Saturday, June 29, 2013

Las penas



Hay seres humanos tan, pero tan frágiles que se protegen con una gran coraza. Y esa misma coraza puede hacerlos ver como seres insufribles, complicados, irascibles, amargados.

Ocurre que siempre hay algo que ha quedado, que viene de muy atrás, que los ha golpeado de manera tal que les ha sido imposible sobreponerse, levantarse con todas las de la ley para seguir su camino.

A veces no llega a saberse el pasado, sobre todo cuando el individuo es cerrado y se ha trasplantado a un lugar muy lejano a donde sucedió el hecho cumbre. Otras, el pasado se va reconstruyendo poco a poco, a partir de algunos gestos, de pequeñas muestras que van dejando a su paso. Porque si algo queda claro es que por más lejos que te muevas, los problemas van a ir allá contigo, y aunque no quieras ellos van a ir tratando de flotar, de formar parte de tu superficie.

Un gesto, una palabra, imágenes que salen y quedan, como tinta indeleble. Un tono de voz, un movimiento brusco. Hay cosas que nos delatan.

Lo mejor es siempre dejar que esos problemas que de alguna forma nos marcaron en un momento dado fluyan, salgan a la superficie. Y allí afuera, asumirlos, airearlos, dejarlos ir lentamente. Porque su hábitat no es precisamente la superficie. No soportan que se los asuma. El contacto con el rocío los reduce a su mínima expresión, a polvo cósmico. Y es entonces cuando salen a buscar otro rostro, otro cuerpo que los albergue, que los esconda, que los muestre disfrazados, que no los suelte ni los exponga.

Allí crecen nuevamente y son felices. Escondidos como están, limitados a salir, se expanden, toman otras formas, se encrespan, se disfrazan cuando salen al exterior accidentalmente.

Son como la ropa que no se seca bien hasta cuando decides tenderla al sol, exponerla a las miradas, sin miedo, sin penas, sin dolor.

Cuando se van de nosotros dejan el anuncio, somos y nos sentimos más libres, más seguros. 

Lo que antes nos hacía sufrir y llorar a escondidas ahora hasta nos hace reír al pensar lo tonto que fuimos resguardando y manteniendo por tantos años esa pena.

Y el viento se hace presente, las atrapa, se las lleva lejos, muy lejos…

*Imagen:www.lapizarradeyuri.com

Sunday, June 16, 2013

Los inicios en la lectura


Reconozco como mis inicios en la lectura, no aquellos cuando aprendí a leer sílabas y luego unirlas en palabras, no.
Esos fueron los primeros pasos. Después vino la etapa de leer todos los avisos que veía en la calle y así.

Pero el verdadero comienzo fue cuando dejé de mirar con recelo una serie de libros que había comprado mi padre en 1972, y decidí abrir uno de ellos a ver cómo me iba.  Era mi primer encuentro con la literatura de ficción.

En principio los libros se veían poco atractivos, sin imágenes (algo grave para un niño de diez años) y muchas páginas escritas. No soy el típico caso del padre que lee y guía a su hijo en el rito de iniciación. Mi papá leía, pero no ficción sino más bien libros técnicos, de geografía, historia, mitología, biografías. Libros cuya característica principal era que tenían muchas ilustraciones (mapas, retratos, esquemas) y que en cierta forma indicaban un aprendizaje.

La ficción era otra cosa. Era internarse en otros mundos, parecidos al nuestro o diferentes según el caso. Convivir con personajes como uno, o muy diferentes, darles vida, imaginarlos, ponerles una voz, una pose, un cabello, una creación que iba de la mano con la descripción del autor.

Y luego sufrir con los personajes, reír, llorar, saltar de alegría y vivir una historia que estaba siendo contada en paralelo.

El primero que abrí fue una bendición: “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain. Las aventuras de un joven como yo quería ser, amante de la libertad y en busca de aventuras. Fue amor a primera vista.

Luego vinieron, uno a uno, los otros: “Viajes de Gulliver” de Jonathan Swift, “Viajes de Marco Polo” de Olive Price, “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, “Moby Dick” de Herman Melville, “Ivanhoe” de Walter Scott, “La isla misteriosa” de Julio Verne y “Los cuentos de Andersen”, una recopilación de Hans Christian Andersen.

