considero que es la más trascendental: “Tokio Blues. Norwegian Wood”. Allí quedé prendado. No solo de la forma como narra, sino también de sus personajes. Me sentí identificado con Toru Watanabe y a través de él viví la novela. La leí con tal pasión que recuerdo releerla muchas veces antes de terminarla. Era mirar a través de los ojos de Toru, volver a capítulos anteriores y repetir la lectura para cerciorarme de no haber dejado detalle por fuera. Nunca antes me había pasado algo así con una novela.

Luego de ello, muy entusiasmado seguí con “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Al sur de la frontera, al oeste del sol” y “Kafka en la orilla en el año 2007. Cada uno de esos libros ratificó que no estaba equivocado en mi percepción de la clase de escritor ante el cual me hallaba.

En el 2008 leí sus novelas “Sputnik mi amor” y “After dark”. También comencé a leer su libro de cuentos “Sauce ciego, mujer dormida”. Son 24 cuentos interesantísimos. Tanto que los leo de a poco y ahora es que voy por el número 12 de 24 que compiló el libro. A Murakami hay que dosificarlo porque no se sabe hasta cuándo escribirá.

Es por ello que dejé de leerlo hasta 2010, cuando lo intenté con “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”. Sinceramente no me gustó esa novela. No sé si tenga que ver el hecho de que fue una de las primeras novelas de Murakami, a pesar de haber sido editada en español en el 2009. Nunca me enganchó, ni al principio ni al final. Luego leí una especie de crónica que hizo sobre su hobby de correr maratones, “De qué hablo cuando hablo de correr”, el cual revela interesantes aspectos de su personalidad y "After dark", un interesantísimo relato que transcurre entre medianoche y el amanecer.

En 2011 comencé a leer parte de su obra editada en inglés, debido a la tardanza de las editoriales en traducirlas al español. Así fue como leí “After the quake”, relatos que tienen en común el terremoto de Kobe en 1995 y “Underground”, crónicas sobre el ataque terrorista con gas sarín al Metro de Tokio en 1995. También compré ese año 2011 un libro de cuentos titulado “The elephant vanishes” y la novela “Dance, dance, dance”, que aún no he leído.

En español conseguí “La caza del carnero salvaje”, que es el único traducido al español que editó Anagrama (los demás son de Tusquets).

Últimamente compre los libros “1Q84”, casi homónimo de “1984” de Orwell. Me he prometido leerlos todos a partir de junio de este año.

De todo lo publicado en inglés y en español por Murakami solo me falta obtener “Pinball” y “Hear the wind sings”, que son difíciles de encontrar.

Acaba de publicarse su último libro en Japón, "El descolorido Tsukuru Tazaki y sus años de peregrinación". Ha dicho en conferencia que la considera una prueba para demostrar su talento, como si no supiera que lo tiene y por demás.


Sigue siendo Murakami mi autor favorito de ficción. La forma como logra que el lector se compenetre con lo que escribe es única e inimitable.

*Imagen de ZoomNews

Sunday, May 05, 2013

Llueve dos veces...



Lluvia copiosa es esa que cae desde esta madrugada. El sol sale, a juzgar por el blanco de las nubes pero nada que asome alguno de sus rayos al traspasar la espesa capa de algodón en el cielo.

Ya vamos a tener una semana de lluvia continua. Eso es muy bueno porque se reducen los incendios forestales que ya habían consumido bastante vegetación.

El sonido de la lluvia es relajante. Sea que las gotas caigan en el asfalto, donde producen una especie de ovación, o sobre un techo de láminas de zinc, donde el escándalo de los goterones es de marca mayor, igualmente me relaja escuchar ese ruido que es como música a mis oídos.

Ya los cerros que he venido viendo teñidos de ocres van a ir mutando a las diversas tonalidades de verde. Es asombrosa la rapidez con que se recuperan las plantas. Sobre todo las enredaderas, que crecen rapidísimo, de la nada, y rodean a sus pares como queriéndoles decir “¡Vamos, despierten, que ya ha llovido!”.

Mucha neblina cubriendo la mañana. La garúa que no cesa. Los pájaros, que aparecen a estas horas con su canto, están ausentes. Quien sabe si en su nido, achicando el agua, o a la intemperie, mojados y con frío, aguantando estoicos en las copas de los árboles. No han venido y no se espera que lo hagan, a menos que el sol milagroso haga su aparición en la mañana, cosa que dudo bastante.

Casualmente leo “Lluvia”, de Victoria de Stefano (Candaya, 2006). Nadie como ella para describir al mínimo detalle los aspectos de un aguacero como el de esta madrugada. Leerla a esta hora es beber agua cuando se tiene sed. 

No hay cabos sueltos. La lluvia afuera y la narración de Victoria adentro, en el alma.

Con precisión matemática, el todo es igual a la suma de sus partes.

Llueve dos veces 

Sunday, April 28, 2013

Tramposería sale



No se sabe cuando comenzó todo. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que algo malo estaba pasando. La naturaleza siempre avisa. La sequía comenzó a poner toda la vegetación amarilla. Hubo incendios aquí y allá. Según el pronóstico, las lluvias vendrían pronto y la hierba comenzaría a reverdecer.

Hay una gran desazón en el ambiente. Tan grande que si la lluvia cayera ahora mismo le costaría mucho amainar.

Cuando era un niño, en los campos de béisbol, había días en que nos daba por hacer trampa en una decisión del árbitro, que no era otro que nosotros mismos. En ese momento alguien (del bando de los agraviados por la decisión) saltaba y gritaba, para acabar con la discusión que paralizaba el juego: “¡Está bien, déjenlo así que ´tramposería sale´!

En el transcurso, algo ocurría a favor de los perjudicados por la trampa. Era como un designio de Dios, una ley. De tal modo que al final, nadie dudaba que cuando alguien había dicho ´tramposería sale´ algo inevitable pasaría más adelante para revertir la trampa.

Como resultado de ello, cada vez las trampas eran menos. Aprendimos que si la hacíamos, más temprano que tarde la pagaríamos por algún designio del cielo.

En momentos como los que vivimos no dejo de recordarlo, y de saber que en algún momento las cosas tomarán el rumbo correcto, sin que podamos hacer nada para evitarlo. En el ínterin podremos ver movimientos que en nada cambiarán el curso de los acontecimientos. Simples pataleos de ahogado. El designio del cielo volverá a imponerse. Como era en el principio, ahora y siempre…

Nota del autor: “Tramposería” tiene un equivalente en el diccionario de la RAE: trampería.
*Imagen: www.prensalibre.com