
(Continuación) Quería demostrarle que deseaba ser su amigo, a pesar de las circunstancias.
Traté infructuosamente de ir mas allá de el “hola” y el “adiós” pero mis intentos terminaban estrellados contra la misma muralla infranqueable.
De tanto insistir, un buen día accedió a ir más allá de un simple saludo.
Nos citamos para hablar. Convinimos en un restaurante. Ordené una cerveza y ella un vino. Dejé que tomara la iniciativa o pudo ser que ese era su plan. Me preguntó insistentemente sobre el interés mostrado por mi para conocerla a ella y a su hija, y sobre cómo había logrado saber la ubicación de su sitio de trabajo.
No impliqué a mi amigo. Mentí al decirle que la seguí un día en que me encontraba en los alrededores y la avisté desde lejos.
Le pedí que no se sintiera avergonzada por ese hecho, que mi amistad, la que le estaba ofreciendo, iba mucho más allá de ello. Sonrió. Y poco a poco se fue abriendo a contarme la historia de su vida. Era como si tuviese la imperiosa necesidad de hablar con alguien familiar o querido, en un mundo que le era extraño y adverso hasta ese momento.
Me contó muchas cosas, muchísimas.
Yo escuchaba atento mientras sorbía mi cerveza. Tenía muchas cosas que preguntar pero no quería arruinar el contacto que tan difícil había sido de lograr así que me dediqué a escucharla, y a contarle también algunos aspectos de mi vida, lo cual nos permitió conocernos mutuamente.
Después de ese encuentro todo cambió. Volvimos varias veces al restaurante y algunos días accedí a acompañarla con Annie al parque de diversiones. Annie veía en mi a ese padre ausente que luego supe que también salió de su país a hacer un postgrado en Estados Unidos, donde finalmente fijó su residencia.
La niña y yo hicimos muy buena relación. Mucho mejor que la que hubo entre Eddy y yo.
Fuimos a la playa varias veces y yo atendía a esa niña como si fuese mía.
Con Eddy la relación fue diferente. A pesar del cariño que nos tomamos quedaban muchas dudas por resolver. Algo dentro de mi desaprobaba su conducta pero al mismo tiempo pensaba en los difíciles momentos que siguieron a la quiebra del taller de costura, a la situación de indefensión en que quedaron ambas en un país desconocido. También pensaba en el amor que Eddy en todo momento transmitía a su hija, la protección que le daba y el énfasis que hacía en su educación.
Y a pesar de no entender algunas cosas le abrí mi corazón. Nos hicimos muy buenos amigos y mantuve su secreto.
Apenas me gradué en la universidad, comencé a trabajar y la compañía que me contrató me ordenaba trasladarme a lugares de trabajo en el interior del país, lo cual trajo como consecuencia que nuestro contacto se hiciera cada vez mas distanciado.
A veces dejábamos de vernos por meses. Manteníamos contacto esporádico por teléfono, pero aun así se puede decir que siempre sabíamos el uno del otro.
Planeábamos encuentros cuando yo regresaba a Caracas. Salíamos a comer y platicábamos mucho.
Un día me confesó que dejaría la prostitución, cosa que finalmente pudo lograr y de nuevo se abocó a formar un nuevo taller de costura. Alquiló un nuevo local, compró las máquinas. Contrató nuevas costureras. Las telas.
Solo había un conveniente: el dinero que ganaba era muchísimo menos del que obtenía en el comercio sexual. Y ella se debatía entre volver y no volver. Conversé mucho con ella sobre el particular, motivándola a no regresar, mas que todo por el amor que le tenía a Annie. Yo temía siempre que cuando creciera lo descubriese todo.
Pero mi trabajo se desenvolvía principalmente en el interior del país y no podía por ello estar atento. Eddy aún vivía en un apartamento en alquiler y últimamente la propietaria manifestaba inconformidad con el monto del arrendamiento. Eddy resolvió por si misma ir a tribunales para dilucidar el asunto e intentar obtener un precio justo para el alquiler.
Regresé de uno de mis viajes al interior, y teniendo mas de tres meses sin saber de ellas, decidí visitarlas.
La conserje del edificio se encargó de darme la triste noticia. La propietaria ganó el juicio y recuperó su apartamento, desalojando a Eddy y Annie intempestivamente de lo que hasta ese momento fue su hogar.
Nunca más volví a saber de ellas. Me pesó mucho no haber ido a visitarla al taller de costura, cuya dirección exacta también desconocía. Por aquello de las ocupaciones era siempre pospuesta la fecha de la visita.
Así, de la misma forma como las conocí, perdí la pista de mis dos queridas amigas. Ni rastro de ellas, ni llamadas, nada.
Annie tendría hoy 20 años.
Me pregunto si Annie se habrá ido a vivir con su padre en Estados Unidos, tal como Eddy me había confiado varias veces que estaba entre sus planes. Y ella. ¿Habrá logrado salir definitivamente de ese mundo como era su eterno sueño?
Su nombre no está en la guía telefónica. Y al sol de hoy no he podido reconocer a Annie en los ojos de cada niña de 20 años con la que me he topado en Caracas. Ojalá les vaya bien donde quiera que estén.
Puedo decir que Eddy siempre fue una buena madre que lo dió todo por el bienestar de su hija. Estoy convencido de que todo lo que ha hecho ha sido pensando en ella y la prostitución fue producto de la desesperación de encontrarse sola en un mundo inhóspito, con una niña para la que siempre quiso lo mejor.
¿Que me quedó de esa relación? Muchos recuerdos hermosos de los momentos compartidos entre los tres.
Uno tiende a estigmatizar a las prostitutas pero ellas son seres humanos iguales a cualquier otro, empujados por las circunstancias hacia senderos dificiles de transitar para algunos. Me di cuenta que de verdad hay en esas mujeres una delicada, sutil, tenue frontera entre lo que es su intimidad, su privacidad y lo que es su cuerpo.
Nosotros, los seres “normales” quizás nunca alcanzamos a comprenderlo pero es algo que realmente existe, y rompe paradigmas