El décimo libro de la colección, “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas no lo leí. Mejor dicho, lo empecé a leer pero nunca me enganchó y al final lo dejé (y hasta el sol de hoy no he vuelto a él).

Me ha pasado con algunos libros que, una vez comenzados, no logran engancharme y decido dejarlos porque no hay química entre el libro y yo.

Haber vivido esos libros me convirtió en el lector que soy ahora. Puedo decir que entré a la ficción de la mano de Tom Sawyer. Hoy voy con Tengo Kawana y Aomame, de “1Q84”. Entre ellos ha pasado un sinfín de personajes, a veces interesantísimos como Holden Caulfield (El guardián entre el centeno), Sal Paradise (Jack Kerouac en La Carretera) o el Capitán Ahab de Moby Dick.


Leer ficción ha sido como tomar cerveza. La primera te parece amarga y despreciable, pero poco a poco te va embrujando entre burbuja y burbuja hasta que la empiezas a apreciar y saborear.

Tuesday, June 11, 2013

Encuentros


La conocí en Araya. Antes de que todo sucediera tuve la intuición de que algo como eso iba a pasar. En el momento no sabes con quién, ni cómo, mucho menos cuándo, pero hay algo que precede al encuentro.

Yo había venido por segunda vez a esta playa hermosa, fascinado por la variedad del turquesa y el verde que pone ante mis ojos el mar; por lo bonita que se ven las aguas en el mar tranquilo de la tarde; por la arena blanca que contrasta en la orilla.

Estoy solo, bajo una sombrilla grande, sentado frente a una mesa con una cerveza y dos libros haciéndome compañía. 

Mientras el sol baja y la intensidad del calor hace lo mismo, yo leo a ratos mientras contemplo la escena natural para grabarla nítida en mi retína. Me había llevado “1Q84” de Murakami y “Los platos del diablo” de Eduardo Liendo. Leía un poco de uno y algo del otro cuando escuché su voz a mi espalda.

“¿Que lees?”, inquirió. Por el tono supe que era mujer, y, acto seguido volteé a mirarla. Contemporánea, pensé. No me miraba a mí sino a mis libros. Se acercó hasta la mesa y tomó uno de ellos, hojeándolo mientras indagaba sobre mi lectura.

Yo no miraba los libros sino a ella, y escuchaba su hermoso tono de voz, al tiempo que respondía sus inquietudes. Me contó que también había sido seducida por la lectura pero que allí, en Araya, no eran muchos los libros que llegaban a sus manos.

Tomó una silla y en confianza se sentó a escucharme. Yo comentaba mis impresiones de cada uno de los libros, de mi sorpresa por el libro de Liendo, de mi admiración por Murakami, y ella escuchaba con atención.

Luego la conversación se extendió a otros temas de la vida, al amor. Y no sé porqué me sentí en confianza para intercambiar con ella partes importantes de mi historia personal, igual que ella de la suya.

Supe que se casó a los 16, siendo apenas una niña, con un hombre mayor que ella. No tenía idea de lo que era amor y tampoco pudo llegar a saberlo en la unión. Conoció de lujos, de manicure, de pedicure, de salsas para pastas y de ossobuco, de panettone y tiramisú, pero no de amores.

Aislamiento fue la palabra más cercana mientras veía la vida transcurrir a escondidas, a través de la ventana. Veía pasar rebosantes de felicidad a las que fueron sus amigas de la escuela, con los amigos del pueblo, tras la cortina pues se moría de la pena de ser vista por ellos, convidada y no poder salir.

“Amor, hay fiesta en la plaza, ¿podemos ir?”, le decía al italiano en un vano intento por escuchar de cerca a sus amigas y ver el mundo desde un lugar distinto a la ventana furtiva. Un no como respuesta se hizo común, y cuando intentó alguna vez ir sola la paralizó un “Si sales por esa puerta no vuelves a entrar jamás”.

De lejos oía la fiesta, y las risas, y los imaginaba bailando y bebiendo, en una experiencia que nunca pudo compartir.
Estuvo nueve años prisionera y durante el confinamiento llegaron dos hijos que le alegraron en parte la vida pero no aliviaron la sensación de aislamiento.

Hasta que un día decidió extender sus alas y volar, con sus pensamientos claros en que nacemos para ser libres.

Antes de traspasar el umbral de la prisión había viajado, me contó, a través de los libros. Fueron ellos los que le enseñaron el valor de la libertad. A través de ellos, me dijo, “Conocí cada rue y cada caffé de Paris. Soy capaz de ir y decirte dónde están los más famosos, ya Hemingway me los mostró”. Yo escuchaba absorto, con el ruido del mar como fondo musical.

Conoció una buena parte de mi vida, que resumí como pude, sabiendo que el momento es ahora y no se sabe si pueda repetirse. Y preguntaba, se interesaba, reímos y lloramos juntos. Me contó que volvió a casarse, pero esta vez sí se sintió comprendida, libre, mujer. Conoció el orgasmo y también supo, tristemente, que muchas de sus amigas se iban a morir sin conocerlo. Su pareja es un artista plástico y es músico también.

En algún momento de la cháchara se acercó hasta nosotros y lo pude conocer. Creí ver en su rostro (¿ideas mías?) el desagrado que le causó el tiempo y el interés que su mujer me había dedicado. Luego se fueron. Ella se atrevió a preguntarme si volvería luego de regresar a Caracas. Cuando lo afirmé me dijo “Me traes un libro”.

Al día siguiente el cielo de Cumaná amaneció despejado augurando un día bonito, y regresé a Araya.

Estando en la playa pude verla de nuevo, a cierta distancia. La saludé con la mano y correspondió tímidamente al saludo, sin acercarse. Su expresión facial, aunque lejana, dijo mucho. 

No era idea mía la impresión que tuve cuando conocí a su pareja. Eran celos en su mirada. Momentos bonitos como ese quedan para siempre en la memoria de ambos. Allí, donde florecen los pensamientos, que es donde mejor se siente la libertad. 

Saturday, June 01, 2013

Araya


Ir a Araya fue un sueño que tuve durante mucho tiempo. La tierra me había sido esquiva hasta que un día me instalé en Cumaná y en las cálidas arenas de la Playa de San Luis la pude ver, cercana y misteriosa al mismo tiempo.

Decidí hacer el viaje de una buena vez. Me informaron de dos vías para lograrlo. La primera es navegando en un viejo ferry llamado “La Palita”, y la otra por intermedio de unas embarcaciones pequeñas, parecidas a un viejo autobús, los cuales son conocidos como los “Tapaítos”.


Preferí estos últimos porque la travesía es más corta (20 minutos versus dos horas en el ferry), aún cuando llegan a la población de Manicuare, quedando Araya a 10 minutos por vía terrestre.

El muelle desde donde salen los “Tapaítos” está un poco abandonado. Son viejas instalaciones bastante destartaladas, donde la gente se arremolina a esperar la llegada de las embarcaciones.


Abordarlas es lo más parecido a entrar en otra dimensión. Tiene asientos continuos en los laterales y otros transversales a cada tanto. La gente entra con lo que puede cargar: sacos de frutas, una torta gigantesca para un cumpleañero que esperaba en la península, hortalizas y maletas de viaje se alternaban con nosotros. Durante el viaje se hacen chistes, alguien canta y la gente lo acompaña, mientras que el resto disfruta del vaivén de las olas y la fuerte corriente del Golfo de Cariaco. El timonel va adelante, guiando el camino y en la parte posterior hay un maquinista encargado de poner a funcionar cuatro poderosos motores fuera de borda. Si miras alrededor parece una pequeña fiesta improvisada en altamar. 

Queda demostrado que se puede ser feliz con muy poco. En 20 minutos exactos ya estaba caminando por el pequeño muelle de Manicuare, pueblo de pescadores en la costa sur de la península.


Desde allí tomé un taxi hacia Araya. La carretera te hace sentir que has sido transportado directamente hasta Marte. La tierra árida y rojiza que la circunda lo confirma. Bien podría la NASA hacer las pruebas de los vehículos espaciales en esas praderas infestadas de plantas xerófilas y tierra roja y reseca por todas partes.

A poco de llegar encuentras las montañas de sal aun sin procesar en las famosas salinas y una enorme Laguna Madre, desde donde se extrae la sal. A no ser por las instalaciones, podría seguir pensando que estoy en las estepas de Marte.

De repente el turquesa hace su aparición, en diversas tonalidades. Es el Mar Caribe que besa la península en su lado oeste. Es una vista muy hermosa, que paraliza. A un lado están las ruinas del viejo fuerte de piedra, desde cuya altura se aprecia la costa oeste. El paisaje bien vale la pena. La vista se pierde en la inmensidad del mar.

Camino entre las ruinas y me imagino la inmensa cantidad de episodios históricos que allí han sucedido. Los barcos piratas atacando frente a la bahía y el resonar de los cañones en la defensa del territorio.

La playa es encantadora, aguas transparentes, muy limpias, de un azul que hipnotiza en el horizonte.

Es Araya, en Venezuela. Valió la pena haber venido.

Friday, May 24, 2013

La picada de la araña



Transcurren las horas y no termino de convencerme de querer salir de casa a pasear librerías. No tengo la fe de encontrar sosiego en aquellos anaqueles que hoy lucen tristes y muestran lo mismo que hace tres meses.

Tampoco quisiera encontrarme con ese señor que acude con mucha frecuencia a la librería que más visito. Aquel que me espera como fiera al acecho para, cuando apenas entre, volar hacia mí y decirme que tal libro está en oferta en tal parte, o que leyó tal otro y no terminó de gustarle. Que si tal autor está escribiendo muy mal y un fastidioso y largo etcétera.

Es tan solo mirarlo y ver el aburrimiento reflejado en sus ojos. Es intuir que quizás lo han echado de casa, donde ya no lo soportan y se ha venido derechito a la librería a sentarse al acecho de los asiduos, de los que como yo no tardarán en caer en ese oasis en busca de una conversación gratificante con el librero, que es tan sabio y sereno.

Allí está, listo para verter sobre el ambiente sus anodinas palabras, y en el tono pétreo de su voz discernir su punto de vista sobre tal o cual literatura, o sobre éste o aquel autor.

Si, una vez caído en sus redes, por más que intente profundizar en lo que dice, no pasará mucho tiempo sin que perciba que lo que hago es sumirme aún más en esa espesa neblina que lo rodea, y que como tela de araña y sin ningún pudor suelta sobre mí.

El librero, conocedor ya del fenómeno, escapa sigilosamente, aprovechando la distracción del saludo, a tomarse un café al tiempo que soy devorado lentamente por el sujeto que minutos antes acechaba desde el sofá.

Allí yacía, agazapado por horas, esperando pacientemente a su víctima que sabía no tardaría en aparecer. Y no era otro que yo.

Y sin atisbo de inocencia, sabía que estaba dentro de las posibilidades la de encontrarlo y caer en sus garras. Pensar que el solo hecho de abandonar el recinto por días, quizás meses, deseando que el individuo olvidara mi cara, o los temas de la última conversa que había dañado y se fuera a esparcir su telaraña en otros lugares.

Durante mi ausencia, cada tarde volvía al sofá donde se situaba a la espera y comenzaba a tejer su gran red algodonada.

Mientras más tardaba en volver, más espesa encontraría la telaraña. Me tiene el tiempo tomado. La trampa consiste en la necesidad que tengo de sentarme a conversar con el sereno y sabio librero sobre los temas comunes a ambos, la política y la literatura oriental. Y el sujeto al acecho sabe que lo disfruto, y que en breve voy a volver a caer en su nívea red.

No importa que, a manera de precaución, me alce sobre la vitrina tratando de detectar su presencia desde afuera. Es menudo, difícil de advertir desde el exterior.

Como la araña en su tela, me espera pacientemente. 

Las cosas no siempre salen como me las imagino.

*Imagen de Carmela Lozzia en www.revistaohlala.com

Sunday, May 12, 2013

Mis lecturas de Murakami



Ayer leí en la red que por primera vez en 18 años Murakami se ha puesto cara a cara con sus lectores en Japón.

Quienes hemos seguido su trayectoria sabemos que no le gustan las entrevistas y poco se expone a la vida pública.

Aún así, cada vez tiene más seguidores de sus novelas. Cada día en alguna parte del mundo alguien se conecta con sus personajes para siempre.

En enero de 2006 leí por primera vez una obra suya, y hasta ahora considero que es la más trascendental: “Tokio Blues. Norwegian Wood”. Allí quedé prendado. No solo de la forma como narra, sino también de sus personajes. Me sentí identificado con Toru Watanabe y a través de él viví la novela. La leí con tal pasión que recuerdo releerla muchas veces antes de terminarla. Era mirar a través de los ojos de Toru, volver a capítulos anteriores y repetir la lectura para cerciorarme de no haber dejado detalle por fuera. Nunca antes me había pasado algo así con una novela.

Luego de ello, muy entusiasmado seguí con “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Al sur de la frontera, al oeste del sol” y “Kafka en la orilla en el año 2007. Cada uno de esos libros ratificó que no estaba equivocado en mi percepción de la clase de escritor ante el cual me hallaba.

En el 2008 leí sus novelas “Sputnik mi amor” y “After dark”. También comencé a leer su libro de cuentos “Sauce ciego, mujer dormida”. Son 24 cuentos interesantísimos. Tanto que los leo de a poco y ahora es que voy por el número 12 de 24 que compiló el libro. A Murakami hay que dosificarlo porque no se sabe hasta cuándo escribirá.

Es por ello que dejé de leerlo hasta 2010, cuando lo intenté con “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”. Sinceramente no me gustó esa novela. No sé si tenga que ver el hecho de que fue una de las primeras novelas de Murakami, a pesar de haber sido editada en español en el 2009. Nunca me enganchó, ni al principio ni al final. Luego leí una especie de crónica que hizo sobre su hobby de correr maratones, “De qué hablo cuando hablo de correr”, el cual revela interesantes aspectos de su personalidad y "After dark", un interesantísimo relato que transcurre entre medianoche y el amanecer.

En 2011 comencé a leer parte de su obra editada en inglés, debido a la tardanza de las editoriales en traducirlas al español. Así fue como leí “After the quake”, relatos que tienen en común el terremoto de Kobe en 1995 y “Underground”, crónicas sobre el ataque terrorista con gas sarín al Metro de Tokio en 1995. También compré ese año 2011 un libro de cuentos titulado “The elephant vanishes” y la novela “Dance, dance, dance”, que aún no he leído.

En español conseguí “La caza del carnero salvaje”, que es el único traducido al español que editó Anagrama (los demás son de Tusquets).

Últimamente compre los libros “1Q84”, casi homónimo de “1984” de Orwell. Me he prometido leerlos todos a partir de junio de este año.

De todo lo publicado en inglés y en español por Murakami solo me falta obtener “Pinball” y “Hear the wind sings”, que son difíciles de encontrar.

Acaba de publicarse su último libro en Japón, "El descolorido Tsukuru Tazaki y sus años de peregrinación". Ha dicho en conferencia que la considera una prueba para demostrar su talento, como si no supiera que lo tiene y por demás.


Sigue siendo Murakami mi autor favorito de ficción. La forma como logra que el lector se compenetre con lo que escribe es única e inimitable.

*Imagen de ZoomNews

Sunday, May 05, 2013

Llueve dos veces...



Lluvia copiosa es esa que cae desde esta madrugada. El sol sale, a juzgar por el blanco de las nubes pero nada que asome alguno de sus rayos al traspasar la espesa capa de algodón en el cielo.

Ya vamos a tener una semana de lluvia continua. Eso es muy bueno porque se reducen los incendios forestales que ya habían consumido bastante vegetación.

El sonido de la lluvia es relajante. Sea que las gotas caigan en el asfalto, donde producen una especie de ovación, o sobre un techo de láminas de zinc, donde el escándalo de los goterones es de marca mayor, igualmente me relaja escuchar ese ruido que es como música a mis oídos.

Ya los cerros que he venido viendo teñidos de ocres van a ir mutando a las diversas tonalidades de verde. Es asombrosa la rapidez con que se recuperan las plantas. Sobre todo las enredaderas, que crecen rapidísimo, de la nada, y rodean a sus pares como queriéndoles decir “¡Vamos, despierten, que ya ha llovido!”.

Mucha neblina cubriendo la mañana. La garúa que no cesa. Los pájaros, que aparecen a estas horas con su canto, están ausentes. Quien sabe si en su nido, achicando el agua, o a la intemperie, mojados y con frío, aguantando estoicos en las copas de los árboles. No han venido y no se espera que lo hagan, a menos que el sol milagroso haga su aparición en la mañana, cosa que dudo bastante.

Casualmente leo “Lluvia”, de Victoria de Stefano (Candaya, 2006). Nadie como ella para describir al mínimo detalle los aspectos de un aguacero como el de esta madrugada. Leerla a esta hora es beber agua cuando se tiene sed. 

No hay cabos sueltos. La lluvia afuera y la narración de Victoria adentro, en el alma.

Con precisión matemática, el todo es igual a la suma de sus partes.

Llueve dos veces 

Sunday, April 28, 2013

Tramposería sale



No se sabe cuando comenzó todo. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que algo malo estaba pasando. La naturaleza siempre avisa. La sequía comenzó a poner toda la vegetación amarilla. Hubo incendios aquí y allá. Según el pronóstico, las lluvias vendrían pronto y la hierba comenzaría a reverdecer.

Hay una gran desazón en el ambiente. Tan grande que si la lluvia cayera ahora mismo le costaría mucho amainar.

Cuando era un niño, en los campos de béisbol, había días en que nos daba por hacer trampa en una decisión del árbitro, que no era otro que nosotros mismos. En ese momento alguien (del bando de los agraviados por la decisión) saltaba y gritaba, para acabar con la discusión que paralizaba el juego: “¡Está bien, déjenlo así que ´tramposería sale´!

En el transcurso, algo ocurría a favor de los perjudicados por la trampa. Era como un designio de Dios, una ley. De tal modo que al final, nadie dudaba que cuando alguien había dicho ´tramposería sale´ algo inevitable pasaría más adelante para revertir la trampa.

Como resultado de ello, cada vez las trampas eran menos. Aprendimos que si la hacíamos, más temprano que tarde la pagaríamos por algún designio del cielo.

En momentos como los que vivimos no dejo de recordarlo, y de saber que en algún momento las cosas tomarán el rumbo correcto, sin que podamos hacer nada para evitarlo. En el ínterin podremos ver movimientos que en nada cambiarán el curso de los acontecimientos. Simples pataleos de ahogado. El designio del cielo volverá a imponerse. Como era en el principio, ahora y siempre…

Nota del autor: “Tramposería” tiene un equivalente en el diccionario de la RAE: trampería.
*Imagen: www.prensalibre.com

Saturday, April 20, 2013

Otros tiempos...



Los tiempos cambian vertiginosamente. Recuerdo que cuando era un niño, la ropa para lavar en tintorería la venían a buscar a la casa, te dejaban un recibo indicando cuando la traerían y el costo. Nunca llegó a perderse una pieza.

Eran tiempos en los que la leche y el pan los dejaban muy temprano en la puerta y nunca se los robaban. Era una alegría levantarse temprano, abrir la puerta y dejar que la bolsa de pan cayese, porque estaba apoyada. Luego recogerla y disfrutar el olor a pan recién horneado.

Evidentemente otros tiempos. Tiempos en los que las amas de casa tenían sus productos de confianza y los nombres de los mismos pasaban a ser, como genéricos, los de la marca líder en el mercado. Tal era el caso de Toddy, una bebida achocolatada tan buena que pasó a distinguir las bebidas de ese tipo. O el “Corn Flakes”, hasta el sol de hoy.

Claro que había competencia, pero de la sana, como la que había entre las leches líquidas “Silsa” y “Mamá Carabobo”. Había un 50% de amas de casa que tenían dos mil razones para comprar “Mamá Carabobo”, y el otro 50% tenía dos mil razones más para comprar la “Silsa”. A mí personalmente me gustaba más la “Silsa”. A pesar de tener menor presencia en los comerciales de radio, TV y prensa, su sabor era único, más espesa y con muy buen olor.

Otra buena competencia era la que había entre Pepsicola y Cocacola. Cada una arrastraba su segmento de público que la defendía a capa y espada. Y así como defendían a una lanzaban su artillería contra la otra. Calificativos como “muy dulce” o “sabe a cartón” volaban por el espacio. Creo que en ese entonces Venezuela era uno de los pocos países del mundo donde la Pepsicola lideraba el mercado sobre Cocacola. Sin embargo los “bartenders” preferían a Cocacola para preparar sus cocteles.

Eran tiempos en los que los niños como yo jugábamos con las cartulinas sobrantes de las elecciones para presidente, y la parte seria de aquel asunto pertenecía a los adultos. Total, ganadores y perdedores seguirían conviviendo y siendo amigos al final de todo.

Otros tiempos…

Sunday, April 07, 2013

Entre dos aguas



Tenía tiempo sin escribir. La técnica a veces se impone y vaya que me ha mantenido ocupado en estos días. Necesito volver al Zen. A los pequeños detalles. Los números son cuadrados. Las letras son más redondas, nos dan más libertad. El problema es cuando ambos conviven dentro del mismo cuerpo. Y el cuerpo, hay que decirlo, los quiere a ambos.

Porque la ingeniería me gusta mucho, me sumerjo en ella y pierdo la noción de lo que pasa alrededor. Lo mismo me pasa con la literatura. Están en campos diferentes. Yuxtapuestos. Cóncavo y convexo. Ying y yang.

La ingeniería me ayuda a formarme como ser humano completo. Estoy en ella desde los 18, cuando entré en la Universidad, y desde entonces no he cesado de aprender no solo la técnica sino una filosofía de vivir y ver las cosas. Entender la ingeniería es comprender la naturaleza en todas sus formas, perseguir el intento de domarla que algunas veces tiene éxito y otras no tanto. Es triunfo y también es derrota.

Triunfo, como cuando ves a la niña que vende bocadillos y café en el tren bala de Japón, viajando a más de 250 kilómetros por hora, sin perder el equilibrio, sin que nada se derrame, como si el tren estuviese detenido.

Derrota, cuando el tsunami destrozó la Central Nuclear de Fukushima y la radiactividad afectó a gran parte de la población. Cuando la producción de bienes de alta tecnología, a la par de proporcionarnos mayor confort, trae como consecuencia la destrucción y contaminación del ambiente natural. Ejemplos sobran.

La literatura es algo diferente. Me permite ocupar un espacio que físicamente es inconcebible, desdoblarme en formas que pueden llegar a todas partes, que llenan todo el espacio. Cuando leo y me identifico con el personaje/narrador, siento que a través de él viajo, traspaso paredes, cruzo fronteras de países, mares, vivo intensas situaciones, veo personas, lugares, paisajes, nunca experimentados. Es la noción más cercana al concepto de libertad. O al de soñar. Es algo que llena el espíritu de buena vibra y hace que un día cualquiera sea triste o muy alegre, dependiendo de lo que leas y de cómo te mueva esa lectura.

Es triunfo cuando a través del personaje, sueños inconfesables se convierten en realidad pura y dura.

Es derrota cuando, como muchas veces pasa, lo que lees te lanza de cabeza, y de forma irremediable contra una dura realidad que quisiste evadir, o más bien, salvar a través de la lectura de un libro.

*Imagen: literaturacervantes.wordpress.com

Thursday, March 28, 2013

El "cardio"

Llevo casi dos semanas haciendo ejercicio con una máquina. Lo hago así porque siempre se me hace difícil salir a ejercitarme. Los imponderables de siempre.


Resulta que hacer ejercicios en la máquina no es tan sencillo como parece. Hay que medirse las pulsaciones so riesgo de sufrir un accidente cardiovascular.

Nunca antes me había pasado por esta dificultad. Quizás el tener cincuenta trae como consecuencia cosas como ésta.

Ya Google me dijo que debía realizar una ecuación: 220-(mi edad) = máximas pulsaciones. Y además me dijo que no debía sobrepasar el 60%, máximo el 70% de las mismas. Lo cierto es que la cuenta me da como tope 120 pulsaciones durante el ejercicio.

Siempre había escuchado la palabra “cardio” relacionada con el ejercicio. Y la gente corriendo en el parque con unos medidores que sonaban una alarma en el preciso momento en que las pulsaciones marcaban un valor. No sabía porqué.

También recuerdo que el cardiólogo me hizo una prueba de esfuerzo hace más de diez años y me llevó a 180 pulsaciones por minuto durante un lapso que no recuerdo, pero que para mí fue eterno, para ver cómo estaba funcionando mi corazón. Pero “mi cuore” ya no es el mismo y debo cuidarlo mucho.

Hoy, luego de 20 minutos continuos de ejercicio medí las pulsaciones. Estaban en 110. Por lo menos estoy en la cuenta. Vamos a ver cómo funciona todo. Lo bueno es que estoy bajando de peso poco a poco. Esperemos que todo vaya bien.

Sunday, March 24, 2013

Sabor amargo...



Amarga resultó la derrota de la Selección de Fútbol ante Argentina, en el inicio de la segunda parte de las eliminatorias a la Copa del Mundo Brasil 2014.

Como muchos, puse toda mi energía en el equipo pero la demostración que dieron en la cancha fue pobre, carente de ideas en todo el juego.

Argentina comenzó cautelosa, quizás pensando en la derrota que sufrió con Venezuela en el partido de casa. Poco a poco fue tomando confianza y sus estrellas mostraron lo que son capaces de hacer en una cancha.

A falta de 6 partidos por jugarse, la “Vinotinto” deberá darlo todo si quiere lograr una plaza en el Mundial. La lucha será a muerte en una eliminatoria donde apenas sobresalen Argentina y Colombia.

Este martes va contra una Colombia crecida por los últimos resultados que ha obtenido. Esperamos una vuelta de página y poder obtener un buen resultado para seguir con vida ante unos rivales también comprometidos con la clasificación.

¡Vamos Vinotinto!

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Hebreos 11:1.
Update: el 26 de marzo la Vinotinto ganó 1x0 a Colombia.
*Fotografía de Associated Press.

Friday, March 15, 2013

Arena negra



Día soleado en el que no podemos salir con libertad. Hay muchas vías cerradas por el cortejo fúnebre del Presidente. Mejor es quedarse en casa y ver películas en la TV. Leer también es una alternativa.

Hablando de lecturas, hace poco leí una joya del escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, titulado “Arena Negra” (Lugar Común, 2012). Extraordinaria novela, plagada de imágenes que nos terminan poseyendo y no nos permiten avanzar a la velocidad que queremos sino que por el contrario, se empeñan en retenernos y en compararse con experiencias de vida propias o ajenas que nos han sido contadas.

Arena negra, como en algunas playas de las Islas Canarias, donde se ambienta gran parte de la novela, un hecho que considero exótico al compararla con los colores de las arenas de las playas de Venezuela. Uno de los muchos cambios que genera el vivir en tierras lejanas.

Un hombre que se marcha a Venezuela dejando atrás a su familia. Una hija que espera siempre un retorno que no termina de ocurrir, y termina cobijándose en su ausencia. Una madre que lo espera cada día, escondiendo inútilmente sus penas ante sus hijos. Y un narrador omnisciente, que aparece y desaparece cada tanto.

El estilo es único, con capítulos titulados con las letras del alfabeto, que cambian a medida que se pasa de un personaje a otro, o al narrador. Me ha parecido un gran acierto la selección de este libro para leer en estos momentos que vivimos, donde hay tanta gente querida afuera, añorando el terruño, y otro grupo que más bien se quiere ir, cuando ya no soporta tanto desorden y confusión.

En parte por eso, las escenas narradas en el libro te retienen y te llevan a rememorar las de los tuyos viviendo situaciones muy parecidas.

Las imágenes que vienen a mi mente son de amigos y amigas que hace rato se marcharon, algunos con la mente en lo temporal, otros con la idea de quemar las velas y quedarse a vivir en otros suelos. 

Hoy los extraño en muchas situaciones en que se me hace necesaria su presencia, pero no están. 

Donde quiera que estén, se que reniegan de ciertas cosas a las que nunca se acostumbraron y no dejan de pensar en volver en cuanto vean vientos de cambio que no terminan de surgir. Y como no pueden volver, suelen reunirse en grupos del mismo origen a rumiar su descontento y soñar con una vuelta a una tierra que poco a poco se les va haciendo lejana, y en algunos casos imposible.

Por eso, y por la belleza de una prosa que merecemos en los libros que leemos, recomiendo de corazón internarse en la narrativa de “Arena Negra”.

*Imagen: www.playascalas.com